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jueves, 30 de julio de 2026

Tejer con la palabra | Escribir después del terremoto en Venezuela

 Por Gregoria Caraballo

Por Tomás Martínez Sancho

29/07/2026.- En esta segunda edición de Escribir después del terremoto en Venezuela seguimos uniéndonos al duelo y a la reconstrucción desde la escritura. En este año de tragedias múltiples, la tristeza y la rabia encuentran consuelo en la poesía. En ella se alojan también nuestros refugios ante la impotencia.

Foto de Abraxas Iribarren Egui.



Poesía en escombros


Anda, corre, poesía.

Ponle alas al verso sanador:

anda, corre.

Ve como Lázaro, el resucitado.

Sacude los escombros y el polvo,

extiende el suspiro, el aliento,

dale tu corazón al moribundo.

En cualquier grieta, debajo del cemento

o piedra, está la vida pidiendo auxilio…

Ve, poesía,

no te vayas, no te alejes,

introduce tus narices en los escombros,

en lo profundo,

¡no te vayas, no huyas,

resucita, levántate y anda!


Llegaron los gringos


sedientos de petróleo

—y de todas nuestras riquezas—.

Llegaron a husmear entre el polvo

y el cemento,

entre gritos, aullidos y lamentos.

Llegaron

detrás de aquellos cantos

y lágrimas

que llenaron el mar y bañaron

el cielo enrojecido.

Entre los escombros y la gritería

celebraron el dolor mayor de nuestro pueblo.

Llegaron como buitres…

Tomaron por asalto nuestra tierra,

pisotearon la dignidad de nuestro suelo,

esquilmaron el océano,

remozaron sus picos con armas y fuego.

¡Parpadea el horizonte enceguecido!

Por Gregoria Caraballo


Foto de Abraxas Iribarren Egui.


Temblor


I


Aprendí a llorar

tan solo de palabra.

Palabras-llanto,

tales como las de Vallejo

y su desconsolada tristeza.

Palabras para el dolor del alma.

Versos esquivos

que resisten nombrarlo.

Llorar con la palabra

los muertos queridos

y su silencio sagrado.

Llorar los vivos,

los dolientes.

Llorar las ruinas,

los escombros

y el mal:

señor de los derrumbes.

Aprendí a llorar

a paso lento,

en el corazón insomne,

en la mirada

humilde y sorprendida,

en el oído abierto,

en el temblor de la tierra,

en el temblor de la vida,

en el temblor de la palabra.

Lloro contigo, hermana.

Lloro contigo, hermano.


II


De palabra lloramos,

mas no solo.

Secos,

sin lágrimas,

nos vemos.


Secos de tanto llanto

o de vana costumbre.

Mas no solo

de palabras

lloramos.


Nos quedan las manos

y el silencio

—al decir de Andrés Eloy—


y abrazamos el dolor,

buscamos entre escombros,

entregamos

lo poco,

la pequeña porción

que hace el milagro.


Alentamos la vida

y la esperanza.


Vencemos

el hedor de la muerte.


Y aún

en este llanto humano,

llanto-palabra,

y más,

llanto sin lágrimas;

en fin,

nos sabemos hermanos


y el futuro tiene nombre:

Venezuela,

tierra de guerreros,

tierra de paz y libertad

y luminosa sonrisa.


Por Tomás Martínez Sancho

miércoles, 22 de julio de 2026

Rostro de mujer | De los huesos secos a un corazón restaurado

 Por Nirman García Berbeo

 Hay vidas que se construyen sobre un terreno que parece destinado al olvido, historias que transitan por inviernos tan largos que la esperanza llega a parecer un mito. La historia de Andreína Gutiérrez Rey, una mujer de 37 años, es el reflejo de cómo el dolor puede endurecer el alma, pero también de cómo el amor incondicional es capaz de devolverle la vida a lo que parecía completamente seco.

La niñez de Andreína cambió de golpe a los nueve años. La pérdida de su padre dejó un vacío inmenso en el hogar, transformando la rutina de una madre que ahora debía sacar adelante a cinco hijos por sí sola. Frente a la necesidad y con el único deseo de protegerlos, los días se volvieron estrictos y silenciosos. Sus tardes transcurrían resguardada en casa junto a sus hermanos, esperando con paciencia a que el mayor regresara del liceo y, más tarde, a que mamá volviera del trabajo para finalmente poder jugar.

A esa situación se sumó poco después la muerte de su mejor amigo de la escuela, Franklin Yobani. El dolor infantil, cuando no encuentra respuestas, genera sus propias conclusiones defensivas: "No puedo amar a las personas, porque si lo hago, les hago daño. Porque todos se mueren". El corazón, como un mecanismo de supervivencia, comenzó a volverse drástico, reacio al contacto físico y sordo al afecto.

