martes, 24 de febrero de 2026

Columna de Juan Martorano 490: De acuerdo con Schemel salvo en una cosa: No es reprogramar sino reactivar el pensamiento colonial subyacente en nuestra población

 

*JUAN MARTORANO

Para el momento en que escribimos estas líneas, serían 20 días que el analista in comento escribió un buen artículo que hemos decidido sea objeto de nuestro análisis en el día de hoy.

En nuestras labores de investigación nos topamos con ese artículo del director de la “Agencia de Inteligencia” como ell
a misma se denomina (Nos referimos a Hinterlaces, que es la “encuestadora que dirige este analista) y publicado en el famoso portal Venezuela News. El mismo se titula: “La confrontación que ya no busca derrotar sino reprogramar”.

Luego de un breve introito de este analista, este nos señala que los acontecimientos recientes vividos en la República Bolivariana de Venezuela desde hace 52 días están confirmando una mutación profunda en que hoy se está ejerciendo el poder a nivel internacional. Esto porque ya no se trata única y exclusivamente de derrotar al adversario en el terreno militar propiamente dicho o de la imposición de medidas coercitivas (o coactivas más bien, puesto que en el sistema internacional avalado por más de 193 países en lo que se denomina “Naciones Unidas”, el Consejo de Seguridad puede imponer sanciones legítimas) para asfixiarlo materialmente. Desde hace 52 días y muchos casi sin darse cuenta, estamos inmersos en un proceso mucho más complejo y silencioso: Estamos en un proceso de reconfiguración de las percepciones, pero nosotros lo expresaríamos de una mejor manera, de reactivación de un pensamiento colonial y de sus marcos mentales y de un “sentido común” para organizar la vida política, económica, social y cultural de nuestras sociedades.

Luego del 3 de enero de 2026, Venezuela viene siendo el laboratorio social de EEUU en este nuevo proceso y en el marco de un plan previo que ya existía y que solo esta fecha marca el inicio de su ejecución. Pero esto será tema que seguramente desarrollaremos en próximas ediciones de nuestra columna.

Por ello, Venezuela se ha convertido, lo señala Schemel y lo reiteramos por esta vía, en un caso emblemático en esta nueva fase de confrontación global. No podemos ver y analizar esto solo a nivel interno y de lo que viene ocurriendo ante nuestros ojos, sino en un marco más allá, pero sin perder de vista tanto el frente interno como el externo o geopolítico internacional para poder aproximarnos a lo que viene ocurriendo. Y todo esto ocurre no solo por la posición privilegiada y estratégica que ocupa nuestro país, sino también por su peso energético, su historia política reciente y su capacidad de resistencia frente a presiones externas sostenidas. Lo ocurrido a partir del 3 de enero debe leerse  en ese marco ampliado: no como un episodio aislado ni como una simple escalada táctica, sino como todo un mensaje dirigido al Sur Global.

En estos momentos el mundo atraviesa múltiples crisis que se entrecruzan entre sí. Una crisis civilizatoria, marcada por los límites ecológicos del planeta y por la incapacidad del modelo de desarrollo dominante para garantizar bienestar sostenible. Una crisis del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial y consolidado durante la Guerra Fría, cuyas instituciones han perdido eficacia, legitimidad y capacidad reguladora. Y una crisis de la hegemonía unipolar estadounidense, que ya no logra sostener su liderazgo por consenso y recurre cada vez más a mecanismos de presión, coerción y control.

Por ello, la confrontación se desplaza. Y en ese sentido, el campo de batalla ya no se circunscribe únicamente al campo territorial o militar.  Es cada vez más cultural, simbólico y cognitivo. Estamos en estos momentos en disputa de la interpretación de la realidad, la construcción del relato,  la legitimidad de los actores y la orientación de las emociones colectivas. En estos momentos se busca instalar matrices  de sentido que naturalicen determinadas lecturas de los hechos y desactiven otras.

Las denominadas Medidas Coercitivas Unilaterales, cuyo concepto como hemos venido señalando, está cambiando de coercitivas a coactivas; el bloqueo económico y financiero, y las operaciones de presión diplomática forman parte de una misma arquitectura de poder. No apuntan solo a generar el daño material, sino en la producción de efectos psicológicos, sociales y políticos de largo alcance: desaliento, fragmentación, desconfianza, desmovilización, pérdida del horizonte estratégico. De allí que hablar hoy de “derrota” resultaría insuficiente. Según Schemel el objetivo hoy en día sería otro: reprogramar.

Pero ahí discrepamos de su criterio, y más que una “reprogramación” como él la denomina, a nuestro juicio de lo que se trata es de la reactivación del pensamiento y de los grilletes ideológicos para volver a someter no solo a Venezuela sino al Sur Global en este contraataque imperial bajo el marco de su Nueva Doctrina de Seguridad Nacional hecha pública desde diciembre de 2025.

