sábado, 6 de junio de 2026

Columna de Juan Martorano 554: Seguid el ejemplo que Freddy Bernal dio.

 

*JUAN MARTORANO

Analizar la figura de Freddy Bernal en la coyuntura actual es un ejercicio periodístico interesante. Como gobernador del estado Táchira, su rol va mucho más allá de la gestión regional; actúa como un puente clave entre el palacio de Miraflores, la frontera con Colombia y las dinámicas internas del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Freddy Bernal y el Táchira: El termómetro fronterizo de la política venezolana.

El estado Táchira siempre ha sido una plaza difícil para el oficialismo. Sin embargo, desde su llegada a la gobernación, Freddy Bernal ha estructurado un perfil político que combina la lealtad irrestricta a la administración de Nicolás Maduro con una narrativa de pragmatismo económico necesaria para una región fronteriza. En la actual coyuntura, sus posiciones públicas reflejan de forma clara las tensiones y estrategias que mueven los hilos del poder en el país.

1.- Entre la diplomacia comercial y la doctrina interna:

Uno de los pilares del discurso reciente de Bernal se centra en la estabilización económica a través de la Zona Económica Binacional fronteriza. En sintonía con las políticas bilaterales entre Caracas y Bogotá, el gobernador ha defendido la necesidad de dar facilidades a la inversión privada y promover el intercambio comercial. Con proyecciones de intercambio en crecimiento, la consigna de Bernal en la región apela a que "el pueblo siga trabajando y produciendo", utilizando eventos deportivos y ferias regionales como vitrinas de normalización y pacificación social.

No obstante, este enfoque de apertura económica convive con una postura política de línea dura. Muestra de ello ha sido su reciente y tajante rechazo a los intentos de retirar la simbología oficialista —específicamente los retratos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro— de las instituciones públicas. Para Bernal, la defensa de estos símbolos no es negociable, lo que recuerda su trasfondo como uno de los cuadros políticos y de seguridad más fieles del partido de gobierno. (Resaltado y subrayado del articulista).

Esto desató una fuerte polémica interna dentro del chavismo y varias fuentes políticas y medios de comunicación detallaron este “tenso” episodio.

La orden del gobernador Bernal:

1.- Se niega a retirar los cuadros de los lideres chavistas (Hugo Chávez, Nicolás Maduro) de forma categórica.

2.- No solo que no retira los retratos sino que además ordena que su uso sea obligatorio en las oficinas gubernamentales del estado Táchira. Las imágenes de Simón Bolívar, Hugo Chávez y Nicolás Maduro deben mantenerse.

3.- Revisión estricta: Ordenó a cada director de su gobernación a vigilar el cumplimiento de estas órdenes.

Las batalla por la preservación del poder:

Desafío directo: Analistas vinculados con sectores de oposición y portales informativos interpretaron esta acción como un reto abierto al grupo que lideran los hermanos Rodríguez en el gobierno central.

Mensaje entre líneas: Al fijar de manera clara su posición, Bernal aseguró que “sigue mandando el chavismo”. Y esto va preparando los escenarios de confrontación y una eventual pugna por el control político e ideológico de las instituciones del Estado.

2.- El llamado contra las sanciones como eje unificador.

En el marco de la actual coyuntura nacional, Bernal se mantiene como una de las voces regionales con mayor eco en la exigencia del levantamiento completo y sin condiciones de las sanciones internacionales. Al articular este reclamo desde el Táchira, el mandatario regional busca canalizar el descontento por las fallas de servicios públicos y las dificultades económicas hacia el factor externo, promoviendo movilizaciones que conectan la provincia con la capital.

3.- Conclusión: El reflejo de un modelo híbrido: Las posiciones de Freddy Bernal evidencian la estrategia del oficialismo en territorios complejos: ceder espacio al pragmatismo económico y al intercambio comercial fronterizo para aliviar las presiones cotidianas de la población, mientras se mantiene un férreo control institucional y de narrativa política. En el tablero venezolano actual, Táchira sigue siendo el termómetro que mide cuánta flexibilización económica puede tolerar el sistema sin descuidar el control del territorio ni entregar soberanía.  