Incluso los refugios de la infancia se tiñeron de culpa. Su entrega en el preescolar, buscando sanar a través del cuidado de otros niños, durante la hora de su recreo chocó con la dura realidad del abuso sufrido por un pequeño de la comunidad. Al ver las secuelas psicológicas en el infante y la impunidad del proceso, la mente de Andreína cargó con una responsabilidad que no le correspondía, reforzando la muralla: era mejor no encariñarse, era mejor no relacionarse para proteger a los demás de su cercanía. Los recuerdos, en su vaivén, resguardaban también heridas propias y silenciosas de lascivia que conmovían hasta las lágrimas.

A pesar de las grietas, la vida continuó su curso. Hubo un bachillerato disfrutado entre risas dentro de su timidez afectiva, y años en la universidad donde se formó en Geología y Minas. Sin embargo, la verdadera transformación no llegó a través de su profesión no ejercida, sino de una invitación que cambió el rumbo de su desastre interno.

Al llegar a la iglesia y conocer a los pastores Luis y Sandra, Andreína encontró un lenguaje que su alma no recordaba: el calor de hogar. Fue allí donde entendió que la reconstrucción no dependía de sus propias fuerzas, sino de un acto de rendición profunda. Su vida era un rompecabezas roto, y la única opción fue decirle a Dios: "Aquí está mi vida, mira qué puedes hacer con ella.

En el marco de la entrevista con Rostro de mujer, relató que "un día estuve como el valle de huesos secos: sin esperanza, sin vida, sin ganas de nada. Pero Dios vino a darle vida a esos huesos secos. Mi corazón pasó por un molino que molió carne, pero Él llegó a restaurarlo".

A través de la labor social con jóvenes y mujeres, Andreína comenzó a sentirse útil, a descubrir que el amor incondicional del Creador no dependía de su perfección, sino de su disposición. Aprendió que la fe va más allá de una religión rígida; se trata de una relación diaria, de la certeza de saber que, aun en la más profunda soledad, hay una presencia que sostiene.

Hoy, a sus 37 años, el proceso de restauración continúa. Andreína se define como una mujer dispuesta a dar el 100%, de carácter fuerte y decisiones radicales, pero en constante aprendizaje. Admira en su esposo, Jesús, la capacidad de tener un corazón perdonador y sanador que sabe soltar las ofensas con ligereza, una virtud que a ella todavía le cuesta alcanzar, pero en la que trabaja diariamente para superar las heridas del pasado.

El camino recorrido ha dejado en ella una madurez que no olvida el agradecimiento a su familia, a la familia pastoral de la Iglesia El Rebaño de Jesús que la adoptó y la guió en su crecimiento, y a cada proceso que la moldeó. Con la mirada puesta en los próximos cinco años, sus metas son claras: consolidar formalmente el ministerio de jóvenes que Dios le encomendó para trabajar de manera integral y construir las bases de su casa propia.

La historia de Andreína nos deja una enseñanza profunda sobre la condición humana. Los muros que construimos para protegernos del dolor a menudo se convierten en la prisión que nos impide recibir amor. Pasamos años peleando con ausencias, cargando culpas ajenas y endureciendo el carácter para que nadie pueda volver a herirnos.

Sin embargo, el verdadero valiente no es el que nunca se quiebra, sino el que es capaz de entregar sus pedazos destrozados para ser reconstruido. No importa cuán molido haya sido el corazón por las circunstancias de la vida, ni cuán seco parezca el valle donde te encuentras hoy. Siempre hay un propósito mayor esperando por nosotros.

Para avanzar, es imprescindible sanar y perdonar; solo soltando el peso del pasado se pueden tener las manos libres para construir el futuro. La vida se transforma cuando dejamos de huir y nos atrevemos, simplemente, a abrir el corazón.

Transformada para sanar 

Facebook e Instagram: @rostrodmujer1

Correo: rostrodemujer1@gmail.com 


viernes, 17 de julio de 2026

Rostro de mujer | El arte de habitar el presente y abrir puertas... con el corazón

 Por Nirman García Berbeo

Hay personas que transitan la vida recolectando pedazos de belleza en un cuaderno de notas y transformando el ruido del mundo en poesía. De alma sensible, verbo pausado y una profunda vocación humana, el equipo de Rostro de mujer sostuvo una conmovedora entrevista con Rosanna Marín Leal, una zuliana que ha entendido que, aunque los retos de un país o de la vida personal parezcan ramificarse en diversas direcciones, la raíz de todo siempre es la misma: el amor y el buen trato.

Poeta —autora de los libros  Más pálido azul  y  Superficies de lo denso — y actual estudiante de la maestría en Política Exterior en el Instituto de Altos Estudios Pedro Gual, nos regaló en este espacio una mirada honesta sobre el legado, la resiliencia y el verdadero significado del éxito.

