Para que cualquier grupo u organización con fines u objetivos comunes funcione armoniosamente, deben existir reglas de obligatorio cumplimiento para todas y todos los miembros. La aplicación de estas reglas de oro debe comenzar desde la familia como célula básica y fundamental de la sociedad. Me atrevería a asegurar que en buena parte, la descomposición que existe en la sociedad venezolana tiene su origen en la descomposición en el núcleo familiar. Mi abuela materna, analfabeta pero muy sabia, decía: “el problema es que en esa casa no hay quien tranque la puerta”. Mi abuela hacía referencia a una familia donde los hijos e hijas almorzaban o cenaban a la hora que mejor le pareciera o llegaban en la noche a “recogerse” como solía expresar, a la hora que le viniera en gana, sin ningún control por parte de los mayores. Mi abuela se refería a una familia donde no había reglas de conducta o comportamiento que se respetara. Ella se refería a una familia donde no había disciplina, donde papá o mamá o los dos habían perdido la ascendencia sobre los hijos e hijas, una familia donde se había perdido el respeto. Así como en la familia, en los clubes, en los equipos deportivos, en los consejos comunales, en los partidos políticos y en las naciones se necesitan normas, leyes y reglas de juego claras que permita la coexistencia armoniosa de sus miembros.
En el caso de la disciplina dentro de los partidos que es lo que hoy nos ocupa, la misma debe ser consciente, y las y los miembros de los partidos deben estar dispuestos a cumplir y hacer cumplir las normas establecidas y aceptadas por todos. Sin embargo, las normas disciplinarias deben ser justas y aplicarse a todos por igual, porque todos debemos ser iguales ante las leyes.
Quienes estén en funciones de dirección deben dar el ejemplo no transgrediendo las normas, porque cuando el lema pareciera ser “hagan como yo digo, pero no como yo hago”, la gente se desmoraliza y se pierde autoridad. No olvidar que la palabra motiva, pero sólo el ejemplo convence. La disciplina como el respeto se logran dando ejemplo. Si alguien quiere ganarse el respeto de los miembros de su grupo familiar, partido o pueblo, comience por respetarlos. Intentar imponer la disciplina o el respeto a las normas sólo con base al autoritarismo, pudiera lograr el objetivo, pero indefectiblemente siempre será sobre la base del miedo y no del comportamiento consciente.
La disciplina partidista tampoco puede utilizarse para chantajear a la militancia. En algunos casos, para evitar, ahogar o descalificar la crítica y la autocrítica necesaria para enderezar el rumbo perdido, se recurre al chantaje de etiquetar a la gente como contra revolucionario o quinta columna, y por lo tanto, merecedor de una medida disciplinaria y del repudio de la militancia. Este es un subterfugio o autoritarismo muy mal disimulado. Esta es una manera de eliminar el debate de ideas tan necesario y enriquecedor en todo partido donde en verdad se predique y se practique la democracia interna. Algunos autoritarios, siempre tienen a la mano su sello de “conflictivo” para colocarle en el lomo y en la frente a quienes tengan la osadía de contrariar sus opiniones. Colocar este sello o etiqueta es una manera muy común de descalificar y eliminar a quien se considere adversario. Aquí es muy útil tener presente aquellas sabias palabras del Ché Guevara: Irreverencia en la discusión, lealtad en la acción.
Los estatutos del PSUV, en su artículo 8, numeral 4, plantean que uno de los derechos de los y las militantes, es formular las críticas sólo dentro de las instancias del partido con su debida fundamentación. En relación a este artículo me permito recordar, que, para gozar de este derecho es condición indispensable que el debate y la discusión de ideas sea una norma predicada y practicada dentro del partido. Este tema nunca será suficientemente enfatizado, porque algunos de nosotros aunque pregonamos a viva voz promover la democracia participativa, en la práctica somos autocráticos y sólo permitimos una discusión mediatizada y controlada. Cuando algún tópico no es del agrado del dueño o la dueña del partido, el o la “impertinente”, es declarada fuera de orden o se interrumpe abruptamente la discusión.
Que las críticas estén debidamente fundamentadas, es obligatorio e inherente a la ética socialista, ya que se dejaría de ser crítico para convertirse en criticón, que en el fondo es sinónimo de calumniador e intrigante. Alguien con tal conducta jamás podrá ser un bolivariano socialista, respetuoso de su prójimo y mucho menos amante de la verdad y de la justicia. La importancia de esta consideración estriba en el hecho cierto de que revolución es sinónimo de cambios profundos, cambios que deben comenzar desde nuestro interior, porque lo medular es el cambio espiritual del ser humano, que en definitiva es el principio y fin de la revolución. Si una revolución no tiene como principio y fín la búsqueda de mejores seres humanos y una manera justa de relacionarnos, basada en el respeto y reconocimiento del otro o de la otra, todo será cosmético y efímero. De cada uno de nosotros depende que los cambios sean estructurales, que los cambios sean de esencia, que los cambios sean de verdad. Tiene que ser así, porque nosotros, los hijos de Bolívar, después de 200 años tenemos prohibido arar en el mar. Nosotros hemos de arar en tierra fértil para recoger buenos frutos. Venceremos.
*Miembro de la Dirección Nacional del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).



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