Por Carolys Helena Pérez González | @CarolysHelena
C. Wright Mills advirtió que la tarea crítica consiste en vincular biografía e historia. Esa imaginación sociológica permite comprender que lo que parece un problema íntimo suele ser expresión de una estructura social. Desde el feminismo latinoamericano hemos profundizado esa premisa: lo personal no sólo está conectado con lo político; está organizado por él.
En la vida de las mujeres militantes opera una trampa persistente: convertir en fallas individuales lo que son efectos de ordenamientos patriarcales. El agotamiento se nombra incapacidad; la culpa materna, debilidad; el silencio impuesto en una asamblea, torpeza personal. Esta lectura psicologizante despolitiza la experiencia y fragmenta la conciencia colectiva.
Diversas investigaciones sobre división sexual del trabajo —desde la economía feminista hasta los estudios sobre uso del tiempo de la CEPAL— muestran que las mujeres sostienen desproporcionadamente las tareas de cuidado y gestión emocional. Cuando esa sobrecarga se traslada a organizaciones políticas que reproducen la asignación tradicional de roles, el resultado no es una militante “insuficiente”, sino una estructura que naturaliza la explotación de su ética del cuidado.
Nombrar esta realidad es un acto de rigor político. La compañera que coordina la logística, contiene conflictos, organiza territorios y además debe demostrar el doble para ser escuchada, no enfrenta un déficit personal. Enfrenta una jerarquía de género incrustada incluso en espacios que se proclaman transformadores. Si la revolución no revisa sus prácticas internas, corre el riesgo de perpetuar lo que dice combatir.
La imaginación feminista -en diálogo con la tradición crítica- nos exige preguntas concretas: ¿quién toma la palabra y quién toma las notas?, ¿quién diseña la estrategia y quién garantiza la reproducción cotidiana del movimiento?, ¿quién tiene derecho al error sin quedar marcado? Estas no son cuestiones anecdóticas; son indicadores de poder.
También implica situar nuestras biografías en procesos históricos mayores: precarización económica, migración forzada, racismo estructural, violencia machista. Ninguna de estas condiciones es azarosa. Son configuraciones del orden social que modelan trayectorias individuales.
Una militancia madura no romantiza el sacrificio femenino ni glorifica el agotamiento. Lo analiza con datos, teoría y memoria histórica. Transforma la culpa en conciencia y la conciencia en organización. Cuando una mujer comprende que su malestar tiene raíces estructurales, deja de aislarse y comienza a exigir redistribución del poder.
Allí radica la potencia política de la imaginación feminista: convertir la experiencia en conocimiento y el conocimiento en acción colectiva. Sin ese ejercicio crítico, no hay transformación posible. Con él, la democracia se vuelve más profunda y la revolución, verdaderamente emancipadora y como nosotras somos el sujeto histórico llamado a hacer la transformación, estoy segura que venceremos ¡palabra de mujer!


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