Para nuestra invitada, el paso por este mundo no se mide en títulos ni en glorias efímeras, sino en la huella invisible que dejamos en los demás. Es por ello que destacó su visión de vida:

​Mi legado es la gentileza en todos los entornos donde me desenvuelvo; la amabilidad, el afecto, la calidez y el amor. Esa es la llave que abre todas las puertas. Si el respeto y el buen trato se replicaran, tendríamos un mundo mucho más lindo.

Esa misma sensibilidad la conecta con la música de su tierra. Admira profundamente el jazz ya creadores como Alfredo Naranjo y Biella Da Costa. Del maestro Naranjo destaca su capacidad única de transitar con "sabrosura" y maestría desde el género urbano y la salsa hasta el jazz, definiéndolo como un artista completo, pero, sobre todo, profundamente humano.

​Su proyecto más grande es seguir conquistando esa paz interior que permite entender que la solución a los grandes dilemas no está afuera, sino en nuestro propio centro. Desde ese espacio de calma, dibuja dos sueños perfectos: ver a su hija convertida en una mujer segura de sí misma, independiente, feliz y dueña de sus propias elecciones, y encontrar un espacio físico propio, un refugio personal frente a la inmensidad del mar.

​Desde su experiencia y su andar, Rosanna comparte un mensaje contundente para todas las mujeres: evite la trampa de las comparaciones.

​"Esa es más bonita, aquella tiene mejor suerte o un mejor esposo... eso solo hace daño", explica con lucidez. Su invitación es a no perderse de vista, a mantener la fidelidad con una misma, incluso cuando la vida da giros inesperados. A veces, un revés no es el fin, sino el desvío necesario hacia el camino que realmente debíamos transitar.

​"No se abandonen, no se desaparezcan por complacer. Muchas veces callamos para no hacer ruido o para no molestar. Pero poner límites y expresar nuestra voz, de manera respetuosa, no tiene nada de malo. Al contrario, es lo que nos hace volver a nosotras mismas".

​Con la misma honestidad con la que escribe sus poemas, Rosanna aborda un tema sensible y profundamente educativo para las familias que enfrentan el diagnóstico de un hijo con alguna condición o padecimiento.

Sabe que el primer impulso humano ante la dificultad puede ser el cuestionamiento, el dolor de preguntar ¿por qué a mí? o la falsa creencia de que se trata de un castigo divino. Ante esto, su mensaje es de alivio: no están solos.

​El llamado de Rosanna es a derribar los viejos estigmas de ocultar o eclipsar lo que es diferente. "Aceptar, aunque sea doloroso, trae una liberación profunda", asegura. La clave está en buscar el apoyo de profesionales y especialistas que guían el proceso, pero, sobre todo, en amar y aceptar a los hijos tal y como son. Porque solo desde la aceptación se puede acompañar con verdadera luz.

No cabe duda de que la historia de Rosanna Marín nos recuerda que la vida, al igual que la buena música y la poesía, se vive mejor cuando nos atrevemos a escuchar nuestro propio compás ya validar nuestra propia voz, además de habitar el presente con gratitud, defender nuestro espacio con respeto y recordar que la gentileza es una revolución silenciosa capaz de cambiar el mundo.

Una historia que nos recuerda el valor de la autenticidad.


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martes, 14 de julio de 2026

Araña feminista | Los cuidados como palanca para la reconstrucción

 Por Alba Carosio

Aun con el profundo dolor en el corazón por las pérdidas incontables e insustituibles, empezamos a pensar y actuar en función de la vida que nos rodea, la cual requiere consuelo y atención. En los refugios coinciden niñas, niños, adultos, ancianos, mujeres y hombres que lograron sobrevivir y que tienen enormes penas y necesidades. Ya se han instalado los campamentos transitorios para proteger y atender a quienes lo perdieron todo y donde se despliega la solidaridad que por montón se ha venido expresando ante esta tragedia. Nunca han estado más claras la vulnerabilidad y la interdependencia de la vida humana; por ello, sostener y cuidar es perentorio en estos nuevos espacios de coexistencia.

En los campamentos, donde convivir es ineludible, se necesita atender a niñas y niños (y hay muchos), así como a las personas de la tercera edad y a quienes presentan distintos grados de dependencia. Además, es indispensable alimentar, limpiar espacios, mantener la higiene personal, lavar la ropa, recibir y despachar los alimentos, apoyar a los enfermos, dar soporte emocional y acompañamiento, proporcionar distracción y entretenimiento, todo con el fin de generar esperanza y confianza en un futuro posible. Se trata de cuidados que ocupan el primer plano en momentos de una aguda crisis como la actual. No olvidemos que los sueños también pueden florecer en condiciones de cooperación e interdependencia que exceden el hogar y el núcleo familiar.

Tradicionalmente, las mujeres asumen en las familias la responsabilidad de atender a sus miembros, algo que implica tiempo, esfuerzo y dedicación, tanto que muchas veces limita su incorporación al trabajo remunerado y a la acción política. Por otra parte, en la rutina comunitaria, sabemos que hay una pléyade de mujeres ocupándose de conseguir agua, alimentos y servicios en general. En la acción humanitaria ocurre algo parecido.

