
Por Marcelo Ramírez
Vamos a hacer un análisis de dos planos. Uno que tiene que ver con lo local de Venezuela, y otro que tiene que ver con lo internacional y sus repercusiones. Son planos diferentes, pero se tocan.
En primer lugar, Venezuela. Lo sucedido demuestra en el plano internacional que lo impensado puede suceder. Que no hay nada seguro, y que lo más absurdo y conspirativo que se imaginen, mañana puede ser una realidad. Que algo no sea probable no significa que no sea posible en cualquier país. Todo va a depender de la ecuación de costos.
Veamos su impacto en Europa. ¿Qué pasa? Estamos empezando a ver lo que yo diría que es el inicio del fin de Europa. Lo más probable es que veamos un reparto, no prolijo, pero sí un reparto de zonas de influencia. La Unión Europea tiene sus días contados. La grieta atlántica ya se está abriendo, es clarísimo, hecha exprofeso por la amenaza de Trump sobre Groenlandia. Esto desata un verdadero escándalo.
Dinamarca habló del fin de la OTAN, esa coalición militar que lidera Estados Unidos y que se suponía era para proteger la libertad de Europa. Y ahora resulta que su garante es el mismo que ha decidido que Groenlandia se vería mucho mejor con la bandera de las barras y las estrellas.
Si Estados Unidos empieza a condicionar su paraguas de seguridad, el efecto natural será que Europa occidental intente ganar autonomía. Y cuando hablamos de Europa occidental, hablamos también del modelo globalista, que —como dijimos alguna vez— se refugió allí junto a los demócratas estadounidenses para enfrentar al trumpismo.
Europa Oriental entra en un pánico estratégico. Esto puede generar zonas de influencia, de hecho, en energía, inteligencia, doctrina militar o finanzas, que modifiquen no las fronteras —por lo menos por ahora—, pero sí la posición real de esos países. Europa del Este es el lugar donde el globalismo trabajó décadas para generar un sentimiento antirruso potente, especialmente en Polonia, los países bálticos o Finlandia, que ahora, atrincherados, buscan garantías. Pero no tienen fuerza propia y dependen precisamente de Estados Unidos.
Entonces, ¿qué esperar a mediano plazo con la posición de Trump y su grupo? Fragmentación. Zonas grises. Tal vez no un Este ruso y un Oeste estadounidense definidos, pero sí influencias cada vez más marcadas. Porque lo que Rusia pide son garantías de seguridad, y eso significa gobiernos amigables en Europa oriental.
Esto se extiende a otras partes del globo. Japón, por ejemplo, debe decidir qué hacer con China. Acercarse por pragmatismo. Tokio tiene que analizar opciones, porque si empieza a percibir a Washington como una fuerza débil o errática, que en cualquier momento puede abandonar la región al considerar los costos de contener a China demasiado grandes, esto producirá una conmoción interna.
Por ahora, la tensión con China aumenta; no hay distensión. Es el pánico del que hablábamos. Pero hay que ver qué hace Trump. Si sigue con esa intención, o si en su viaje a Japón negocia un reparto con China que implique ceder el papel de Japón como fuerza hostil.
China ya toma precauciones, restringiendo exportaciones de bienes de uso dual hacia Japón, vinculado al clima sobre Taiwán y el rearme japonés. Los think tanks estadounidenses como el CSIS leen que Tokio busca sostener el vínculo con Estados Unidos bajo un «Trump 2.0», pero diversificando socios sin pasarse al eje chino. Pero esto parece más un deseo estadounidense que la realidad.
Japón puede acomodarse en cualquier momento a la nueva realidad. A su comercio, que hoy es con China. Puede bajar el tono, cambiar de órbita y acercarse. Esto le traería costos políticos y de seguridad, pero podrían ser temporales. Si Estados Unidos se retira, las opciones se reducen. Su nacionalismo podría empujarlo a rearmarse y luchar contra China; aun así, sin espaldas estadounidenses y siendo un pueblo pragmático, lo más probable es un giro hacia China si esta les ofrece estabilidad, comercio y cierta seguridad.
El mecanismo es válido: si el garante se retira, se recalcula. La dirección de ese cálculo puede ser una autonomía armada, o simplemente una integración económica tal con China que termine por colocarlo en su esfera de influencia.
El otro gran tema es Corea del Sur. Tiene el problema adicional de Pyongyang. Corea del Norte no tiene intención de conciliación porque se siente agredido, pero puede haber negociaciones si Rusia y China —sus verdaderos soportes hoy— lo presionan en ese sentido. Corea del Sur deberá entonces recalibrar su relación con China, cultural y políticamente, algo que en parte ya hacía dada su ligazón histórica.
