Fernando Buen Abad Domínguez
Entre el voto selectivo y la guerra cognitiva existe una continuidad histórica que trasciende la diferencia de sus instrumentos. El primero restringe jurídicamente el universo de quienes tienen derecho a participar en las decisiones públicas; la segunda procura condicionar simbólicamente el universo de aquello que los ciudadanos pueden pensar, creer o considerar legítimo al ejercer ese mismo derecho. Si el primero opera mediante la exclusión institucional de sujetos políticos, la segunda actúa mediante la administración diferencial de la información, la producción industrial de emociones y la colonización de los marcos interpretativos desde los cuales se organiza la experiencia social.
Allí donde las campañas por imponer el "voto selectivo" anhelan arrebatar a las personas sus derechos electorales, la guerra cognitiva sueña con extirpar la historia de las luchas que lograron condiciones intelectuales y afectivas para orientar y organizar decisiones en la gramática de la voluntad democrática. La historia de las restricciones al sufragio y la evolución contemporánea de las operaciones de influencia sobre la conciencia colectiva constituyen dos momentos diferentes de un mismo problema político: la disputa por el control de la soberanía democrática.
Cambian los instrumentos y las modalidades de intervención, pero permanece inalterada la cuestión decisiva: quién posee la capacidad de definir las condiciones efectivas bajo las cuales una sociedad ejerce su derecho a decidir. El voto selectivo constituye una de las manifestaciones más antiguas del liberalismo oligárquico. Durante buena parte del siglo XIX y aún entrado el XX, el sufragio fue condicionado por requisitos de censura, patrimoniales, educativos, raciales o de género, bajo el supuesto de que sólo sectores privilegiados reunían las condiciones intelectuales o morales necesarias para participar en el gobierno de la comunidad. Así la propiedad se presenta como garantía de responsabilidad; la riqueza como prueba de virtud cívica; la instrucción formal como certificado exclusivo de racionalidad política.
Tales argumentos jamás respondieron únicamente a preocupaciones filosóficas acerca de la calidad de las decisiones colectivas. Constituyeron, sobre todo, dispositivos destinados a preservar correlaciones específicas de poder mediante la exclusión sistemática de trabajadores, campesinos, mujeres, pueblos colonizados y minorías sometidas a diversas formas de subordinación institucional. La universalización del sufragio alteró profundamente ese escenario.
Cuando la ciudadanía dejó de depender de la fortuna o del nacimiento para convertirse en un derecho político general, la legitimidad democrático-burguesa ya no podía sostenerse sobre mecanismos explícitos de exclusión. Sin embargo, la desaparición progresiva de las barreras jurídicas no eliminó las desigualdades que condicionan la producción de la voluntad política. La disputa se desplazó entonces desde la administración del acceso al voto hacia la administración del sentido del voto. Allí donde antes se preguntaba quién podía votar, comenzó a preguntarse, de manera menos visible pero no menos decisiva, cómo orientar aquello que millones de ciudadanos habrían de considerar razonable al ejercer ese derecho. La guerra cognitiva representa una etapa particularmente sofisticada de esa transformación.
No busca necesariamente impedir que los individuos participen en los procesos electorales, sino intervenir sobre las condiciones intelectuales y afectivas mediante las cuales interpretan la realidad. Su campo de operaciones ya no se limita a la propaganda convencional ni a la persuasión política mercantilizada. Comprende la explotación sistemática de sesgos cognitivos, la amplificación algorítmica de determinados contenidos, la fragmentación extrema de las audiencias, la saturación informativa, la circulación industrial de rumores, la manipulación emocional y la erosión deliberada de los consensos mínimos que hacen posible la deliberación democrática. Su eficacia no depende únicamente de convencer, sino de reorganizar los criterios mismos mediante los cuales los ciudadanos distinguen entre evidencia y apariencia, entre información y espectáculo, entre conocimiento y simple estímulo afectivo.
Desde una perspectiva semiótica, esta mutación reviste enorme importancia. El voto nunca ha sido un signo aislado; constituye el punto documental que objetiva una larga cadena de producción de significaciones. Antes de depositar su voto, el elector ha transitado (o carecido) por innumerables procesos de interpretación organizados por instituciones educativas, medios de comunicación, tradiciones culturales, experiencias laborales, vínculos comunitarios y plataformas tecnológicas. La guerra cognitiva interviene precisamente sobre esa cadena de mediaciones o privaciones. Su propósito no consiste únicamente en alterar una decisión puntual, sino en modificar las condiciones generales de inteligibilidad dentro de las cuales esa decisión adquiere sentido. El sufragio continúa siendo condicionadamente "libre", pero la arquitectura simbólica que precede a su ejercicio se convierte en objeto permanente de disputa. Democracia burguesa al desnudo.
Esta circunstancia obliga a revisar críticamente las formas contemporáneas del voto selectivo. Ya no se trata solamente de excluir ciudadanos mediante leyes de censura o requisitos patrimoniales. Puede producirse una selección funcional mucho más sutil cuando determinadas poblaciones quedan sistemáticamente privadas de condiciones equivalentes para acceder a información verificable, educación crítica, pluralidad comunicacional y deliberación pública de calidad. La desigualdad cognitiva puede convertirse, en los hechos, en una modalidad indirecta de restricción democrática. No porque alguien prohíba votar, sino porque las posibilidades efectivas de construir un juicio autónomo aparecen distribuidas de manera profundamente desigual. Como la realidad económica, por ejemplo. La defensa de la democracia "realmente existente" exige, por ello, superar una comprensión puramente procedimental del sufragio. La existencia de elecciones periódicas constituye una condición necesaria, pero insuficiente, para garantizar la soberanía popular.
Una ciudadanía sometida a procesos permanentes de manipulación simbólica puede conservar intactos sus derechos formales mientras pierde progresivamente las condiciones materiales e intelectuales para ejercerlos con autonomía. Del mismo modo que las luchas históricas por el sufragio universal ampliaron el universo jurídico de quienes podían participar en la vida pública, las democracias contemporáneas enfrentan el desafío de ampliar las condiciones culturales, educativas y comunicacionales que permitan a esa participación realizarse sobre bases genuinamente deliberativas. La relación entre voto selectivo y guerra cognitiva revela, en definitiva, una continuidad histórica en las formas de administrar el poder.
Si el voto selectivo restringe el número de quienes pueden y deben decidir, la guerra cognitiva procura restringir la autonomía con la que esos mismos ciudadanos deciden. El primero amputa la soberanía popular mediante la exclusión jurídica; la segunda puede vaciarla desde dentro mediante la captura de los procesos de producción del sentido. La democracia no puede reducirse a la preservación ritual del acto electoral si las condiciones de producción de la conciencia permanecen sometidas a relaciones estructurales de concentración y asimetría. La soberanía popular sólo alcanza su plena significación cuando la universalidad del sufragio encuentra su correlato en la universalización de las capacidades críticas, de la educación cívica, del pluralismo comunicacional y del acceso social al conocimiento. La democracia no sólo representativa, sino, fundamentalmente, participativa. De otro modo, el voto en la democracia burguesa corre el riesgo de conservar toda su validez jurídica mientras su potencia histórica queda progresivamente subordinada a quienes ya no necesitan excluir ciudadanos de las urnas porque han aprendido a disputar, con mayor eficacia y menor visibilidad, el territorio mucho más decisivo de la conciencia colectiva.

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