La asistencia no es únicamente una necesidad, sino una importante palanca de mejoramiento de la vida. La economía de los cuidados y su organización colectiva funcionan como un impulso para la recuperación material y económica. El hacer en común genera entramados, amistad y apoyo mutuo. Tal como advierten los estudios empíricos y como se nota a simple vista, concluimos que las mujeres son protagonistas indiscutibles de esta esfera.

Si planeamos y asignamos recursos a los cuidados contando, sobre todo, con quienes viven dentro de cada campamento, se puede lograr en lo inmediato:

• Generar ingresos vía trabajo remunerado para quienes se integren a brigadas de procesamiento de alimentos, aseo de espacios, atención de niñas, niños, enfermos, heridos, etc.

• Coadyuvar a la recuperación emocional, por el sentimiento de valía y ocupación del tiempo, así como por la obtención de recursos para sí mismos y sus familias.

• Liberar la fuerza laboral de las mujeres mediante la creación de espacios comunes para los niños.

• Adaptar temporalmente las escuelas y centros comunitarios como guarderías, comedores y áreas de aseo colectivo, donde se pueden organizar brigadas por tareas y apoyo a quienes requieren de atención especial.

• Integrar los sistemas de provisión de cuidados dentro de los financiamientos y los programas de asistencia humanitaria.

• Fomentar la participación equitativa de mujeres y hombres en las brigadas para ir cambiando estereotipos y mentalidades.

Invertir en la economía de los cuidados es una estrategia eficaz para acelerar la reconstrucción de un país tras una crisis humanitaria catastrófica, porque actúa como el motor que reactiva el tejido productivo y social desde sus cimientos.





miércoles, 10 de junio de 2026

Araña feminista | La piel que sostiene la patria

 Por Eduvigis Boada


09/06/2026.- Cumplir cincuenta y cinco años en una Venezuela de dolores profundos y llamaradas es llevar la historia cincelada en las sienes y en los músculos. Nacimos en 1970. Somos las hijas de una promesa de futuro que se hizo trizas temprano y que terminó enfrentándose a la crisis económica más profunda de un país sin guerra bélica que se haya visto en más de cien años.

Mas he aquí que hoy, cuando encendemos esa pequeña pantalla que cabe en la palma de la mano, el mundo virtual nos devuelve un insulto bellamente editado, un disfraz digital que pretende ignorar la geografía de nuestros cuerpos.

El algoritmo, esa maquinaria del capital que adormece las conciencias y estandariza los deseos, nos escupe imágenes de una madurez pulida en laboratorios. Nos muestra mujeres de nuestra misma edad que flotan en mares turquesas, que hablan de un autocuidado que cuesta fortunas, de sueros milagrosos para borrar el cansancio y de vacaciones soñadas para reencontrarse con el ser. Nos dicen, con una sonrisa higienizada, que los cincuenta son los nuevos treinta y que es hora de soltar las cargas.


La tiranía del bienestar burgués ante la contingencia

Al levantar la vista del vidrio iluminado, la realidad nacional nos golpea. En nuestros hogares no hay espacio para la mística individualista del bienestar burgués. La realidad de la mujer venezolana que soporta el tejido de los días es salir a trabajar con las articulaciones adoloridas, estirar el presupuesto contra un dólar que amanece distinto cada mañana y unos precios que cambian en cuestión de días desde hace diez años, para luego regresar a toda prisa y asumir la guardia del cuidado. Somos nosotras las que bañamos a las adultas y adultos mayores, las que molemos el alimento para la madre enferma, en un contexto donde el estado del bienestar fue bombardeado por el bloqueo y la desidia.

¿Qué pasa en nuestra psique cuando quedamos atrapadas en medio de esta contradicción tan violenta? La psicología social y los estudios críticos del sufrimiento contemporáneo revelan que la imposición de la "idea de felicidad" en entornos de alta hostilidad material produce una severa fractura interna. No es un simple malestar; es una disociación dolorosa. Cuando la propaganda neoliberal te repite que tu bienestar depende exclusivamente "de ti misma", de tu actitud, mientras tus manos cargan la vida a tu alrededor, la mente procesa esa distancia como una insuficiencia personal.

Se genera una culpa silenciosa, un desgaste psíquico que desgaja la salud mental de cualquiera. Esa culpa se filtra en el insomnio que ya no se cura con dormir, en la rabia que aparece sin objeto claro y en el cansancio que ningún descanso logra disolver.

Lo más cruel del mecanismo es que opera en soledad, porque el cuidado en la Venezuela contemporánea ocurre en un país donde los servicios públicos agonizan y donde la diáspora se llevó a quienes podrían haber compartido la carga. La culpa neoliberal nos hace creer que si no podemos con todo es porque algo nos falta a nosotras; nunca porque algo le falta al sistema que se desplomó encima de nuestros cuerpos.