 

¡Bolívar y Chávez Viven. Sus luchas y la Patria que nos legaron siguen!

¡Independencia y Patria Socialista!                 

¡Viviremos y Venceremos!

¡Leales siempre: Traidores Nunca!

* Abogado, Defensor de Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiteros y Tuiteras Socialistas. , jmartoranoster@gmail.comj_martorano@hotmail.com , juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar , cuenta tuiter e instagram: @juanmartorano, cuenta facebook: Juan Martorano Castillo. Canal de Telegram: El Canal de Martorano



 

Bolivia. Del «Plan Cóndor judicial» al chantaje del litio: las voces de Evo Morales y Wilma Colque en la nación boliviana en lucha

 


Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 5 de junio 2026.

Mientras el continente latinoamericano enfrenta una nueva ola de contraofensiva reaccionaria, Bolivia se confirma como el epicentro de un choque de clases sin cuartel, donde las lógicas del capital transnacional intentan doblegar la soberanía de una nación que ha osado refundarse sobre bases plurinacionales. Desde hace más de un mes, el país está atravesado por protestas, movilizaciones y más de noventa bloqueos de carreteras en al menos siete departamentos.

La respuesta del gobierno de Rodrigo Paz ha llegado según el guion que caracteriza a los planes de restauración colonial dictados desde Washington: la aprobación en el Senado de la «Ley de Regulación de Estado de Excepción» y la pública entrada en escena del Pentágono y del Departamento de Guerra estadounidense.

En este escenario de resistencia y cerco, las voces del líder indígena y expresidente Evo Morales Ayma y de la dirigente Wilma Colque, representante de la Coordinadora de las 6 Federaciones del Trópico de Cochabamba, asumen el valor de un testimonio teórico y práctico imprescindible. Sus análisis fueron recogidos en el marco de dos significativos espacios de debate internacional dedicados a la solidaridad con el pueblo boliviano y a la denuncia del ataque imperialista a la Patria Grande: uno promovido por las organizaciones populares argentinas, y el otro organizado por la Central Bolivariana Socialista de Trabajadores y Trabajadoras del Venezuela (CBST).

Lejos de ser simples crónicas de una crisis regional, sus intervenciones revelan los hilos invisibles que conectan el neoliberalismo interno con las estrategias globales de saqueo de los recursos estratégicos. El escenario en el que resuenan estas denuncias no es casual.

La Central Bolivariana Socialista de Trabajadores de Venezuela, fiel a la tradición del internacionalismo proletario y consciente de que la agresión imperialista no respeta las fronteras geopolíticas, ha transformado sus encuentros semanales en una trinchera ideológica: más necesaria que nunca en este momento de máxima agresión y creciente chantaje del imperialismo contra la revolución bolivariana, tras el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, y de la primera combatiente Cilia Flores. Discutir sobre Bolivia en Caracas, o en los foros de solidaridad continental, significa reconocer que el destino de los pueblos de la región está estrechamente conectado.

La criminalización de las fuerzas populares bolivianas, el uso combinado del Lawfare (la guerra judicial) y de la violencia abierta no son fenómenos aislados, sino que responden al mismo guion aplicado contra todo intento de autodeterminación en el continente. En este espacio de coordinación, las vanguardias sindicales y campesinas han denunciado cómo la actual administración estadounidense  está cercando al eje antimperialista, identificando en la caída de la Bolivia plurinacional la pieza necesaria para la recolonización económica de toda la región, empezada con el chantage a Venezuela.

La naturaleza global del enfrentamiento ha sido explicitada sin filtros por las declaraciones del Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth. A través de su cuenta en la plataforma X, el alto funcionario de la Casa Blanca se ha quitado la máscara de la diplomacia formal, calificando a los dirigentes de las organizaciones sociales bolivianas que encabezan las protestas de «narcoterroristas».