Puede que no sea un cambio total de bloque como en el caso japonés, pero si Seúl nota que Washington pierde interés en la región, es muy probable que busque válvulas de escape y use a China como amortiguador para pactar con el Norte una forma de convivencia. Acuérdense de que la idea siempre fue la reunificación. En los últimos años, los gobiernos del Sur tensaron la cuerda y rompieron los pactos de acercamiento, pero pueden volver al equilibrarse las fuerzas. Porque antes Corea del Norte parecía un país destinado a desaparecer por su pobreza y aislamiento. Hoy la situación cambió abruptamente: se transformó en un rival militar del Sur, y pronto probablemente lo sea también económico.
Algunos creen que los BRICS no pueden intervenir porque condenaron sus ensayos nucleares, pero eso lo hizo un BRICS incipiente, donde el peso de los moderados era mayor. Este es otro BRICS. Uno que va por todo, comandado por Rusia, China e Irán, lo cual puede endurecer la ecuación para Seúl.
En Medio Oriente, la presencia de China tracciona cada vez más a las monarquías del Golfo. Rusia también tiene grandes acuerdos con países como Emiratos Árabes. Esto significa que un Medio Oriente, antes notablemente anglosajón, empieza a transformarse en uno más equilibrado, que de hecho camina hacia el modelo multipolar.
Un punto adicional es México y Sheinbaum. ¿Puede pasar allí lo de Maduro? Complicado de saber. El sentido común diría que no, pero el sentido común también decía que no pasaría en Venezuela. Evidentemente, hay un riesgo importante. México juega un juego peligroso: condena fuerte, pero también coopera para no ponerse en la mira de Trump. Sheinbaum es parte de la interna de América del Norte, de esa interna occidental. Tanto Canadá como México son países hostiles a Trump, no a Estados Unidos; son aliados de los demócratas.
El objetivo de Trump es similar al de Venezuela: cambiar el régimen político por uno favorable al trumpismo. Después de lo visto, todo es posible. ¿Se acuerdan de la posibilidad de una invasión, de que tropas estadounidenses tomaran el norte de México? Parecía una locura. ¿Quién se atreve a decir ahora que es imposible? Quizás no una invasión abierta, pero sí un mecanismo para derrocar a Sheinbaum y poner un presidente trumpista.
México está profundamente integrado en migración, economía y cadenas de valor. Algunos plantean que esto alteraría el USMCA, pero la realidad es que los intereses son demasiado poderosos para que se rompa por un cambio de figuritas. Está también el narcotráfico. Acuérdense de lo que dijo Trump: «Sheinbaum es una muy buena mujer, me cae muy bien. El problema es que tiene el país tomado por narcos.» A ver si se pone la ropa de liberador e interviene. Es una posibilidad que veremos.
Por ahora, Sheinbaum no da señales de debilidad, pero el chavismo también parecía blindado hasta que el miedo, el dinero, o algo, hizo que gente importante adentro permitiera lo sucedido.
Otro preocupado es Lula. Este año hay elecciones en Brasil. Enfrenta al bolsonarismo residual, y en un ciclo electoral se abren puertas para la injerencia narrativa y política. Según los medios, Lula va posicionado por encima de sus rivales de derecha. Pero no podemos saber cuán cierto es, porque esos medios son parte del conflicto, de la guerra civil interna de Occidente. Hablamos de un Occidente ampliado donde se disputa precisamente un sector, el trumpismo, que quiere personajes fieles.
Lula está alineado con los demócratas y Bruselas, con el sector globalista. Ahora endurece su postura ante Estados Unidos porque sabe que está en la mira de Trump, quien a su vez quiere a Bolsonaro, a quien considera afín y ha defendido públicamente.
Trump puede intervenir en Brasil, y es altamente probable que lo haga: con apoyo mediático, redes, financiamiento indirecto, alineamientos regionales. No es fácil voltear a un presidente de Brasil; es un país demasiado grande, importante y poderoso, con una resistencia institucional y social propia mayor que la de los estados caribeños. Sin embargo, todo es posible. Vimos cómo a Lula, en un momento de esplendor, simplemente lo metieron preso, y luego lo mismo con Bolsonaro. Ese dique de contención —que mucha gente estúpidamente festeja cuando detienen a exmandatarios que le caen antipáticos— no se dan cuenta de que esto se va a hacer costumbre. Es básicamente habilitar la injerencia extranjera en asuntos internos. Ya es malo cómo se manejan internamente; si además llega lo externo a meter la cuchara y a volcar elecciones por sus intereses, la situación se complica bastante más.