Fuimos la juventud que vio truncada su entrada al trabajo formal por el latigazo neoliberal de los noventa; la generación que, tras una década luminosa de dignidad, recuperación soberana y derechos conquistados, tuvo que poner el cuerpo para amortiguar el colapso de 2015, y la que, luego de todo eso, vio llegar la pandemia. Tres terremotos en una sola vida.


Del desahogo individual a la exigencia colectiva

Lo que necesitamos no es un autocuidado al que no llegamos, con sus cremas, sus retiros, sus baños de tina y todo lo que el mercado nos ofrece como sucedáneo, sino un sistema colectivo que reconozca que sobre nuestros hombros se sostuvo este país en sus peores años. Requerimos servicios públicos que funcionen, pensiones que alcancen, centros de día para nuestros mayores, un acompañamiento en salud mental que no sea privilegio de clase, un sistema educativo que armonice sus horarios y ritmos con los laborales, un Estado que cuide a su población y no siga delegando sobre las mujeres. Esto no se obtiene con un filtro de Instagram; se consigue con política, con presión organizada contra quien hoy nos roba, con las redes de mujeres que sostienen este país pueblo a pueblo, con la voz de una generación que ya no está dispuesta a tragarse su propia fatiga.

Mientras tanto, lo mínimo es dejar de creernos la mentira. Cuando tu hija te pregunte cómo estás, dile: "Muy bien, mi amor", si eso es lo que necesitas para protegerla, pero a ti misma cuéntate la verdad: estás cansada, estás cargando demasiado. No te falta actitud, sino apoyo, y esa es una diferencia política, porque tu fatiga no es debilidad personal, sino el costo somático de haber sostenido tres veces una sociedad.

Esa verdad debe gritarse, gritarse de pie. Estas marcas en la piel no son derrotas; son los surcos donde sembramos la dignidad de un pueblo entero, porque nosotras no aprendimos —no sabemos— cómo doblar las rodillas.





domingo, 7 de junio de 2026

“Si quieres que algo perezca, déjalo quieto”

 Carolys Helena Pérez González

La política no se trata únicamente de quién gobierna. También se trata de qué cosas una sociedad está dispuesta a imaginar, discutir o defender públicamente. Y allí es donde la llamada “Ventana de Overton” se convierte en una herramienta útil para entender el tiempo venezolano. La teoría, desarrollada por Joseph Overton, plantea algo aparentemente simple: en cada momento histórico existe un rango de ideas que la sociedad considera aceptables. Fuera de ese marco, las propuestas parecen absurdas, radicales o imposibles. Dentro de él, se vuelven debatibles, legítimas y eventualmente institucionales. Pero la ventana no permanece inmóvil. Se desplaza y Venezuela, durante los últimos años, ha sido de forma innegable un laboratorio intensísimo de ese movimiento. Si lo pensamos, hubo un tiempo en el que hablar de bloqueo económico era, para ciertos sectores internacionales y nacionales, una exageración propagandística. Hoy incluso organismos multilaterales, analistas económicos y actores políticos adversos reconocen el impacto concreto de las sanciones sobre la vida cotidiana venezolana, haciendo que discursivamente lo que antes era “radical” entrara en la conversación pública global. También ocurrió con el papel de las mujeres en la política. Durante décadas, el liderazgo femenino era tratado como excepción decorativa. Sin embargo, la realidad social venezolana, atravesada por crisis, organización comunitaria y resistencia cotidiana, terminó colocando a miles de mujeres en el centro operativo de la vida pública, haciendo que la discusión deje de ser si las mujeres podían liderar, para comenzar a debatir cómo transformar el poder desde otras lógicas.

Pero quizás el cambio más profundo ha sido emocional y cultural, transformando lo político. Porque la “Ventana de Overton” no se mueve solamente horizontal o verticalmente; se mueve desde los parlamentos, desde el lenguaje, desde los algoritmos, desde la estética de TikTok, desde los memes, desde la normalización del cansancio o desde la romantización de la violencia. Se mueve cuando una generación comienza a nombrar distinto aquello que antes callaba.

Hoy Venezuela vive una disputa silenciosa por definir qué significa estabilidad, democracia, soberanía, feminismo, futuro o incluso patria, y esa disputa ocurre simultáneamente en redes sociales, en las universidades, en los barrios y en las conversaciones familiares. Por eso resulta insuficiente analizar el presente venezolano únicamente desde categorías electorales; lo que estamos viendo es una batalla por el sentido común. Cada actor político intenta mover la ventana: unos hacia la desesperanza y la antipolítica; otros hacia la reconstrucción de horizontes colectivos. Porque quien logra definir qué es “normal”, también logra definir qué es posible y quizás allí habita el gran desafío de esta época: comprender que gobernar no consiste solamente en administrar instituciones, sino también en disputar imaginarios.