El uso de esta categoría lingüística y jurídica no es nuevo en la historia de América Latina; es el mismo paradigma de seguridad utilizado durante los años más oscuros del Plan Cóndor para justificar el exterminio político y la aniquilación de los movimientos populares. Hegseth, hablando en nombre del Departamento de Guerra y de la naciente Coalición Anticartel de las Américas (A3C), reafirmó el respaldo incondicional de Washington al gobierno de derecha de Rodrigo Paz Pereira, advirtiendo que Estados Unidos «está atento a lo que ocurre en Bolivia» para garantizar que no se permita regresar al antiguo statu quo del “dominio criminal”.

La respuesta de Evo Morales Ayma a este explícito acto de injerencia fue inmediata y radical. A través de los mismos canales, el líder del Movimiento al Socialismo (MAS-IPCP) denunció cómo Estados Unidos pretende, una vez más, ejercer una tutela colonial sobre los asuntos internos de la nación. En su intervención en el foro internacional, Morales desestructuró la narrativa imperial:

«Mientras el pueblo lucha por defender su economía, sus recursos naturales y su derecho a decidir su propio destino -dijo-, Estados Unidos vuelve a inmiscuirse para respaldar a un gobierno cada vez más cuestionado. Ahora -añadió- recurren nuevamente al discurso del ‘narcoterrorismo’ para estigmatizar la protesta social y las demandas legítimas de quienes defienden la democracia, la soberanía y nuestros bienes comunes. Bolivia no necesita tutelaje ni amenazas”, afirmó.

El expresidente trazó luego un mapa lúcido del golpe de Estado permanente que está asfixiando al país. No se trata sólo de una crisis de gobierno, sino de una operación compleja que Morales define como un verdadero «Plan Cóndor judicial». El primer paso de esta estrategia ha sido el vaciamiento estructural de las instituciones democráticas y la proscripción de las fuerzas auténticamente revolucionarias. Morales explicó detalladamente cómo magistrados y jueces han operado al margen del mandato constitucional para arrebatar la sigla del MAS-IPCP a su base sociale, impidiendo la participación política de los líderes más respaldados.

Esta «estafa electoral preliminar» permitió el ascenso al poder de las fuerzas neoliberales encabezadas por Rodrigo Paz, una administración que hoy gobierna sin un consenso real. Los datos macroeconómicos y sociales presentados por Morales son indicativos: la inflación galopante, el retorno de la dependencia de los dictados del Fondo Monetario Internacional y una devaluación de facto de la moneda nacional han destruido el poder adquisitivo de los trabajadores.

Sin embargo, frente a la violencia institucional, el pueblo boliviano ha respondido con la resistencia y con números que desmienten la legitimidad pregonada desde el palacio. Morales destacó el histórico resultado del Voto Nulo en las últimas elecciones, que alcanzó niveles del ochenta por ciento en las circunscripciones uninominales y vio la derrota del proyecto gubernamental en ciento sesenta y nueve municipios.

Un dato que coincide con las encuestas urbanas de actualidad, las cuales registran una sanción popular y una desaprobación de la gestión del presidente Paz que roza el ochenta y siete por ciento. El neoliberalismo boliviano, por lo tanto, se sostiene exclusivamente sobre las bayonetas y el apoyo externo del Comando Sur. El pilar normativo de esta restauración autoritaria es la «Ley de Regulación de Estado de Excepción», aprobada por el Senado al término de una sesión dramática en la que participaron tres ministros de Estado, y enviada ahora a la Cámara de Diputados para su sanción definitiva.