Groenlandia pasa a ser una medida de amenaza concreta, militar y administrativa. Trump se burló: «¿Qué van a hacer en Groenlandia? Poner un par de trineos con perros para defenderla»? Estados Unidos tiene una doctrina de extracción en la región, como ya vimos en Venezuela, y puede aplicar su fórmula —acomodada— a otros países. ¿Cuánto demoraría en tomar el control de Groenlandia? ¿La respuesta? Romper la OTAN, como dicen los daneses. Tal vez a Trump le interese. Tal vez. ¿Por qué? Porque así se saca de encima los gastos, dejando que caigan sobre Europa, y solo se asegura de que no tengan capacidad de crear sus propias armas, teniendo que comprarlas en Estados Unidos. Es la fórmula perfecta: sin gastos, pero con los recursos económicos que eso provee.
Y si para eso hay que fracturar la OTAN, y si hay un acuerdo previo con Putin, un reparto del mundo que empezamos a ver, ¿por qué no? La OTAN tiene fecha de vencimiento. Trump ya lo dijo: está en contra y dispuesto a hacerla desaparecer. Su cálculo es simple: si no somos el gendarme mundial, si solo queremos ser el gendarme de América, no necesitamos 800 o 900 bases militares en el mundo. No necesitamos hacernos cargo de la defensa de Japón, Corea o Europa. Copiamos, en cierta forma, el modelo ruso: armas nucleares, capacidad militar para disuadir, y acotamos nuestra zona. Garantizamos lo esencial: petróleo, minerales, alimentos. Todo eso está en su región. ¿Para qué más?
Este no es solo un planteo de Trump; es el que veíamos desde su primer gobierno: México, Canadá, Groenlandia y Estados Unidos como una sola gran potencia. Luego verán la forma jurídica. Con un brazo sobre Centroamérica y el Caribe, una mirada de reojo al norte de Sudamérica, y un interés tangencial en el Cono Sur, que dependerá de lo que hagan países como Brasil, Argentina, Chile, Uruguay o Paraguay. Si se comportan como colonias, bueno, quedará todo para Estados Unidos. Parece que vamos a ese modelo.
Así, Estados Unidos se desengancharía de muchas áreas para reconcentrarse, reformulando sus objetivos y su modelo de dominio, pasando de hegemón mundial a apenas una potencia regional. La clave está en cómo vender eso a su opinión pública, porque cualquiera lo vería como un retroceso, un signo de debilidad. Trump lo trata de vender como un avance: “Somos tan poderosos que ya no necesitamos ir a otras partes del mundo; que nos miren y tiemblen”. Pero en realidad no tiene espaldas para otra cosa.
Fíjense lo de Venezuela: sacaron un presidente, pero tuvieron que dejar toda la estructura anterior. Todo el aparato chavista quedó. Trump dice: “Ahora mandamos nosotros”. Tal vez sea cierto, tal vez no, pero tiene una debilidad intrínseca: no pudo cambiarlo, no pudo poner a la oposición que hubiera querido. Llegó a la conclusión de que la oposición es inservible y que los únicos que pueden mandar en Venezuela son los chavistas.
Entonces, la gente que salió a festejar, por ejemplo, en Argentina, simplemente no entiende de qué se trata. No cambió nada. Sacaron a Maduro, pero todo seguirá. La única diferencia es que ahora tendrán que rendir cuentas a Estados Unidos. Ese sería básicamente el cambio.
No sé si es un reparto estable; no obstante, empezamos a ver una cohesión estratégica para negociar desde el miedo que trata de imponer Estados Unidos, recalibrando la situación general. Puede tener una reconfiguración del poder mundial que haga saltar por los aires a la ONU. Fíjense que ya ni siquiera se atrevieron a criticar abiertamente lo hecho por Estados Unidos. Y, como decía antes, Estados Unidos es la OTAN. ¿Qué queda en Occidente si lo sacas? ¿Por qué Trump va a compartir decisiones y crédito con europeos que poco le aportan? Aportan dinero. Bueno, que sigan aportando dinero.
¿Y los países sudamericanos? Le compran todo el armamento a Estados Unidos; están condicionados por lo que Washington quiere. Pero Estados Unidos no tiene obligación defensiva alguna, no tiene que invertir nada. La inversión la hacen los propios países. Es el modelo que vemos: llegar, instalarse. Ese es el trumpismo.