Las revoluciones, las restauraciones y las democracias empiezan mucho antes de convertirse en leyes; se gestan cuando una sociedad cambia la manera en que se piensa a sí misma, desde su individualidad hasta llegar a lo colectivo.

Aquí no se rinde nadie, seguimos venciendo, ¡palabra de mujer!



viernes, 22 de mayo de 2026

Entre la rabia, la ternura y Anne Dufourmantelle

 


Por Carolys Helena Pérez González @carolyshelena

«La ternura no es lo opuesto a la rabia, es su dirección». Comienzo con esta premisa porque en los tiempos que transcurre la humanidad, estos tiempos de algortitmos, microsegmentaciones y odios procurando petrificar el alma, la rabia no es sino el motor necesario que nos despierta frente a la injusticia. Pero esa rabia, si no encuentra un puerto en la ternura, corre el riesgo de convertirse en el mismo veneno que combate.

Por eso vengo hoy a escribir sobre la rabia como elemento motriz con cauce, la rabia como vínculo y como contraposición a la ternura que nos convoca abanderar, no vengo hablar de la ternura como una ternura de vitrina, ni de la emoción blanda que la autoayuda neoliberal nos vende para anestesiarnos. Hablo de la ternura radical que Anne Dufourmantelle rescató del olvido: esa douceur que es, ante todo, una práctica de lucidez.

Para quienes militamos desde el barro y la esperanza, la dulzura es un enigma político. No se trata de «buenos modales» ni de claudicar ante el opresor. Por el contrario, aparece cuando somos capaces de reconocer la vulnerabilidad de aquello que gobernamos o acompañamos. Allí donde el poder hegemónico busca endurecer las estructuras, clasificar a los seres humanos como «útiles» o «desechables» y volver transaccional cada vínculo, la ternura irrumpe para reabrir el espacio de lo humano. Es un acto de resistencia frente a la deshumanización.

Dufourmantelle nos enseñó que esta apuesta exige riesgo. En su Elogio del riesgo, nos advierte que no arriesgarse es, en esencia, no vivir. Políticamente, esto es una bofetada al miedo que intenta paralizar la organización popular. Cuidar al pueblo no es controlarlo desde el temor o el tutelaje paternalista; es aceptar la intemperie de la relación con el otro, con sus memorias y sus demandas. La ternura no niega el conflicto —el conflicto es el corazón de la política—, pero lo que sí hace es impedir que ese conflicto se transforme en humillación o desprecio.

Estamos ante una verdadera ética del vínculo. Hoy, cuando el sistema intenta maquillar la obediencia con consignas vacías de «paz» que solo buscan control, debemos reivindicar que la ternura verdadera no domestica al otro. Como bien señalaba Anne en sus diálogos sobre la hospitalidad con Derrida, la tarea es acoger al otro más allá de la utilidad o la frontera.

Llevado a nuestra lucha decolonizadora, esto rompe los paradigmas del dominio. Hablar con ternura no es hablar bajito; es renunciar al lenguaje que degrada al cuerpo, al barrio o al pueblo. Cuidar no es tutelar: es construir una institucionalidad donde la vulnerabilidad no sea castigo, sino el lugar desde donde nos reconocemos iguales. En definitiva, la ternura es radical porque se atreve a proteger la vida sin copiar las herramientas del amo. Es la rabia encauzada hacia la dignidad, es la fuerza de quien sabe que vencer, solo vale la pena, si no nos convertimos en aquello que vencimos.

Aquí estamos de pie, seguimos ¡palabra de mujer!

jueves, 21 de mayo de 2026

Entre la rabia y la ternura

 CAROLYS HELENA PÉREZ GONZÁLEZ

“La ternura no es lo opuesto a la rabia, es su dirección”. Comienzo con esta premisa porque, en estos tiempos de algoritmos, microsegmentaciones y odios procurando petrificar el alma, la rabia no es sino el motor necesario que nos despierta frente a la injusticia. Pero esa rabia, si no encuentra un puerto en la ternura, corre el riesgo de convertirse en el mismo veneno que combate.


Por eso vengo hoy a escribir sobre la rabia como elemento motriz con cauce y de la ternura radical que Anne Dufourmantelle rescató del olvido: esa douceur que es, ante todo, una práctica de lucidez.


Para quienes militamos desde el barro y la esperanza, la dulzura es un enigma político. No se trata de buenos modales ni de claudicar ante el opresor. Por el contrario, aparece cuando somos capaces de reconocer la vulnerabilidad de aquello que gobernamos o acompañamos. Allí donde el poder hegemónico busca endurecer las estructuras, clasificar a los seres humanos como útiles o desechables y volver transaccional cada vínculo, la ternura irrumpe para reabrir el espacio de lo humano. Es un acto de resistencia frente a la deshumanización.