El análisis de este texto de ley devela un diseño subversivo contra la propia Constitución Plurinacional de 2009. Como denunció con fuerza el senador Wilder Veliz y se retomó en los foros internacionales, la norma concede una verdadera «carta blanca» a las fuerzas de seguridad para reprimir y matar a los manifestantes. La ley establece que las fuerzas armadas podrán intervenir en operaciones de seguridad interna cada vez que la capacidad operativa de la policía sea considerada insuficiente, extendiendo el control militar sobre las «infraestructuras críticas», los sistemas hídricos, las telecomunicaciones y las rutas carreteras estratégicas.

El elemento más inquietante y brutal del texto es la introducción de la presunción de legalidad y de buena fe para las acciones realizadas por militares y policías durante el estado de excepción. En términos materiales, esto significa que el uso de la fuerza letal contra los bloqueos de carreteras y las asambleas populares será considerado legítimo a priori por el Estado, garantizando la impunidad jurídica e incluso la asistencia técnica y legal gubernamental a quienes ejecuten las masacres.

Se trata, como señaló Veliz, de una disposición que viola frontalmente los tratados internacionales sobre derechos humanos y que prepara científicamente el terreno para un genocidio político contra las comunidades en lucha.

Wilma Colque y la materialidad de la tierra: la crisis agraria

Si el análisis de Evo Morales define el marco macro-político, el testimonio de Wilma Colque, destacada exponente de las organizaciones indígenas y campesinas del Trópico de Cochabamba, restituye la materialidad del drama vivido cotidianamente por las bases. Lo suyo no es una abstracción teórica, sino el relato de la tierra desnuda, del trabajo en los campos y del hambre que vuelve a asomarse en los hogares.

Colque denunció el impacto devastador de la escasez y el contrabando de combustible, una crisis provocada por las políticas de desregulación salvaje del gobierno de Paz.

La agricultura boliviana, en particular en las regiones productoras como el Trópico, ha vivido en los últimos veinte años un profundo proceso de mecanización; la tierra ya no se trabaja únicamente con el infatigable esfuerzo manual del azadón, sino mediante el uso de tractores y maquinarias que hoy se encuentran paralizados por la falta de diésel.

Esta interrupción de la cadena productiva se traduce en la destrucción de las exportaciones de productos alimenticios, como los cultivos de plátano, y en una dramática escasez de alimentos en los centros urbanos.

Las consecuencias sociales de este desastre económico golpean directamente a las generaciones futuras: la dirigente estimó que entre treinta mil y cuarenta mil niños de educación primaria han abandonado los estudios en el último periodo debido a la pobreza y a la imposibilidad de las familias de garantizar la subsistencia mínima, un fenómeno que se refleja de igual manera en la tasa de deserción que está vaciando las universidades públicas del país.

Un capítulo central del pensamiento expresado por Wilma Colque se refiere a la defensa de la identidad indígena frente al intento de asimilación y aniquilación simbólica operado por las nuevas élites neoliberales. La dirigente denunció con indignación la hipocresía de los candidatos de la derecha que, durante las campañas electorales, no dudan en vestir el poncho tradicional, tomarse fotos con las mujeres de pollera y balbucear frases en lenguas nativas para captar el consenso rural.

Una vez en el poder, sin embargo, esas mismas vestimentas y esos cuerpos se convierten en el objetivo de los gases lacrimógenos, las balas de goma y los proyectiles de plomo de la policía. In este contexto, la reapropiación de los símbolos se transforma en un acto revolucionario. La Wiphala, recordó Colque, no es una bandera electoral o el logotipo de un partido político: es el emblema milenario de la resistencia comunitaria andina, un código cosmogónico que une a los pueblos más allá de las fronteras, extendiéndose hasta las comunidades en lucha en el Perú.

El intento del gobierno de Paz de prohibir o reducir el valor de los símbolos plurinacionales responde a la voluntad colonial de borrar la subjetividad política de los pueblos originarios, rebajándolos nuevamente a mano de obra subalterna e invisible. La convergencia analítica entre Morales y Colque alcanza su punto culminante cuando se revela el verdadero motor inmóvil de la crisis boliviana: el control de las reservas minerales estratégicas, en primer lugar el litio y las tierras raras, metales fundamentales para la transición tecnológica e industrial de Occidente.

