lunes, 26 de enero de 2026

Axiomática de la Soberanía Entrópica: La Autarquía del Mando de Control como Razón de Estado en la Geopolítica del Siglo XXI

 Por. Kelly J. Pottella G.

La seguridad energética global en 2026 ha colapsado como categoría técnica para emerger como una categoría de guerra cognitiva y dominación biopolítica. Para la élite intelectual y los arquitectos del orden económico, la verdad subyacente es ineludible: la transición energética no es un proceso de descarbonización, sino una reconfiguración de la tasa de ganancia a través de la captura del tiempo y el dato. En este escenario, Venezuela no es un actor periférico, sino el laboratorio donde se dirime la dialéctica entre la entropía del capital transnacional y la neguentropía de la soberanía nacional.

La contradicción lógica que el establishment económico se resiste a formalizar es la asimetría de la vulnerabilidad. En un sistema-mundo hiperconectado, la dependencia tecnológica de las redes de control (SCADA, algoritmos de flujo y mercados de carbono) ha creado una ilusión de eficiencia que, en realidad, es una fragilidad sistémica extrema. Bajo la pistola de la inmediatez —esa presión de tiempo que el sistema impone para impedir la reflexión estratégica—, la verdadera «Razón de Estado» no consiste en la acumulación de potencia, sino en la capacidad de desconexión selectiva. Quien posee el código del «interruptor» posee la soberanía real; quien habita el código ajeno, solo administra su propia obsolescencia.

Lo que permanece oculto tras los modelos econométricos convencionales es que la energía es la sangre de la vigilancia. Cada vatio producido en las periferias y consumido bajo protocolos del centro, alimenta el servidor que procesa la desintegración de nuestra identidad política. Por ello, una política de Estado con decoro científico debe basarse en la Ingeniería de la Autarquía Cognitiva: la destrucción de las «cajas negras» tecnológicas. No existe seguridad energética sin una epistemología propia que permita auditar, reparar y rediseñar la infraestructura crítica al margen de las cadenas de suministro hegemónicas.

¿Cómo operamos bajo la presión del colapso inducido? No mediante la integración sumisa en el mercado global, sino mediante la resiliencia táctica del desacople. El cinismo brillante de esta era nos dicta que la mayor ventaja estratégica de una nación bloqueada es su capacidad de desarrollar sistemas autopoyéticos: redes que se reparan y se piensan a sí mismas. Si el imperio utiliza el tiempo como un arma de asedio, nuestra respuesta debe ser una planificación que opere en una escala temporal distinta, donde el valor de uso de la energía para la vida prevalezca sobre su valor de cambio para el capital.

En definitiva, para los grandes decisores del mundo, el mensaje de Venezuela es claro: la libertad no es una concesión del mercado, sino un resultado de la soberanía tecnológica aplicada. La seguridad energética no se mide en la capacidad de brillar bajo el sol de otros, sino en la potencia de mantener nuestra propia luz encendida cuando el resto del sistema, víctima de su propia entropía, se vea obligado a la oscuridad.

En el mapa de la guerra sistémica, somos una nación bajo libertad condicional mientras nuestra infraestructura crítica dependa de cerebros ajenos: quien no es dueño de la arquitectura de su propio mando, no es soberano, es un terminal remoto del enemigo. Si aceptamos habitar tecnologías que no podemos auditar ni reparar, estamos entregando el código de nuestra propia ejecución. O conquistamos la autarquía técnica para sostener nuestra luz bajo asedio, o nuestra propia ignorancia tecnológica será el algoritmo que liquide nuestra República.


 

No hay comentarios: