lunes, 25 de mayo de 2026

Venezuela 2026 y la era de la soberanía bajo custodia

 


Por: Kelly Pottella

La configuración del Estado venezolano durante el primer semestre de 2026 no constituye un mero evento coyuntural, sino la manifestación fenomenal de una fractura ontológica en la arquitectura del poder global. Presenciamos el agotamiento del Estado-nación westfaliano como sujeto político autónomo, desplazado por una estructura administrativa de gestión exógena. Lo que observamos no es una crisis tradicional de gobernabilidad, sino una mutación cualitativa: la transición hacia una forma de Estado concesionario donde la soberanía se ha subordinado a una lógica de control financiero transnacional.

Para comprender la magnitud de este proceso, debemos situarlo dentro de la dialéctica de la historia a largo plazo. Hace exactamente un siglo, en 1926, la consolidación del rentismo petrolero reconfiguró la matriz institucional venezolana, estableciendo la centralidad de la renta como eje de la estatalidad. Hoy, presenciamos el cierre dialéctico de ese ciclo histórico. El colapso definitivo del rentismo redistributivo ha precipitado la disolución de la autonomía fiscal, forzando una transición hacia un modelo donde la infraestructura se integra en circuitos globales bajo una tutela de facto .

El papel de Estados Unidos en esta reconfiguración representa una transición hacia una «hegemonía de la infraestructura». Washington ya no interviene simplemente para gobernar, sino para supervisar; se ha convertido en el artífice de un marco técnico donde la soberanía local ha sido sustituida por la previsibilidad del activo. Sin embargo, este triunfo estratégico encierra una paradoja sistémica: al asumir la responsabilidad total de la estabilidad de esta «Zona Cero», Estados Unidos se convierte en el garante último de un modelo cuya fragilidad reside en su propia falta de legitimidad política.

Este fenómeno trasciende nuestras fronteras. Venezuela es el laboratorio donde se pone a prueba la eficacia de un sistema de gobernanza que prescinde de la participación ciudadana para interactuar exclusivamente con el digital. Otras naciones periféricas, atrapadas en sus propias contradicciones de deuda y fragilidad estructural, ven en este "Estado bajo custodia" un reflejo de su futuro inmediato. La lección global es que el capital transnacional ha desarrollado una tecnología de poder capaz de despojar al Estado de su capacidad de acción, transformando a las naciones soberanas en centros de seguridad energética bajo vigilancia digital permanente.

Sin embargo, este compromiso con la «eficiencia absoluta» ignora la dimensión humana y la resiliencia de la subjetividad política. El futuro que se vislumbra para lo que resta de 2026 no es una trayectoria de calma técnica. Cuando un sistema cierra los canales de participación y reduce la soberanía a una ecuación financiera, no genera estabilidad, sino una acumulación de contradicciones que, tarde o temprano, desbordarán los protocolos digitales. El «Estado en custodia» puede dominar el flujo de recursos, pero es incapaz de gestionar la voluntad de sociedades despojadas de su derecho a la historia.

La paradoja de nuestro tiempo reside en que, cuanto más se optimiza globalmente la gestión del subsuelo, mayor es el distanciamiento de las poblaciones que habitan estos territorios. El caso venezolano, y el de los países que siguen esta senda de subordinación técnica, demuestra que la soberanía, lejos de ser un concepto superado por la técnica, sigue siendo el elemento disruptivo que ninguna auditoría externa podrá jamás captar por completo. Nos encontramos en un punto de inflexión donde la tecnocracia global inevitablemente se enfrentará al retorno de la política como fuerza de reconfiguración histórica. La historia, de la que somos herederos, sugiere que el vacío político no es un estado permanente, sino la condición necesaria para que las sociedades, tarde o temprano, recuperen la autoría de su propio destino.

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