Bolivia posee las reservas de litio más grandes del planeta, situadas en el corazón de ese territorio geográfico conocido como el «Triángulo del Litio». Mientras que en los países vecinos, como el Chile y la Argentina de Javier Milei, este recurso ha sido completamente malvendido y entregado a las multinacionales estadounidenses y europeas sin que quede ningún beneficio real para las poblaciones locales, la Bolivia de la revolución plurinacional había iniciado un modelo de industrialización soberana con el Estado como actor principal.

El gobierno de Rodrigo Paz opera como el mandatario interno encargado de desmantelar este modelo soberano para alinearse con las exigencias extractivas de Washington y de las grandes corporaciones de Silicon Valley. Para alcanzar este objetivo económico, la militarización del territorio se ha convertido en una necesidad urgente. Wilma Colque lanzó una denuncia detallada que descorre el velo sobre las nuevas formas de ciberguerra y espionaje tecnológico aplicadas en el terreno.

«Un sistema de espionaje operado directamente por agencias estadounidenses -dijo- ha penetrado en las fronteras tripartitas entre los departamentos de Cochabamba y La Paz. Han instalado equipos de alta tecnología capaces de interceptar las antenas de telecomunicaciones, monitoreando cada llamada, cada mensaje y cada movimiento de los dirigentes sindicales. Sabemos exactamente dónde están ubicadas estas bases y sabemos que el objetivo final es la captura del hermano Evo Morales, para exhibirlo como un trofeo político para el imperialismo”.

A esta red de vigilancia digital se suma la vieja estrategia de la corrupción y la guerra sucia interna. Recursos financieros enormes, provenientes de préstamos internacionales que nunca se traducen en obras públicas para el pueblo, son canalizados a través de maletines que contienen hasta cien mil dólares para comprar la fidelidad de dirigentes complacientes, dividir a los sindicatos históricos y fracturar la cohesión de la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba.

Frente a un aparato represivo que se dota de instrumentos jurídicos especiales para legalizar la masacre y de tecnologías extranjeras para el control sosial, la respuesta que llega desde las comunidades en lucha no es de sumisión, sino de dignidad histórica. La conclusión del discurso de Wilma Colque resuona como un manifiesto de ética política para todo el continente. Las mujeres indígenas, las madres que han visto a generaciones de hijos luchar contra las dictaduras militares de los años setenta y ochenta, se erigen hoy como las guardianas del futuro de la Patria Grande.

El anuncio es claro: si el gobierno de Paz decide decretar el Estado de Sitio aprovechando el fin de semana, los movimientos sociales saldrán a las calles con sus hijos para ejercer la desobediencia civil de masa, retirando a los jóvenes de los cuarteles y aplicando tácticas de autodefensa territorial, como los apagones controlados de la energía eléctrica y la interrupción de las redes de internet para cegar al aparato de espionaje estatal.

La lucha de Bolivia, examinada a través de las voces de Evo Morales y de Wilma Colque en los foros internacionales, demuestra que la contienda no se refiere a una presunta estabilidad institucional o a la gestión burocrática de una crisis. Lo que está en juego es la elección entre ser una colonia extractiva subordinada a las necesidades geopolíticas del Pentágono o seguir siendo un Estado Plurinacional soberano, donde la tierra, el litio y el destino de los hombres y de las mujeres pertenecen a quienes los trabajan y los defienden. “Somos millones – recuerda la dirigente indígena -, y estamos dispuestos a morir, pero no a agachar la cabeza”.

¿Hay riesgo de incurrir en la falacia de tradición?

 

Las “salvadas” del pasado no son un automatismo para la Revolución

La Revolución Bolivariana ha enfrentado toda clase de trances complicados a lo largo de sus 27 años de vigencia. Enumerarlos es un empeño que ya no cabe en un artículo periodístico, sino que requiere una antología, un tratado. El factor común ha sido que siempre ha superado esas situaciones críticas.

