miércoles, 15 de julio de 2026

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Adolfo Sánchez Vázquez: la dignidad de la razón emancipada y emancipadora

 

 

Hay hombres cuya sola obra intelectual modifica la temperatura moral de una época. No porque se impongan mediante el estrépito de la celebridad o la arrogancia del prestigio, sino porque convierten el pensamiento en una forma superior de la dignidad humana. Don Adolfo Sánchez Vázquez pertenece a esa estirpe excepcional de espíritus que, lejos de administrar doctrinas como dogmas inertes, las sometieron al rigor implacable de la crítica, al fuego purificador de la experiencia histórica y a la responsabilidad irrenunciable de la conciencia dialéctica. Su nombre no designa únicamente a un filósofo eminente; evoca una constelación ética donde la lucidez y el compromiso dejaron de ser categorías separadas para fundirse en una misma vocación emancipadora.

Su vida constituye una de las más nobles parábolas del siglo XX. Expulsado de la patria por la barbarie franquista, encontró en México no un refugio resignado, sino una nueva geografía para la esperanza creadora. El exilio, o transterritoriedad, que para tantos representa la mutilación de la memoria, se convirtió en su caso en un laboratorio de universalidad, donde la nostalgia jamás degeneró en resentimiento y donde el desarraigo fecundó una reflexión filosófica de alcance planetario. En él se cumplió la admirable paradoja según la cual algunos hombres sólo alcanzan la plenitud de su patria cuando descubren que ésta habita, antes que en un territorio, en la fidelidad a sus principios irrenunciables.

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Su pensamiento desmanteló con serenidad magistral las caricaturas del marxismo edificadas tanto por sus adversarios como por sus pretendidos guardianes. Allí donde unos contemplaban una metafísica petrificada y otros un catecismo infalible, Sánchez Vázquez restituyó el nervio crítico, histórico y creador de la tradición marxiana. Comprendió, con una penetración pocas veces igualada, que toda filosofía destinada a transformar el mundo debe comenzar por emanciparse de sus propias idolatrías. Su célebre filosofía de la praxis no fue un ejercicio académico encerrado entre anaqueles universitarios, sino una arquitectura conceptual edificada para reconciliar el pensamiento con la acción, la teoría con la historia, la libertad con la responsabilidad y la crítica con la esperanza.

Hay en su obra una particular magistralidad intelectual. Ninguna frase buscaba el ornamento superfluo; cada concepto se propone alcanzar una transparencia conquistada tras una larga disciplina de reflexión. Esa sobriedad estilística transparenta una extraordinaria densidad especulativa. Leerlo significaba asistir a la lenta cristalización de una inteligencia que desconfiaba de las respuestas fáciles y prefería la complejidad luminosa antes que la simplificación seductora. Su prosa poseía el raro privilegio de hacer inteligible lo profundo sin sacrificar jamás la profundidad misma.

Donde su legado alcanza una estatura verdaderamente incomparable es en el territorio de la ética y la estética. Frente a los naufragios ideológicos, las burocracias autoritarias y las innumerables deformaciones del socialismo histórico, nunca optó por la comodidad del cinismo ni por la apostasía oportunista. Conservó intacta su capacidad de distinguir entre los ideales emancipadores y las formas concretas que los traicionaban. Esa distinción evidencia un coraje intelectual excepcional, porque implica resistir simultáneamente las presiones del dogmatismo y las seducciones del conformismo. Su fidelidad jamás fue obediencia; fue, por el contrario, la forma más alta de la crítica.

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Quienes tuvieron el privilegio de conocerlo evocan la discreción de sus gestos, la cortesía sin afectación, la humildad de quien sabía que el verdadero saber comienza allí donde desaparece toda vanidad. En tiempos dominados por el exhibicionismo intelectual, su autoridad crece precisamente de la ausencia de cualquier voluntad de protagonismo. Enseña más con el ejemplo de su conducta que con el brillo de sus argumentos, aunque éstos bastaran por sí solos para inscribirlo entre los filósofos fundamentales de nuestra lengua.

Su reflexión sobre el arte abrió igualmente horizontes de fecundidad extraordinaria. Muestra que la creación estética no constituye un lujo accesorio de la civilización, sino una dimensión esencial de la praxis humana, una objetivación privilegiada de la libertad capaz de revelar posibilidades inéditas de existencia. Para él, la belleza nunca fue evasión, sino anticipación sensible de un mundo reconciliado consigo mismo. En esa intuición resplandece una de las contribuciones más delicadas y perdurables de su obra: demostrar que la emancipación también necesita de la imaginación para no degradarse en mera administración de lo posible.

Su obra logró esa posteridad que suele reservarse sólo a los grandes pensadores. Algunos sobreviven como monumentos solemnes cuya reverencia sustituye a la lectura; otros permanecen vivos porque cada generación descubre en ellos preguntas que todavía no han agotado su potencia. Adolfo Sánchez Vázquez pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. Su obra continúa interrogándonos con una frescura asombrosa porque se escribió desde la convicción de que ninguna conquista humana puede considerarse definitiva mientras subsistan la injusticia, la explotación, la alienación y todas las formas del envilecimiento de la dignidad.

Rendirle homenaje significa reconocer que existen vidas cuya ejemplaridad excede los límites de la biografía para convertirse en patrimonio espiritual de la humanidad. Su inteligencia ilumina sin deslumbrar; su erudición jamás sofoca la sensibilidad; su rigor nunca extingue la diversidad; su esperanza nunca se confunde con la ingenuidad. Permanecerá como uno de esos escasos maestros cuya grandeza no radica únicamente en haber pensado con excepcional profundidad. Permanece por haber demostrado que la filosofía alcanza su verdad más alta cuando se transforma en una forma militante de honradez, cuando el conocimiento se convierte en responsabilidad moral y cuando la razón. Lejos de justificar el mundo existente, se atreve a imaginar y preparar, con paciente tenacidad, el advenimiento de un mundo más libre, más justo y más plenamente humano.

Doctor en Filosofía.

  @FBuenAbad