Por Carolys Helena Pérez González @carolyshelena
Les soy muy honesta, cada vez que pienso en que hay gente que genuinamente cree que verbalizando el odio haciendo uso de la palabra negra, me da un poco de risa y de lástima, pero como en política, nada es un hecho aislado me tomo el tiempo de escribir sobre los acontecimientos circenses de aquella jornada en Madrid, que trajo la memoria de la ofensiva palabra “mona” para hablar de una mujer, porque hay palabras que pese a su disfraz inocente, no son solo palabras, son archivos.
Guardan siglos de violencia, de jerarquías, de silencios aprendidos. Por eso, cuando en Madrid se gritó “fuera la mona” contra una mujer venezolana, no estábamos frente a una simple grosería política. Estábamos frente a una forma antigua de ordenar el mundo: poner a una persona fuera de la humanidad para poder odiarla sin culpa.
La sociolingüística nos enseña que el lenguaje no vive en el diccionario, vive en la relación social. Una palabra significa según quién la dice, a quién se la dice, desde qué lugar de poder y con qué memoria histórica encima. “Mona”, en ese contexto, no fue una descripción: fue una marca. Una manera de decir “no perteneces”, “eres menos”, “puedes ser expulsada”.
Y aquí hay que ser serias. No se trata de defender a una persona por su cargo, su partido o su nombre. Se trata de defender una frontera ética: ninguna disputa política puede justificar la deshumanización racial de una mujer.
Venezuela tiene una relación compleja con su raíz africana. El censo de 2011 registró 0,7% de personas autorreconocidas como afrodescendientes, 2,9% como negras y 51,6% como morenas; esa última categoría revela mucho de nuestro mestizaje, pero también de nuestras formas de nombrar la negritud.
Por eso el racismo venezolano muchas veces no aparece con uniforme. Aparece como chiste, como apodo, como “yo no quise decir eso”, como “me dejé llevar por la emoción”. Pero la emoción no absuelve la violencia simbólica. La emoción no borra la historia colonial de una palabra. Ahora bien, también debemos mirarnos hacia adentro. Porque denunciar el racismo no puede convertirse en repetir sus códigos al revés; si respondemos a la animalización con más animalización, si llamamos “mono”, “gorila” o “neandertal” al adversario, cambiamos el destinatario, pero dejamos intacto el mecanismo.
La descolonización no es solamente gritar más duro que el otro, es aprender a hablar de otra manera. Es desmontar el lenguaje heredada del colonizador, incluso cuando aparece disfrazada de burla popular, de ironía política o de respuesta justa. Porque antes de que una sociedad excluya a un cuerpo, primero aprende a nombrarlo como menos humano y es allí que empieza nuestra responsabilidad: no permitiendo que ninguna diferencia política nos haga retroceder hacia el lenguaje de la jaula, del látigo, del zoológico colonial, porque somos un pueblo libre, un pueblo negro, mestizo, decolonial y emancipado.
Que no se nos olvide, nosotras y nosotros tenemos la llave ¡Venceremos, palabra de mujer!


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