Dufourmantelle nos enseñó que esta apuesta exige riesgo. En su Elogio del riesgo, nos advierte que no arriesgarse es no vivir. Políticamente, esto es una bofetada al miedo que intenta paralizar la organización popular. Cuidar al pueblo no es controlarlo desde el temor o el tutelaje; es aceptar la intemperie de la relación con el otro, con sus memorias y sus demandas. La ternura no niega el conflicto lo que hace es impedir que ese conflicto se transforme en humillación o desprecio.


Estamos ante una verdadera ética del vínculo. Hoy, cuando el sistema intenta maquillar la obediencia con consignas vacías de paz que solo buscan control, debemos reivindicar que la ternura verdadera no domestica al otro. Como bien señalaba Anne en sus diálogos sobre La hospitalidad con Derrida, la tarea es acoger al otro más allá de la utilidad o la frontera.

Llevado a nuestra lucha decolonizadora, esto rompe los paradigmas del dominio. Hablar con ternura no es hablar bajito. Cuidar no es tutelar: es construir una institucionalidad donde la vulnerabilidad no sea castigo, sino el lugar desde donde nos reconocemos iguales. En definitiva, la ternura es radical porque se atreve a proteger la vida sin copiar las herramientas del amo. Es la rabia encauzada hacia la dignidad, es la fuerza de quien sabe que vencer, solo vale la pena, si no nos convertimos en aquello que vencimos.



lunes, 18 de mayo de 2026

La imaginación feminista como conciencia histórica

 

Por Carolys Helena Pérez González | @CarolysHelena

C. Wright Mills advirtió que la tarea crítica consiste en vincular biografía e historia. Esa imaginación sociológica permite comprender que lo que parece un problema íntimo suele ser expresión de una estructura social. Desde el feminismo latinoamericano hemos profundizado esa premisa: lo personal no sólo está conectado con lo político; está organizado por él.

En la vida de las mujeres militantes opera una trampa persistente: convertir en fallas individuales lo que son efectos de ordenamientos patriarcales. El agotamiento se nombra incapacidad; la culpa materna, debilidad; el silencio impuesto en una asamblea, torpeza personal. Esta lectura psicologizante despolitiza la experiencia y fragmenta la conciencia colectiva.

Diversas investigaciones sobre división sexual del trabajo —desde la economía feminista hasta los estudios sobre uso del tiempo de la CEPAL— muestran que las mujeres sostienen desproporcionadamente las tareas de cuidado y gestión emocional. Cuando esa sobrecarga se traslada a organizaciones políticas que reproducen la asignación tradicional de roles, el resultado no es una militante “insuficiente”, sino una estructura que naturaliza la explotación de su ética del cuidado.

Nombrar esta realidad es un acto de rigor político. La compañera que coordina la logística, contiene conflictos, organiza territorios y además debe demostrar el doble para ser escuchada, no enfrenta un déficit personal. Enfrenta una jerarquía de género incrustada incluso en espacios que se proclaman transformadores. Si la revolución no revisa sus prácticas internas, corre el riesgo de perpetuar lo que dice combatir.

La imaginación feminista -en diálogo con la tradición crítica- nos exige preguntas concretas: ¿quién toma la palabra y quién toma las notas?, ¿quién diseña la estrategia y quién garantiza la reproducción cotidiana del movimiento?, ¿quién tiene derecho al error sin quedar marcado? Estas no son cuestiones anecdóticas; son indicadores de poder.

También implica situar nuestras biografías en procesos históricos mayores: precarización económica, migración forzada, racismo estructural, violencia machista. Ninguna de estas condiciones es azarosa. Son configuraciones del orden social que modelan trayectorias individuales.

Una militancia madura no romantiza el sacrificio femenino ni glorifica el agotamiento. Lo analiza con datos, teoría y memoria histórica. Transforma la culpa en conciencia y la conciencia en organización. Cuando una mujer comprende que su malestar tiene raíces estructurales, deja de aislarse y comienza a exigir redistribución del poder.

Allí radica la potencia política de la imaginación feminista: convertir la experiencia en conocimiento y el conocimiento en acción colectiva. Sin ese ejercicio crítico, no hay transformación posible. Con él, la democracia se vuelve más profunda y la revolución, verdaderamente emancipadora y como nosotras somos el sujeto histórico llamado a hacer la transformación, estoy segura que venceremos ¡palabra de mujer!

domingo, 17 de mayo de 2026

Narrativa, poder y vida cotidiana ¿Quién le pone el cascabel al gato?

 


Foto: Referencial

Si hay algo que hemos entendido como pueblo profundamente político es que para nosotras y nosotros la política como hecho no solo se juega en los parlamentos, pues transversaliza los relatos que nos contamos sobre el mundo y especialmente sobre nosotras mismas. Como advierte Byung-Chul Han en La crisis de la narración (2012), vivimos una sobreabundancia de información que no produce sentido; los datos circulan y se consumen, pero no construyen orientación ni continuidad histórica. Esta fragmentación afecta nuestra experiencia colectiva y debilita la capacidad de proyectar futuro.