Pero retomando el planteamiento de este analista, que a nuestro juicio, más allá del consenso semántico nos parece correcto, esta es una lógica que se expresa también en el modo en que se intenta subvertir o intervenir sobre identidades políticas. El chavismo, entendido no solo como una fuerza electoral, sino como fenómeno social, cultural e histórico de larga data, y que a lo largo de los años ha demostrado una inmensa capacidad de adaptación producto de su carácter orgánico y plasticidad política que le han permitido atravesar innumerables crisis severas sin disolverse, preservando un núcleo identitario y una comunidad emocional que sigue siendo decisiva en la vida nacional.

Por ello que el campo de confrontación se orienta ahora a disputar el sentido de esa identidad, a ir erosionando sus símbolos, a resignificar sus logros y a instalar la idea de que cualquier “estabilización” futura sería el resultado de la tutela externa. La batalla en estos momentos no solo es por el control de los recursos energéticos y estratégicos o geopolítica a nivel internacional, sino que también es por quien gobierna y en nombre de quién o quienes.

Y también debemos reconocer, como nos muestra Schemel, que emerge un pragmatismo social mucho más profundo. Más allá de las identidades políticas, amplios sectores de la población colocan en el centro sus necesidades concretas: estabilidad, ingresos, servicios y bienestar. Un pragmatismo que no implica o no debería implicar renuncia de la soberanía ni una aceptación pasiva de presiones externas, con todos los riesgos que ello pueda implicar, sino una demanda de una gobernabilidad eficaz en medio de un entorno internacional cada vez más incierto.

De allí la claridad que debemos tener de este momento político, de la coyuntura como gusta decir de algunos y algunas analistas. Gobernar bajo presión exige no solo tener la capacidad administrativa y económica sino además tener la conducción simbólica y cultural. Requiere relatos que expliquen, que convoquen. Requiere reconstruir la confianza colectiva y fortalecer la cohesión social frente a los intentos de fragmentación inducida y en marcha en estos momentos.

El mundo multipolar no debemos entenderla como una realidad plenamente constituida. Hay un largo trecho por recorrer en ese sentido. Por eso es que es un proceso en desarrollo, atravesado por tensiones, asimetrías y contradicciones. Las economías emergentes del mundo de hoy articulan intereses, pero no conforman un bloque homogéneo aun capaz de disputar hegemonía en todos los planos. En ese escenario, Venezuela navega entre oportunidades y riesgos, obligada a ejercer una diplomacia estratégica y una política interna orientada a la estabilidad.

En resumen, lo que está en juego no es únicamente un conflicto entre Estados, sino la forma misma en que se organiza el poder en el siglo XXI. Comprender esa mutación es condición indispensable para no quedar atrapados en categorías del pasado. La confrontación ya no busca derrotar de manera frontal; busca reprogramar mentalidades, expectativas y sentidos, o mejor expresado como hemos señalado, la reactivación del pensamiento colonial subyacente para la dominación. Frente a ello, la respuesta pasa por más política, más comprensión histórica y más capacidad de interpretar las tendencias profundas del tiempo que vivimos.

Por ello señalamos en nuestras más recientes intervenciones públicas que el imperialismo estadounidense no busca solo el desplazamiento del chavismo del poder político, sino acabarlo como entidad social, cultural, política y hasta espiritual.

Y debemos aclararlo. Si bien tenemos posiciones intensas y apasionadas producto de nuestro amor a la patria, lo que ha devenido a algunos compañeros y compañeras a advertirnos, les expresamos que no estamos planteando de ninguna manera una confrontación en términos tradicionales con el imperialismo, porque sabemos que sería suicida o la no comprensión de las negociaciones en lo táctico, que el gobierno de la Presidenta (E ) deba llevar con los gringos. Pero a nuestro juicio, tampoco se trata de que no tengamos claridad estratégica ni que pensemos que con los gringos o con la llegada de un gobierno de ultra derecha, las cosas se van a arreglar en Venezuela.

Cuando un pueblo no tiene claridad identitaria, recibe su primera derrota en estas confrontaciones de nuevo cuño mundiales.

 

¡Bolívar y Chávez Viven y sus luchas y la Patria que nos legaron siguen!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!

¡Leales siempre: Traidores Nunca!

 

* Abogado, Defensor de Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiteros y Tuiteras Socialistas. , jmartoranoster@gmail.comj_martorano@hotmail.com , juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar , cuenta tuiter e instagram: @juanmartorano, cuenta facebook: Juan Martorano Castillo. Canal de Telegram: El Canal de Martorano

EL NACIMIENTO DEL ESTADO-SERVICIO Y LA GESTIÓN FIDUCIARIA DE LOS ACTIVOS GLOBALES

 Por: Soc. Kelly J. Pottella G.