Para nosotros, en teoría, sería útil si tuviéramos un país independiente y pudiéramos anudar alianzas con vecinos, porque esta disgregación nos permitiría ser un actor importante. Pero cuando tenemos presidentes como Milei… bueno, la cosa se complica y quedamos subordinados.
Lo que debemos aprender —y esto es lo que Rusia hoy le explica al mundo— es que ellos pueden ayudar, pero no van a hacer el trabajo por nosotros. Si no nos organizamos, no pretendamos que vengan los rusos o chinos a garantizar nuestra seguridad, administrar el país y luego irse. No va a pasar. Solo lo podemos hacer nosotros. Lo que sí podemos conseguir, si tenemos una posición de fuerza, es que nos envíen armas, asesoramiento técnico, tecnológico, energía. Podemos contar con ese negocio, pero tenemos que poner de nuestra parte. Hay gente que espera que vengan a salvarnos, que nos ordenen el país, nos den las ganancias y se vayan sin opinar porque es nuestro país. No, no funciona así.
Por otro lado, analicemos qué pasó en Venezuela. Ajustemos el enfoque. Delcy Rodríguez baja un cambio y habla de cooperación con Estados Unidos. Esto no es opinión; es la descripción de un hecho. Hay reportes que la ponen a ella jurando como presidenta interina y señalando su disposición a cooperar, después de un primer tono de denuncia por el secuestro de Maduro.
También apareció una tesis en medios estadounidenses: que la CIA prefiere la continuidad del chavismo. Reuters y otros publicaron un informe de la agencia que concluiría que figuras del régimen, incluida Delcy Rodríguez, serían las mejores para mantener la estabilidad si Maduro queda fuera.
Al ver cómo actúa Delcy Rodríguez, parecería que es así. Algunos dirán que está coaccionada, que es propaganda imperial. Pero cuando uno ve a alguien en esas condiciones hablando de cooperación, me parece que estamos ante un pacto que la CIA está aconsejando.
El juez es Alvin Hellerstein, de 92 años, designado por Bill Clinton. Él verá si Maduro es narcotraficante o no. Ya vemos cómo camuflan la idea del “cartel de los soles” como metáfora, porque como organización no existe. Se ve la endeblez de los argumentos, y muchos aquí repiten lo de “narcotraficante” cuando hasta los estadounidenses empiezan a dudar.
El juez ya tuvo problemas con Trump en el caso Stormy Daniels, rechazando su intento de mover el caso. También actuó como freno en procesos de deportación. Es decir, la situación es complicada. Nadie garantiza qué puede pasar. Hay especulaciones: algunos dicen que Delcy modula la situación. Pero la inteligencia estadounidense empuja en un sentido y se topa con un juez no trumpista, lo que puede generar un martes 13.
La lectura venezolana indicaría que Delcy puede aceptar sin decir que acepta. Para entenderlo de forma simple: ella debe hablarle a dos audiencias incompatibles. La base chavista, el aparato interno, los colectivos, la militancia y las fuerzas armadas, que tienen una posición, y no puede permitir que esa base entienda que los vendieron, que hubo negociación. Porque eso partiría el poder a la mitad o encendería purgas internas, justo lo que Trump no quiere. Él busca una transición ordenada, un cambio de cúpulas, no la destrucción del estado.
Washington la evalúa, y ella corre el riesgo de ser considerada inútil o no cooperativa. Ahí calza la amenaza explícita de Trump: “La próxima va a ser ella, en términos políticos y hasta operativos, si no cumple.”
Algo que llama la atención, y recomiendo seguir, es la aparición de Stephen Miller vinculado a las decisiones sobre Venezuela. Miller fue asesor senior y redactor de discursos de Trump en ambos mandatos, es Deputy Chief of Staff for Policy y Homeland Security Advisor, un halcón de línea dura del America First. Aparece como parte del núcleo político que rodea a Trump en este escenario post-Maduro.
¿Quiénes deciden entonces? Trump, claro, pero no está en el día a día. Recae en el Jefe del Estado Mayor Conjunto, el director de la CIA, Marco Rubio, y este hombre, Stephen Miller. Su nombre asociado al caso señala un enfoque coercitivo y de control político muy duro, por encima de la diplomacia tradicional.
