
Unos cuantos pensadores están llegando al acuerdo de definir los tiempos actuales como una época en la que la crueldad es un atributo político. Dirigentes de los más diversos países, con el de Estados Unidos en la vanguardia —faltaría más—, se tornan populares porque son despiadados, desalmados, inhumanos, viles, malignos, perversos y monstruosos.
Uno puede creer que esos pensadores exageran, pero la evidencia cotidiana es concluyente. Veamos apenas una flor del ramillete: una figura ultraderechista de Venezuela pide, ruega, exige que su país sea asfixiado con bloqueos y sanciones, y clama porque la potencia militar más sanguinaria del planeta lo bombardee. Luego de ese performance, resulta galardonada con el Premio Nobel de la Paz. El país es, en efecto, bombardeado y, entonces, la figura en cuestión decide poner el premio en manos de quien en realidad lo merece: el que perpetró el bombardeo.
En condiciones normales, podríamos decir que se cuenta y no se cree. Pero en la Era de la Crueldad, esas escenas abyectas no producen casi asombro, son demasiado cotidianas; y ese tipo de líderes tienen público dispuesto a seguirlos y a considerarlos salvadores de la Patria o del mundo, según sea su calibre.
La postal del encuentro entre estos dos seres los presenta sonrientes, con la medalla del premio, debidamente colocada en un marco. Teniendo en cuenta cuál fue el gran invento de Alfred Nobel, la imagen bien podría titularse “el Dúo Dinamita”: una que pide bombas y el otro que la complace. Sería gracioso, pero más de un centenar de muertos, innumerables compatriotas (incluyendo niñas y niños) traumatizados y la soberanía nacional mancillada le quitan todo matiz jocoso a este par de sujetos. En la Era de la Crueldad, hasta el sentido del humor se vuelve retorcido.
Intercambio de malignidades
Por supuesto que si dos engendros de esta época oscura se juntan, solamente pueden parecer buenas personas cuando posan para la foto. En realidad, se dedican a intercambiar crueldades porque esa es su naturaleza.
Pongámosles los nombres a los personajes de esa reunión que destila malignidad. María Corina Machado, al regalar ese premio a Donald Trump, le está agradeciendo que haya atacado militarmente a Venezuela, algo tan grave que aún no se han inventado palabras para describirlo. Ellos, en todo caso, coinciden en esa perversidad. Pero también puede decirse que ella humilla la condición de supremacista blanco y patriarcal del presidente de EEUU. Porque Machado podrá ser muy cara pálida y hablar inglés, pero, déjese de ilusiones, señora, que para él usted es otra María tocando a las puertas del imperio.
Pretender analizar la personalidad de Trump es una labor solo apta para psicólogos y psiquiatras, aunque, tal vez, sirva también un plomero. Sin saber nada de salud mental ni de destapado de cañerías, uno apenas puede juzgar por lo que el personaje muestra públicamente. Y eso es casi una caricatura: el típico hijo de ricachones, devenido en empresario tramposo, para quien el mundo debe estar a la orden de sus antojos. Y, vamos a estar claros: él quería su Premio Nobel de paquete, entregado con toda la pompa allá en Oslo, no una medalla ya manoseada y entregada en privado, en modo consolación.
Ese reconcomio se evidenció en la forma como Trump trató a Machado. La hizo entrar y salir por la puerta de los delivery, como si ella hubiese ido a llevarle la medalla a bordo de una moto, en una caja de pizza. Sabe el magnate anaranjado que Machado también es una rica de cuna, una burguesa caprichosa acostumbrada a armar berrinches, y sabe, porque él mismo es así, que nada le ofende más a alguien de esa laya, que ser tratado como si fuera de la servidumbre.
En todo caso, a Machado no le importa tanto pasar por ese bochorno, pues su objetivo ya se sabe cuál es y si para alcanzarlo tiene que besarle los pies (o el ass, como se exclama en inglés) a un canalla, lo hace las veces que sea necesario.
La Era de la Crueldad requiere de una maquinaria comunicacional y de redes que ensalce el sadismo y la falta de empatía. Su trabajo es fundamental para que tanta gente respalde a líderes-esperpentos, y para que admita como normales sus ruines actos de gobierno e, incluso, las aberraciones por las que otros individuos serían (han sido y son) severamente castigados.
Los integrantes de esa maquinaria terminan siendo tan crueles como las figuras a las que encomian y para cuyas ejecutorias anómalas y criminales practican eso que se llama control de daños, que casi siempre es sinónimo de perfumar el estiércol.
¿Adónde nos lleva esta Era de la Crueldad? No hay que ser adivino para saber que a ningún lugar bueno para la humanidad porque bajo la conducción de estos demonios, lo que cabe esperar es una visita colectiva a los nueve círculos de Dante.
¿Tendrán los pueblos y los gobiernos no adscritos a ese formato de liderazgo la fuerza suficiente para derrotar a quienes han asumido el camino de la crueldad? En Venezuela, pese a los bombardeos, el secuestro del presidente y la primera combatiente, los estrangulamientos económicos, los chantajes, las extorsiones, los robos y ese extraño concepto de paz del Dúo Dinamita, seguimos en resistencia, tratando de demostrar que no todo está perdido.
(Clodovaldo Hernández / Laiguana.tv)

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