La situación venezolana, a las puertas de 2026, exige abandonar por completo las narrativas sentimentales para ahondar en la frialdad de la geopolítica de los activos estratégicos. Lo que la comunidad internacional presencia no es una transición democrática inconclusa, sino la consolidación de la "Doctrina del Colapso Útil". Desde la perspectiva del realismo estructural, Venezuela ha dejado de ser un Estado-nación para transformarse en una Unidad de Abastecimiento Blindada, donde la precariedad institucional interna no es un fallo del sistema, sino la condición sine qua non para la seguridad operativa externa. El Estado ha transitado de la autonomía de la voluntad a una Soberanía Fiduciaria de facto, donde el control efectivo se ha externalizado hacia el eje tecnocrático Washington-Houston.

Bajo esta arquitectura, la gobernanza ya no emana de un contrato social, sino de una validación técnica exógena otorgada por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos (OFAC) y el respaldo disuasorio del Comando Sur (SOUTHCOM). Se ha configurado un modelo de estabilidad cinética: una realidad donde el flujo de energía y capital se mantiene constante, mientras que el tejido institucional del país permanece en un estado de parálisis controlada. En este escenario, la industria energética ha adoptado el "paradigma del riesgo estructurable", un entorno donde el capital transnacional ha logrado codificar su seguridad mediante un blindaje contractual extremo que desvincula la rentabilidad de la anomia política local.

La implementación de licencias y órdenes ejecutivas constituye, en su pureza jurídica, un fideicomiso de soberanía. El flujo de caja nacional es interceptado y gestionado por centros de decisión extranjeros para garantizar el pago de deudas y la reinversión selectiva en infraestructura crítica. Esto ha dado lugar a una Jurisdicción Paralela de Extraterritorialidad: una geografía dual donde el sector extractivo opera bajo las normas del derecho consuetudinario y el arbitraje internacional, mientras que la población nacional sobrevive dentro de un marco institucional en declive. Venezuela es hoy el prototipo del «Estado-Servicio»: una entidad que conserva su heráldica y su sede en la ONU, pero cuya función ontológica es la gestión de inventarios para el mercado global.

Desde una perspectiva geoeconómica, el subsuelo venezolano funciona como una variable de ajuste de suma cero. Washington instrumentaliza el activo venezolano como arma de compensación energética para fracturar las finanzas de los adversarios euroasiáticos en mercados estratégicos como el Indopacífico. La entrada de divisas es, por definición, capital de enclave: se invierte en flujo de caja inmediato, pero se evitan grandes gastos de capital ($CAPEX$) a largo plazo, manteniendo al país en una "soberanía por contrato" cuya validez depende de la voluntad del protectorado.

El elemento más disruptivo de esta reconfiguración es el "Arbitraje de Soberanía". Mediante este mecanismo, los acreedores globales están ejecutando una privatización por compensación. La deuda externa ha dejado de ser una obligación financiera para convertirse en un instrumento de transferencia patrimonial forzosa. La imposibilidad de regresar a los mercados voluntarios de capital no es un obstáculo, sino el catalizador para que activos críticos —desde la Faja del Orinoco hasta el sector gasífero— pasen a manos de socios operadores con derechos de propiedad protegidos por el Derecho Internacional y la fuerza disuasoria estadounidense.

Este esquema introduce una mutación final: la disociación social del activo. Hoy en día, la viabilidad económica de Venezuela se ha desvinculado de su viabilidad social. El éxito de las zonas de enclave permite que los indicadores macroeconómicos de exportación mejoren sin necesidad de reconstruir la clase media ni el sistema educativo. El ciudadano se vuelve irrelevante para el modelo extractivo-fiduciario.

La verdad indiscutible que arroja este análisis, y que los ministerios de relaciones exteriores prefieren mantener en la sombra, es que la era de la soberanía nacional como derecho inalienable ha muerto para los Estados que no pueden garantizar su propia viabilidad funcional. En el nuevo orden del siglo XXI, la legitimidad ya no reside en la voluntad popular, sino en la utilidad sistémica de los activos. Venezuela es el laboratorio de un experimento histórico: el éxito de su protectorado fiduciario confirma que, para la arquitectura financiera global, un país puede ser perfectamente próspero en sus balanzas exportadoras y al mismo tiempo permanecer sociológicamente aniquilado.


Estados Unidos no ha venido a salvar una nación, sino a asegurar un inventario. En la geopolítica de 2026, la soberanía ya no es un atributo del pueblo; es una mercancía bajo custodia, subastada al mejor postor bajo el pretexto de una gestión técnica eficiente. Bajo esta lógica fiduciaria, nuestra patria se ha visto degradada a un activo de libre acceso, donde la movilidad global del capital y el petróleo crudo contrasta con el confinamiento sistémico de su población.



