Carlos Oliveros
En medio del ruido de las sanciones, del bloqueo financiero que nos estrangula, de la amenaza permanente que viene del norte, de las réplicas del terremoto que aún sacuden nuestros territorios y de una inflación que parece no tener techo, algo debe nacer en la base de nuestra institucionalidad, de nuestro liderazgo. Algo que no va surgir del discursos apaciguador de un funcionario, sino de la conciencia organizada de quienes todos los días nos levantamos a remar contra la corriente, como lo hacemos las comuneras y los comuneros.
Hermanos y hermanas, no estamos solos y no estamos desarmados. Tenemos una herramienta que el imperio no puede embargar, que las sanciones no pueden congelar y que ningún terremoto puede derrumbar, me refiero en en este día, a nuestra capacidad de organizarnos para ahorrar, producir y construir juntos.
Hoy quiero compartirles una propuesta que debe permear nuestras entrañas como un imperativo existencial, que no esta a la espera que el gobierno resuelva todo, ni que el dinero caiga del cielo, sino que pone en nuestras manos el poder de transformar nuestra realidad con nuestros propios recursos.
Imaginen esto. 2.400.000 familias venezolanas, organizadas en 48.000 consejos comunales, (50 por cada Consejo) gastan en promedio 200 dólares al mes para sostenerse. Eso suma 17.280 millones de dólares al año. Esa es la sangre económica que todos los días circula por nuestros barrios, campos y ciudades. Esta es la cifra que nos debe estremecer.
¿Y si solo el 30% de ese flujo (5.184 millones de dólares anuales) lo canalizáramos a través de un sistema cooperativo de ahorro, crédito e inversión, creado por nosotros mismos? ¿Qué pasaría si en lugar de que ese dinero se pierda en consumos improductivos, bancos que nos excluyen o intermediarios que nos cobran por respirar, lo pusiéramos a trabajar para nuestras comunidades?
Ese dinero, gestionado democráticamente desde cada Comunidad familiar asociada hasta una confederación nacional, podría financiar viviendas, sistemas de agua, escuelas, centros de salud, proyectos productivos,
paneles solares, plantas de procesamiento agroindustrial. Podríamos ser nosotros, con nuestro propio esfuerzo, quienes levantemos lo que el terremoto derribó. Podríamos ser nosotros quienes le demostremos a los bloqueadores que no nos doblegan. Este no es un invento de escritorio. Es un sistema posible, es un escenario que debemos construir con la cabeza y el corazón de nuestra organización comunal. La base primaria es la Comunidad familiar, reconocida en nuestra Constitución como asociación natural de la sociedad (artículo 75). Cada Comunidad familiar tendrá su cuenta de ahorro y participación directa en las asambleas.
El primer escalón son las Unidades Cooperativas Financieras, una por cada consejo comunal (48.000 en total), donde se asocian directamente a las Comunidades familiares. Luego vienen las cooperativas comunales de ahorro, 4.700 de ellas, que articulan el trabajo de varios consejos en una comuna donde se atiende financieramente a las comunidades familiares asociadas . Más arriba, 400 cooperativas financieras a la escala de las ciudades comunales para financiar proyectos territoriales de mayor escala; 24 federaciones que coordinan a nivel estadal, y en la cúspide, una confederación nacional que nos conecte con el mundo y nos de peso internacional. Esta estructura no debe ser una pirámide de poder, sino una red de desempeño solidario, donde cada nivel es el respaldo del otro y los recursos fluyan donde más se necesitan.
¿Y qué hay del Gobierno revolucionario ? ¿Y de las sanciones? La pregunta es legítima. El Gobierno revolucionario ha sido nuestro principal aliado durante años, pero hoy sus manos están atadas por el bloqueo. Los recursos que antes llegaban a las misiones y los programas sociales han sido congelados en cuentas del exterior, o simplemente no existen porque la economía está asfixiada y la sostenibilidad de los recursos de las consultas están en entredicho por la misma situación país planteada. Para que dimensionemos lo que esto significa, hagamos un ejercicio de realidad. El activo total de toda la banca venezolana (pública y privada junta) cerró mayo de 2026 en 14.920 millones de dólares. El flujo anual que las familias comunales estamos en capacidad de movilizar es de 17.280 millones. Es decir, el poder popular organizado, con su propio ahorro, superaría en tamaño a todo el sistema financiero nacional. Compárenlo con los grandes del sector, el Banco de Venezuela, el más grande del país, tiene un patrimonio de 1.558,7 millones de dólares. Nosotros, con nuestro esfuerzo cotidiano, estamos hablando de un flujo once veces mayor. Los bancos privados más poderosos, como BBVA
Provincial (411 millones) o Banesco (357 millones), quedan aún más lejos, nuestro flujo es entre 40 y 77 veces superior al de cada uno de ellos. Esto no es un dato para la estadística. Es una constatación política, el capital financiero más grande de Venezuela no está en los edificios bancarios de Caracas ni en las cuentas del imperio. Está en los bolsillos de 2.400.000 comunidades familiares organizadas. El poder económico que buscamos no está afuera; está en nuestras manos, esperando ser sistematizado, planificado y activado por nosotros.