Este balance puede llevar a asumir la convicción de una permanente invencibilidad o, al menos, de que se tiene la capacidad de salvar siempre el pellejo, aunque sea in extremis. Es un incentivo apropiado para confiar en que también se resolverá el actual cuadro, uno de los más críticos, sin duda, ya no solo del siglo XXI, sino de toda nuestra historia.

Este enfoque resulta positivo a los efectos propagandísticos, de la animación de las masas militantes y simpatizantes, pero es necesario prevenir sobre lo engañosa que puede ser tal certeza. Pudiéramos estar ante lo que se llama una falacia de la tradición, la creencia de que los resultados obtenidos en el pasado han de repetirse indefinidamente, al margen de cómo haya sido modificada la escena en la que los hechos se producen.

Condiciones muy distintas
La Venezuela de 2026 es muy distinta a la de sus años precedentes, con todo y que la agresión imperialista es un proceso tan antiguo como la Revolución y ha tenido horas muy graves, como el golpe de Estado de 2002; el paro-sabotaje petrolero de 2002-2003; las guarimbas de 2014 y 2017; el magnicidio fallido de 2018; el interinato que comenzó en 2019; la Operación Gedeón de 2020 y el asedio naval de 2025.

El ataque militar del 3 de enero no fue un evento más en esa infame saga, sino un hito crítico que alteró sustancialmente las condiciones objetivas y subjetivas en las que debe operar la vanguardia revolucionaria.

Aunque ocurrieron en apenas unas horas, esos hechos son por completo inéditos: un bombardeo a Caracas, La Guaira y Miranda; el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores; la amenaza expresa y directa de ataques masivos contra la infraestructura nacional y de asesinar al resto del liderazgo. Nada de eso había ocurrido antes, al menos no de una manera tan desembozada.

A la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y al equipo que la acompaña les ha tocado gobernar en esas arenas movedizas, a sabiendas de que su gestión está sujeta a dictámenes —y hasta a caprichos— que en otras circunstancias no podrían ni tan siquiera plantearse públicamente. No basta con invocar nuestras remontadas históricas del pasado (Todo 11 tiene su 13 o la Batalla de los Puentes para solo mencionar dos) y esperar que ocurra de nuevo un acontecimiento similar. Las condiciones no son las mismas.

El fracaso de los adversarios no es suficiente
Otro de los rasgos que han cambiado y deben ser tomados en cuenta en cualquier análisis situacional es que ya el fracaso de los adversarios políticos internos no es suficiente para apuntalar el éxito del sector revolucionario o su supervivencia en circunstancias extremas.

Es justo reconocer que en buena parte de las coyunturas anteriores, cuando la Revolución superó cuadros de pronóstico reservado tuvo la “ayuda” invalorable de una oposición proverbialmente torpe, dividida, sin liderazgo y holgazana. Ese conjunto de atributos negativos echó por tierra incluso triunfos electorales contundentes, como el obtenido por la coalición antichavista en las elecciones parlamentarias de 2015.

En el caso actual sería temerario confiarse en que los evidentes yerros de las principales figuras de la ultraderecha (tanto las que están en el país como las que se encuentran fuera) van a resultar un salvavidas para la Revolución amenazada. Está claro que el poder imperial asumió, sin máscaras ni actores de reparto, el rol protagónico en el empeño de hacer retrogradar al país a tiempos de la IV República y reinsertarlo en su campo exclusivo de influencia geopolítica.

La unidad depende de principios
El análisis sobre la naturaleza de la unidad revolucionaria es un tercer elemento a tener en consideración para no aceptar, de manera mecanicista, la idea de que vamos a salir del brete por el solo hecho de que ya lo hicimos en ocasiones anteriores.

No se puede dar por sentado que las bases del chavismo van a suscribir todas las decisiones que tome la administración de la presidenta encargada, en especial aquellas en las que es notoria la impronta del poder imperial.

