*JUAN MARTORANO
Por una visión de base y desde el chavismo radical
Llegamos a la octava y penúltima
entrega de “El ocaso del cadete-león”. Con la novena entrega de *El ocaso del
cadete-león*, Triandáfila nos introduce de lleno en la resaca inmediata de la
siembra del Comandante. Este capítulo ya no habla de la agonía física ni de los
decretos médicos; se adentra en la fase de consolidación de la superestructura
del engaño. El noveno episodio radiografía el momento exacto en que la
dirección cupular del PSUV (en justicia hay que señalar que no son todos, que
hay honrosas excepciones, claro está) ejecutó la mutación definitiva del
proyecto: la sustitución del pensamiento crítico y dusseliano de Hugo Chávez
por una religión de Estado basada en el fetiche, el dogma y la obediencia
ciega.
Para el chavismo orgánico —el que
se quedó en las barriadas combatiendo el desabastecimiento mientras las élites
estrenaban despachos blindados—, este noveno capítulo es una autopsia política
indispensable. Revela cómo la burocracia utilizó el dolor colectivo como un
anestésico para inocular el virus de la desmovilización popular.
La deificación de Chávez y el asesinato de la dialéctica
El Capítulo 9 analiza cómo los
traidores y traidoras infiltrados e infiltradas dentro de la dirección política
revolucionaria comenzó a construir una narrativa casi mística alrededor de la
figura de Chávez. Se le elevó a los altares políticos, se canonizó su imagen y
se decretó su infalibilidad. Pero detrás de esa aparente devoción se escondía
un cálculo profundamente reaccionario: deificar a Chávez era el mecanismo
perfecto para asesinar su método político.
Al transformar al líder en un
santo de estampita, la burocracia canceló la dialéctica revolucionaria. Si
Chávez era un Dios inalcanzable, entonces su propuesta ya no era una caja de
herramientas para que el pueblo destruyera el Estado burgués, sino un texto
sagrado que solo los "sumos sacerdote" de la dirección nacional del
partido tenían derecho a interpretar”. El Chávez que exigía irreverencia en la
crítica, el que se cuestionaba a sí mismo en el espejo del baño (como vimos en
el capítulo 5), fue proscrito. La cúpula necesitaba un pueblo que repitiera
consignas por fe, no que cuestionara los privilegios de los nuevos jerarcas.
El secuestro del CIVIR y el repliegue de las fuerzas populares
Triandáfila expone en este tramo
la parálisis deliberada de la maquinaria de transformación social. Toda la
formulación del CIVIR (Círculo Virtuoso del Infinito Retorno) —esa constante
realimentación donde la fuerza del pueblo abajo obligaba al Estado a
transformarse— fue congelada. El noveno capítulo nos muestra que el mapa de los
"entes vivos" y autónomos fue sustituido por un mapa de control
netamente electoral y de contención social.
La consigna burocrática fue
clara: *"Lealtad absoluta en silencio"*. Quien criticara el rumbo de
la transición o denunciara las tempranas negociaciones económicas con el
capital parasitario era inmediatamente tildado de traidor,
contrarrevolucionario o infiltrado.
El chantaje de la unidad
monolítica, desnudado en este episodio, sirvió para desarmar ideológicamente a
las bases y pavimentar el camino hacia la restauración capitalista disfrazada
que hoy padecemos.
El contraste ético de la herencia corporativa
El documental insiste en
confrontar la pureza del militante de a pie con la descomposición moral de las
alturas. En esta novena entrega, se hace evidente cómo la cúpula corporativa y
militar comenzó a operar bajo la lógica de una franquicia comercial. Utilizaron
la marca "Chávez" para legitimar contratos opacos, asignaciones de
divisas a empresas de maletín y el desvío de los fondos soberanos que debieron
blindar el sistema de salud y la producción nacional.
Mientras el pueblo humilde asumía
el sacrificio histórico de sostener el proceso bajo agresiones externas y
sabotajes, la élite infiltrada dentro de las estructuras de la revolución y el
gobierno privatizaba de facto las decisiones políticas. Este capítulo demuestra
que el verdadero "Síndrome de Santa Marta" no fue solo el aislamiento
del Comandante en sus últimos días, sino el aislamiento del pueblo chavista
respecto al control real de su revolución.
Conclusión: El rugido del León frente a la farsa corporativa
Esta penúltima entrega del corto
documental “El Ocaso del Cadete León: Hugo Chávez”, es una advertencia tardía
pero urgente. No podemos seguir siendo el soporte pasivo de una estructura que
usa el nombre de Hugo Chávez para justificar el desmontaje de las conquistas
sociales, la precarización del salario y el enriquecimiento ilícito de una
casta burocrática.
Rescatar el legado de Chávez no
es rendirle culto a su fantasma; es asumir la veracidad radical que él mismo
nos exigió. Es tener la valentía política de romper con el fetiche
institucional del PSUV y volver a las tesis de la autonomía comunal, del Bloque
Histórico desde abajo y del control obrero y campesino. Desarmar la teología de
Estado analizada por Triandáfila en esta entrega es el único camino
revolucionario que nos queda para rescatar al Chávez vivo, al Chávez
subversivo, y arrebatarle su memoria a quienes la usan como patente de corso
para traicionar a la Patria.
Sobre todo en un contexto de
tragedia producto de los dos terremotos sufridos el pasado 24 de junio en
Venezuela y sobre todo en el marco de los contextos geopolíticos que ya otros y
otras analistas han realizado y que nosotros no lloveremos sobre mojado. Aunque
seguramente nos podamos referir a ciertos y determinados aspectos en próximas
entregas de nuestra columna.
¡Independencia y Patria
Socialista!
¡Viviremos y Venceremos!
¡Leales siempre! ¡Traidores,
Nunca!
* Abogado, Defensor de
Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiteros y
Tuiteras Socialistas. , jmartoranoster@gmail.com, j_martorano@hotmail.com , juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar , cuenta tuiter e
instagram: @juanmartorano, cuenta facebook: Juan Martorano Castillo. Canal de
Telegram: El Canal de Martorano

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