Amnistía: el perdón y la concordia por amor a Venezuela..

 

Punto y seguimos | El monstruo de la industria alimentaria

En Venezuela, las enfermedades que generan mayor morbilidad y mortalidad son las afecciones cardíacas, el cáncer y los accidentes cerebrovasculares. Los problemas del corazón, según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS) son el principal motivo de muerte en todo el mundo, tanto en países desarrollados como en los pobres. Las causas que se atribuyen al "reinado" de los daños en el principal órgano del cuerpo humano son el estrés, la herencia y la mala alimentación, siendo esta última vital no solo en el caso de estas patologías, sino de muchas otras.

Una dieta balanceada se considera imprescindible para tener una buena salud. El exceso de grasas saturadas, azúcares, sal y comidas bajas en nutrientes ha venido enfermando a la población mundial. Cuanto más parece avanzar la materia tecnológica y de producción de comida, menos sana resulta para los seres humanos. Cuando cambió el modo de producción y distribución de los alimentos en la agricultura, ganadería y pesca industrializadas, las personas —en especial en los sectores urbanos— perdieron toda relación con la tierra. Hemos llegado a desconocer los procesos y a asumir que cuanto comemos aparece en los supermercados "por arte de magia".

El desconocimiento acerca de como funciona la agricultura, el poco o nulo interés en el autocultivo y, a nivel cultural, la idea de que lo que comemos no es realmente asunto nuestro, pues ya está "solucionado" por otros, ha generado un ambiente propicio para que la industria alimentaria mundial se convierta en una absoluta monstruosidad, con el poder económico suficiente para manejar gobiernos, diseñar sus propias legislaciones y afectar el medio ambiente y la salud del planeta sin una verdadera oposición ciudadana.

Quizá los casos más conocidos, que apenas nos dan un vistazo de la complejidad, alcance y poder de esta industria, sean los escándalos de empresas como Monsanto, con su herbicida RoundUp y su manejo y control de las semillas transgénicas, que han afectado a los campos de todo el mundo. Acciones de este tipo han desterrado a pequeños productores locales, que quedan indefensos ante la aplanadora de consorcios que han impuesto a la fuerza legislaciones y que han regado por el mundo químicos cancerígenos que afectan la salud vegetal, animal y humana. Las semillas transgénicas alteran la composición de las plantas y, además, "se riegan" hacia cultivos orgánicos, contaminándolos. Esto es especialmente grave en productos tan básicos para la dieta mundial como el trigo, la soya, el maíz o el arroz.

La soya, transgénica en casi toda su producción mundial, constituye la base de millones de litros de aceite comestible y es también alimento para animales de cría y sacrificio, lo que implica que las consecuencias nos alcanzan por partida doble, al ser parte de la dieta de los animales que comemos. Punto aparte y tema de investigación sería el de las condiciones de extrema crueldad con las que se alimentan y matan los animales destinados al consumo humano, una de las principales razones por las que existe el veganismo como postura política. Sin embargo, más allá de ello, el punto es que tenemos poca o ninguna idea de lo que ingerimos y que, además, estamos en manos de transnacionales que producen más y más barato, acaparando el mercado y forzando a los grupos de menores ingresos a comer productos nocivos, en razón de su precio.

La industria alimentaria es una de las que mejor evidencia la inhumanidad del capitalismo. Conecta a las especies que habitamos este mundo y a todas las maltrata. En lo referente a los seres humanos, nos ata de forma directa a otra industria nefasta, la farmacéutica, que nos vende los químicos para tratar el daño que causamos a nuestro organismo al comer basura ultraprocesada, conservantes, plantas alteradas y animales explotados. Un ciclo sin fin de envenenamiento colectivo que plantea a la sociedad el reto de romperlo para sobrevivir. Según datos de la OMS del año 2021, la humanidad aumentó su esperanza de vida, pero también la discapacidad. Significa que vivimos más, pero en peores condiciones, con patologías crónicas y mal funcionamiento del cuerpo, en todos los rincones del globo. Es un dato particularmente cruel si consideramos a los países más pobres, donde la inanición aún es causa de muerte.

En resumidas cuentas, y como decía Voltaire en su Cándido, es menester volver a cultivar la tierra. Si el sistema nos apabulla, solo la conciencia comunitaria podrá ayudarnos, garantizando producción y distribución local de alimentos cultivados con parámetros de sanidad y, sobre todo, procurando que los saberes campesinos no se pierdan. La educación en materia alimentaria es fundamental. Si no sabemos qué consumimos, ni cómo obtenerlo respetando la naturaleza, estaremos condenados a continuar con el ciclo ponzoñoso de la industria alimentaria, que nos mata a todos por millones cada día.

 

Mariel Carrillo García



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