A partir de ello es que me surge una interrogante pues en Venezuela, tenemos el llamado a no permitir la ausencia del relato ni sus abstracciones, pues esta narrativa atraviesa la vida cotidiana de quienes sostenemos familias, comunidades y proyectos desde la resistencia diaria. Dicho en palabras más llanas la política que no narra desde lo cotidiano invisibiliza a quienes sostienen la vida: mujeres, cuidadoras y quienes enfrentan desigualdades estructurales. Fisher (1984) sostiene que la persuasión política efectiva no se da solo con argumentos aislados, sino mediante historias que construyen sentido social y coherencia. Sin relatos que conecten memoria, conflicto y horizonte, la acción colectiva se dispersa.

Disputar la narrativa es disputar poder. Las narrativas mercantiles, centradas en la economía de la atención (Papacharissi, 2010), captan emociones sin generar conciencia ni densidad histórica. Nosotras, que militamos desde la ética de los afectos y el feminismo, necesitamos relatos capaces de arraigar, que nos nombren y reconozcan como sujetas de la historia.

La perspectiva de género no es un adorno: es la brújula que visibiliza la vida cotidiana como espacio político. Narrar desde ahí implica reconocer que lo doméstico, el trabajo de cuidados, la salud mental y la resistencia diaria son campos de disputa. Nombrarlas es reclamar que la política recupere densidad, humanidad y horizonte (Tronto, 2013).

Si dejamos de narrar, otros lo harán por nosotras. Recuperar la narración es, en última instancia, recuperar la posibilidad de hacer política desde el amor, la justicia y la vida cotidiana. Es ponerle el cascabel al gato y recordar que transformar el mundo comienza por nombrarlo, hacerlo inteligible y habitable para todas.

Como siempre te lo he dicho, que nadie se equivoque nosotras y nosotros venceremos, ¡Palabra de mujer!

viernes, 8 de mayo de 2026

«¡Me gritaron: mona!»

 


Por Carolys Helena Pérez González @carolyshelena

Les soy muy honesta, cada vez que pienso en que hay gente que genuinamente cree que verbalizando el odio haciendo uso de la palabra negra, me da un poco de risa y de lástima, pero como en política, nada es un hecho aislado me tomo el tiempo de escribir sobre los acontecimientos circenses de aquella jornada en Madrid, que trajo la memoria de la ofensiva palabra “mona” para hablar de una mujer, porque hay palabras que pese a su disfraz inocente, no son solo palabras, son archivos.

Guardan siglos de violencia, de jerarquías, de silencios aprendidos. Por eso, cuando en Madrid se gritó “fuera la mona” contra una mujer venezolana, no estábamos frente a una simple grosería política. Estábamos frente a una forma antigua de ordenar el mundo: poner a una persona fuera de la humanidad para poder odiarla sin culpa.

La sociolingüística nos enseña que el lenguaje no vive en el diccionario, vive en la relación social. Una palabra significa según quién la dice, a quién se la dice, desde qué lugar de poder y con qué memoria histórica encima. “Mona”, en ese contexto, no fue una descripción: fue una marca. Una manera de decir “no perteneces”, “eres menos”, “puedes ser expulsada”.

Y aquí hay que ser serias. No se trata de defender a una persona por su cargo, su partido o su nombre. Se trata de defender una frontera ética: ninguna disputa política puede justificar la deshumanización racial de una mujer.

Venezuela tiene una relación compleja con su raíz africana. El censo de 2011 registró 0,7% de personas autorreconocidas como afrodescendientes, 2,9% como negras y 51,6% como morenas; esa última categoría revela mucho de nuestro mestizaje, pero también de nuestras formas de nombrar la negritud.

Por eso el racismo venezolano muchas veces no aparece con uniforme. Aparece como chiste, como apodo, como “yo no quise decir eso”, como “me dejé llevar por la emoción”. Pero la emoción no absuelve la violencia simbólica. La emoción no borra la historia colonial de una palabra. Ahora bien, también debemos mirarnos hacia adentro. Porque denunciar el racismo no puede convertirse en repetir sus códigos al revés; si respondemos a la animalización con más animalización, si llamamos “mono”, “gorila” o “neandertal” al adversario, cambiamos el destinatario, pero dejamos intacto el mecanismo.

La descolonización no es solamente gritar más duro que el otro, es aprender a hablar de otra manera. Es desmontar el lenguaje heredada del colonizador, incluso cuando aparece disfrazada de burla popular, de ironía política o de respuesta justa. Porque antes de que una sociedad excluya a un cuerpo, primero aprende a nombrarlo como menos humano y es allí que empieza nuestra responsabilidad: no permitiendo que ninguna diferencia política nos haga retroceder hacia el lenguaje de la jaula, del látigo, del zoológico colonial, porque somos un pueblo libre, un pueblo negro, mestizo, decolonial y emancipado.

Que no se nos olvide, nosotras y nosotros tenemos la llave ¡Venceremos, palabra de mujer!