Así se entiende el doble discurso de Delcy Rodríguez: retórica soberanista y de agresión para el consumo interno, y señales de negociación hacia fuera para que Estados Unidos la deje viva y se convierta en la mediadora. Por eso jura como presidenta con el apoyo tácito de Trump, mantiene al chavismo como estructura —lo que contenta a Trump— y abre una agenda de cooperación que es clave para su supervivencia. El relato de traición es, por tanto, una necesidad para ella y para el chavismo en el poder. Es clásico en este tipo de gobiernos. Si admites que hubo negociación y que entregaste a tu presidente, la idea de traición toma cuerpo y pierdes la disciplina interna. Y cuando un poder se sostiene por disciplina, el mito de la unidad vale más que la verdad. En paralelo, debes mostrar orden para que el país no se derrumbe —ya hay señales de disturbios en Venezuela—, porque Estados Unidos debe comprar el argumento de que Delcy garantiza estabilidad. Si la cúpula chavista está ahí, es porque ellos la garantizan.
Diosdado Cabello, al parecer, no está contento con esto, pero por ahora sería minoría. Se habla de Padrino López y Delcy Rodríguez en tándem. Empiezan a aparecer informaciones de estado de emergencia y endurecimiento interno tras la captura de Maduro, lo que calza con la lógica de control social necesaria para estabilizar.
La idea de que el chavismo pacta con la CIA es rupturista. Lo afirman Reuters y el Wall Street Journal. Podría ser una estrategia para desprestigiarlos, pero es difícil sostener que mienten cuando la propia presidenta habla de cooperar con quien secuestró a su predecesor; lo lógico sería declararle la guerra.
El objetivo inmediato de Estados Unidos no es la democracia —eso es obvio—, sino la gobernabilidad y el orden que le permita el acceso a los recursos venezolanos. Estados Unidos está apretado económicamente, necesita recursos rápido, y no puede esperar décadas o gastar fortunas en seguridad. El chavismo reciclado puede hacer ese papel.
Esto explica por qué Corina Machado quedó corrida del escenario. Trump es pragmático: sabe que Machado no le garantiza la tranquilidad que sí le da no tocar a la cúpula chavista, que puede seguir administrando el país.
Queda un tema por resolver: el juez. Si este juez de 92 años decide pasar a la historia frenando a Trump y declarando inocente a Maduro, o desestimando cargos, podemos tener un terremoto político interno en Estados Unidos. Trump juega al límite, muy fuerte internamente. Aconsejo mirar todo lo que pasa en Europa y América como parte de la interna estadounidense. Es el conflicto. ¿Recuerdan cuando decíamos que un Estados Unidos en conflicto interno es peligroso? Ahora empezamos a ver por qué. Es apenas el inicio del problema de una guerra contra sí mismo que traslada a otros campos. Estos campos proxy son zonas de influencia estadounidense donde se dirime qué bando manda.
Si el juez empantana las cosas y frustra el juicio relámpago propagandístico que quiere Trump, esto puede transformarse en un gran problema.
Veremos en los próximos días cómo se acomoda: qué hace el gobierno, qué pasa con el petróleo, qué contratos se firman, cuáles empresas aparecen. Trump fue claro. Veremos el acomodo interno entre colaboradores, las señales. Qué pasa con Cabello, Padrino y la Asamblea; si el poder real se reparte, si queda en manos de los duros o de Delcy como cara visible. Veremos si el pacto interno se mantiene o estalla una guerra de facciones que desestabilice el país.
Para cerrar, acuérdense cuando decía que no era posible una invasión estadounidense a Venezuela si se mantenía unida. Esto no fue una victoria militar para Estados Unidos, como muchos creen.
He escuchado hablar de un éxito, una maravilla, una capacidad operativa única. Es una fantasía enorme. Fue una operación que salió bien porque fue básicamente un entrenamiento: no hubo oposición real. Y esos 32 cubanos que murieron… algún día nos gustaría saber qué pasó. Treinta y dos guardias bien entrenados mueren sin causar un solo herido entre los atacantes. ¿A alguien le parece lógico? Solo en las películas de Estados Unidos pasa. Algo pasó. Algo pasó. No sabemos. Envenenamiento, algo extraño. Porque esta gente no se defendió, y con su capacidad es imposible aceptar que no hayan podido matar a un solo soldado estadounidense. Hubo algo más que, por razones políticas, difícilmente se aclare.
Termino con una idea: la política exterior actual de Estados Unidos es la guerra civil interna de Occidente proyectada hacia afuera. Vemos una guerra civil en Occidente que se proyecta, y donde casi todo comunicado tiene esa dualidad: para una audiencia interna propia y para una audiencia externa enemiga, con todas las máscaras que eso conlleva.


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