No queremos reemplazar al Gobierno, lo que queremos es complementarlo. Estamos diciendo, "…Mientras tanto, mientras las condiciones se despejan, nosotros no nos quedamos de brazos cruzados, es decir, nosotros nos organizamos, ahorramos, producimos y construimos...". Hay que destacar como premisa, que el dinero que mueva este sistema es dinero que no pasa por la banca internacional, que no está sujeto a las sanciones de OFAC, que nadie puede embargar porque está en manos de las comunidades. Es dinero que circula en la economía real, en la economía de barrio, en la economía de la confianza mutua. Hermanos y hermanas en Chávez, si asumimos este propósito no estaremos solos, el cooperativismo global nos respalda. Esta propuesta no es una ocurrencia aislada. En el mundo existen experiencias exitosas que nos muestran que es posible.
En China, un sistema de cooperativas rurales de ahorro y crédito llega a las zonas más apartadas, con una estructura similar a la nuestra, y ha sido clave para sacar de la pobreza a cientos de millones de personas. En India, el sistema federal de cooperativas de crédito es uno de los más antiguos y extensos del mundo, con bancos cooperativos a nivel de aldea, distrito y estado.
En Ecuador, la Constitución reconoce al sector financiero popular y solidario como un pilar de su sistema económico, con protección y tratamiento preferencial del Estado.
Y a nivel global, organizaciones como la WOCCU (Consejo Mundial de Cooperativas de Ahorro y Crédito), la ACI (Alianza Cooperativa Internacional) y la AFCA (Asociación de Cooperación Financiera de Asia) están listas para acompañarnos, darnos asistencia técnica y abrirnos puertas en el mundo.
El cooperativismo comunal venezolano no es un experimento; es una tradición que ahora debe encontrar e impulsar su escala definitiva. La tecnología sera nuestra aliada para la transparencia y la participación. Algunos dirán, ¿Cómo vamos a manejar tanto dinero y tanta gente sin que
haya corrupción, sin que nos roben, sin que se pierda la confianza?. La respuesta es la tecnología. Plataformas digitales con registros inmutables (como la cadena de bloques o blockchain), tableros de control públicos donde cada Comunidad familiar asociada pueda ver en tiempo real el estado de sus ahorros y el destino de los fondos, sistemas de votación electrónica para que todos participen en las decisiones, aplicaciones móviles que nos conecten desde cualquier lugar, incluso sin internet de alta velocidad. La tecnología no es un lujo; es una garantía de transparencia. Con ella, la controlaría social deja de ser un sueño y se vuelve una práctica cotidiana. ¿Por qué ahora? Porque el futuro se construye hoy. Hermanos y hermanas comuneras, estamos en un momento de definiciones. Podemos dejar que el miedo, la incertidumbre y la desesperanza nos paralicen. O podemos tomar las riendas de nuestro destino y demostrar que el poder comunal no es un discurso, sino una práctica concreta que transforma el dolor en obra. Este sistema que estamos proponiendo, no es un proyecto para los que vienen detrás. Es un proyecto para nosotros, ahora. Cada comunidad familiar asociada que ahorra, cada consejo comunal que organiza su unidad cooperativa financiera, cada comuna que articula sus recursos a través de la cooperativa de ahorro y préstamo comunal, está dando un paso hacia la soberanía económica.
No necesitamos permiso del imperio para ahorrar. No necesitamos la aprobación de los bancos internacionales para prestarnos entre comuneros y comuneras. No necesitamos esperar a que el petróleo suba para construir nuestras escuelas. Lo que necesitamos es organización, confianza y voluntad. Y de eso, los comuneros y comuneras de Venezuela tenemos de sobra.
Convocamos a todos los consejos comunales, a todas las comunas, a todas las comunidades familiares organizadas de este país, a sumarse a este esfuerzo. Convocamos a las asambleas de cada comunidad a discutir esta propuesta, a soñarla, a hacerla suya. Convocamos a los técnicos, a los profesionales, a los jóvenes, a las mujeres, a los ancianos, a todos los que quieran poner su conocimiento y su corazón al servicio de este proyecto. Porque esto no se trata de dinero. Se trata de libertad. Se trata de dignidad. Se trata de demostrar que el poder comunal no es una frase, sino una realidad que construimos con nuestras propias manos y con nuestros propios ahorros.
El terremoto no nos derrumbó. Las sanciones no nos doblegan. El bloqueo no nos mata. Nosotros, las comunidades organizadas, somos la llave de nuestro propio futuro.
Comuneros y comuneras, "no es sueño ni delirio, sino, una visión afirmativa de nuestra realidad". Las finanzas comuneras tienen que tener un nicho original, han de ser originales sus instituciones y su gobernanza, y originales los medios para fundarlas. Porque, como nos enseñó el maestro del Libertador, o inventamos, o erramos. El momento es hoy.
" El Sistema cooperativo de las finanzas comunales no es un fin en sí mismo, sino el instrumento para que las comunidades construyan su propio destino compartido , es el ahorro de hoy convertido en la obra de mañana."
Educador. Asesor de Proyectos Culturales.


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