Yixi Villegas
El día transcurría tranquilo. Sí, así como cualquier miércoles por la tarde. La jornada había sido diferente; la gran mayoría disfrutaba de un día libre, compartiendo en familia o quizás entre amigos. Era exactamente el 24 de junio de 2026. Las pantallas vibraban, la emoción flotaba en el aire: jugaba Brasil contra Escocia en el Mundial. ¿Y quién no estaría animado? Si el venezolano es bochinchero por naturaleza, alegre, entregado a la vida.
Pero el destino tenía otro guion escrito. A las 6:04 de la tarde, el aire se cortó en seco. Comenzó a sonar una alarma, un pitido inusual y estridente en los teléfonos. El mensaje en la pantalla era lapidario: Sismo detectado. Busque refugio. Mantenga la calma. Bastó solo un segundo para que la tierra rugiera y todo comenzara a sacudirse con una furia ciega, sin dar tiempo a nada.
Allí, en ese preciso instante, la vida nos cambió para siempre. Familias enteras partieron de este mundo sin un adiós, sin un último beso. Muchos corrieron por sus vidas buscando un espacio abierto, un refugio, mientras otros lo intentaron con el alma en un hilo, pero las paredes no perdonaron; todo se desplomaba a pedazos alrededor. Entre la densa nube de humo gris y los escombros, el silencio de la tarde fue sepultado por los gritos, los sollozos desgarbados y el llanto herido de una ciudad. Y en el eco de la tragedia, una sola pregunta suspendida en el aire: ¿Por qué?
Las madres sirvieron de escudos. Muchas se marcharon fundidas en un último abrazo eterno, protegiendo con su propio cuerpo la vida de sus hijos. Padres desesperados escarbaban la tierra buscando respuestas; respuestas que nunca llegarán, porque hay silencios que la historia jamás podrá responder.
Muchos se durmieron sin darse cuenta. Otros, sentimos el frío de la muerte rozándonos la nuca, tan cerca, tan real, que nuestras vidas jamás volverán a ser las mismas. En ese segundo de terror, todos recordamos a Dios. Ante su poder y su bondad, y sin importar el nombre de la religión, las almas se unieron en un solo refugio colectivo: la oración.
El dolor sigue aquí, latiendo, no se va. La naturaleza demostró con qué facilidad, en un abrir y cerrar de ojos, puede triturar sueños, años de esfuerzo, sacrificios, ahorros y luchas de toda una vida. Pero también se demostró la fibra de la que estamos hechos. Emergieron los héroes anónimos: el venezolano noble que con sus manos desnudas levantó rocas, bloques y pedazos de historias rotas para salvar vidas. Ahí no importaba si eras ingeniero, médico, educador o arquitecto; solo importaba la fuerza de voluntad, el amor por el prójimo y el dolor por nuestros hermanos caídos. Luego, como una cadena humana de esperanza, se fueron sumando uno tras otro. Voluntarios tras voluntarios. Una marea de solidaridad.
Venezuela ha pasado por demasiado. Los venezolanos hemos sufrido tanto que ya llevamos las cicatrices como medallas. Somos la muestra viva de la resiliencia, de la unión, de la fortaleza que no se quiebra. Este golpe fue tan devastador que hoy, quince días después, el paisaje sigue cubierto por una zona de desolación, tristeza y soledad profunda. Los nervios se quedaron a flor de piel; el más mínimo crujido nos hiela la sangre.
Es verdad que en el caos se asomó la miseria humana de unos pocos que se adueñaron de lo ajeno, pero no podemos mirar hacia allá. Debemos clavar los ojos y el corazón en la certeza de que los buenos somos más. Mucho más. Nos queda un largo camino por construir y reconstruir. No solo las paredes, los techos o las calles, sino las almas que quedaron agrietadas. Nos toca barrer el polvo del miedo, abrazar fuerte a los que tenemos al lado y mirar al cielo con la frente en alto. La tierra pudo haber temblado, pero nuestra fe y nuestras ganas de salir adelante siguen intactas, de pie, listas para levantar el telón de un nuevo amanecer. Porque mientras haya vida, siempre habrá esperanza.

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