La militancia revolucionaria se consolidó al calor de 27 años de luchas colectivas, de formación política, de discusión y reflexión. Su unidad ha sido siempre acrisolada por los principios de independencia, soberanía, antiimperialismo y la visión de que otro mundo es posible. No se le puede pedir una carta firmada en blanco respecto a temas que punzan directamente en esos núcleos doctrinarios.

En las contingencias del pasado —esas que requieren una antología para enumerarlas—, el respaldo sólido del pueblo chavista se ha sustentado en valores compartidos, varios de los cuales tienen su génesis en el proceso constituyente de 1999 y que alcanzaron desarrollo en los gobiernos del comandante Hugo Chávez y del presidente Nicolás Maduro. No se puede suponer que ese apoyo tendrá la misma solidez si esos fundamentos ideológicos están en cuestión. El debate y la comunicación oportuna son imprescindibles para mantener la unidad a todo trance.



Vitrina de nimiedades | La experiencia de perderse (casi) todo

 Por Rosa E. Pellegrino 

 Desconectarse del mundo, a pesar de ese cordón umbilical llamado teléfono, parece imposible. El miedo a perdernos cualquier detalle —el famoso FOMO— ya nos llevó a crear rituales para saltar a cada rato sobre la pantalla. Si los mensajes no llegan, iremos por nuestra dosis de sobreinformación. Pero hay momentos, benditos momentos, en los cuales esa microadicción se esfuma, aun con el mismo vehículo de nuestras fijaciones digitales.

Mientras millones huyen de las noticias, otros simplemente son alejados de ellas. La vida también impone sus reglas. Si a usted le pasa lo mismo que a mí, le gusta estar enterado del presente, pero ha sido absorbido por alguna matrix circunstancial, sirve decirle que al parecer no se ha perdido de mucho. Las angustias de las últimas semanas son las mismas, eso sí, con apenas elementos nuevos.

Un vistazo a las noticias parece confirmar que no nos hemos perdido nada que no pudiera preverse: América Latina sigue su giro a la derecha, un camino salpicado por la dualidad de los procesos electorales como herramienta de confrontación inevitable y las movilizaciones populares tratando de contener el avance de un esquema cada vez más radical. Mientras tanto, Cuba sigue siendo objeto de los mecanismos de asfixia más voraces que conozcamos en este lado del mundo.

En Medio Oriente, Ormuz sigue demostrándole a los mortales promedio cuánto ignoramos del valor estratégico de lugares que suenan ajenos, pero que cuentan con una carga histórica silenciada por los mecanismos de acceso a la realidad. Eso, al parecer, seguirá siendo así con la inteligencia artificial, cuya capacidad para mantener una sociedad fue probada en una simulación. En un experimento, Grok destruyó el mundo en cuatro días… Bueno, otros venían dañando cosas. Solo siguió su entrenamiento.

Si las noticias duras jamás serán lo suyo, aún está a tiempo de dejarse arrastrar por la presunta “fiebre” del fútbol, otra muestra de geopolítica contemporánea que preferimos matizar con camisetas y álbumes. Las dualidades de Norteamérica ante Latinoamérica y países del Sur Global se aprovechan de una dinámica hegemónica para demostrar cuánto nos falta para construir otro escenario posible.

Otros temas están allí: el ébola, la visión de la Iglesia católica sobre la tecnología, supuestas peleas propiciadas por termos de agua que se hacen más virales que grandes conflictos históricos. El mundo sigue desbocado a su modo, y no espera por confirmar si estamos enterados.

Solo hay una cosa que uno, crecidito en años, puede extrañar cuando una situación nos aleja de la infoxicación: un periódico en papel. No invasivo, esperando por nosotros. Fuera de eso, no viene mal esta experiencia de perderse (casi) todo.



Delcy Rodríguez llega a Mumbai, India, 5 de junio de 2026

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