
La historia de la Revolución Bolivariana está cargada de situaciones atípicas. Los hechos casi nunca son lo que parecen y sus resultados, tampoco. Y en esta primera semana después del bombardeo estadounidense y del secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, esta sigue siendo la tónica.
Hagamos una rápida revisión para llegar al momento presente. Comencemos con la fecha fundacional, el 4 de febrero de 1992, que fue el intento de unos militares de tomar el poder por la fuerza, algo muy común en Nuestra América. Lo que no fue habitual es que esos militares no eran altos mandos entrenados como esbirros por Estados Unidos, ni estaban alzándose como perros rabiosos contra un gobierno nacionalista, sino todo lo contrario: mandos medios con una visión cuestionadora del statu quo, rebelándose contra un gobierno entreguista y proimperialista.
Su resultado tampoco fue el de siempre. La insurrección resultó derrotada en el plano militar, y se mostró rendido al líder de mayor visibilidad, pero este no terminó en el basurero de la historia ni relegado a la condición de personaje folklórico, sino que, a la vuelta de apenas seis años, llegó al poder sobre una avalancha de votos. Algo raro comenzaba a pasar.
Un golpe made in CIA que salió mal
En 2002, le tocó a Hugo Chávez ser el blanco del alzamiento. Los cabecillas simularon que se trataba de un gran movimiento popular, pero era un golpe de Estado clásico de la CIA, con un coro de perros rabiosos castrenses y con los medios de comunicación oligárquicos en rol estelar. Triunfó rápidamente, tanto que al amanecer del 12 de abril, los figurones y figurines de la oposición partidista y mediática estaban en los programas matutinos de la TV, pavoneándose y disputándose el protagonismo. El jefe de la organización patronal, Pedro Carmona Estanga, se autojuramentó mientras cientos de invitados de alcurnia aplaudían a rabiar. Todo parecía consumado.
El resultado tampoco fue el habitual. Apenas unas horas más tarde, tanto el pueblo civil como el militar comenzaron a bramar, cual volcán a punto de hacer erupción. Brotó la lava, y del gobierno carmoníaco sólo quedaron los hedores de una huida miedosa.
Chávez retornó a Miraflores en un epílogo inédito para ese tipo de golpes de Estado con sello imperial, siempre irreversibles. Y, contra muchos pronósticos, no volvió con la disposición de cortar cabezas —que hubiese sido lo natural—, sino enarbolando un crucifijo, derrochando perdones y mandando a los seguidores para sus casas. Más atípico que eso, imposible.
El circo de Altamira
Vino el espectáculo farandulero de los militares alzados (los canes furiosos ya señalados) en la plaza Altamira. Muchos creyeron que el gobierno, calificado por sus adversarios como una terrible dictadura, tomaría por asalto ese lugar y se llevaría a los oficiales a culatazos, para enjuiciarlos por insubordinación y otros delitos castrenses que —ciertamente— habían cometido de forma por demás continuada y contumaz. Algo, que, por cierto, habrían hecho casi todos los gobiernos del mundo. Nada de eso: Chávez los cocinó en su propio jugo y todo terminó siendo un sainete aburrido y frustrante, hasta que tuvo un giro trágico, con la muerte de varias personas, perpetradas por algunos de los “conjurados”, personajes muy siniestros con rasgos psicópatas.
¿Y el paro-sabotaje petrolero y patronal?
Concebido como una extorsión a gran escala para dejar sin gasolina, comida, medicinas y hasta sin beisbol al pueblo en pleno mes de Navidad, con el propósito deliberado de causar un estallido social, terminó siendo un estímulo para la unión revolucionaria y una derrota tremenda para la oposición, que perdió uno de sus bastiones: Petróleos de Venezuela.
La ausencia del comandante
Saltémonos varios otros episodios menores, para recalar en el año 2013, el de la muerte del comandante Chávez. De acuerdo a lo ocurrido muchas veces en la historia, esa irreparable pérdida debió significar la desintegración consecuente del movimiento liderado por quien era presentado por los grandes medios como un caudillo a la vieja usanza. El cálculo tenía sus razones válidas, como el hecho de que Chávez ostentaba un liderazgo personal fuera de toda órbita. Nadie en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) se le equiparaba en genio y carisma.
Pero, de nuevo, ocurrió lo atípico. El proceso político iniciado en 1992 se mantuvo, sobrevivió a la desaparición física de su gran comandante y a todas las maniobras políticas, económicas, mediáticas y diplomáticas que se lanzaron en sucesión contra el nuevo líder, Nicolás Maduro.
Una extraña Constituyente
Cuando el desacato de la Asamblea Nacional controlada por la oposición, sumado a la violencia callejera propiciada por esos mismos partidos, alcanzaron su máximo nivel, en 2017, Maduro hizo una jugada que a algunos les pareció extraña, fuera de lugar: convocó a una Asamblea Nacional Constituyente.
Los politólogos dictaminaron que era una herramienta inadecuada para enfrentar las llamadas guarimbas, que, obviamente, eran parte del repertorio de estrategias —de nuevo, made in USA— para derrocar gobiernos insumisos a las órdenes imperialistas.
Este tipo de órganos han sido siempre utilizados para modificar la Constitución, pero en el caso de la ANC de 2017, eso fue lo que menos hizo. Antes bien, legisló bajo el formato de las leyes constitucionales y, sobre todo, logró aplacar la estrategia destructiva de la oposición de ultraderecha.
La elección de 2024
En 2024, cuando se conoció el resultado electoral presidencial, ante las denuncias de fraude de la oposición radical, Maduro volvió a picar adelante con una movida atípica: siendo el ganador oficial, solicitó el reconteo de votos a través de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, un recurso que debió ser ejercido por los denunciantes del presunto fraude, quienes no concurrieron al llamado de esa máxima instancia judicial porque estaban atrapados en sus propios extremismos. La reelección quedó así ratificada en un nivel sin apelaciones.
La cruda actualidad
Obviemos a propósito todas las inéditas experiencias surgidas a raíz del rocambolesco interinato, para arribar al momento actual, en el que hemos vivido otro de estos episodios en los que las cosas no son lo que parecen ni tienen los resultados que dictan los manuales.
El sábado 3 de enero, Venezuela fue bombardeada y su presidente constitucional, Nicolás Maduro, secuestrado junto a su esposa, la primera combatiente y diputada Cilia Flores.
Por supuesto que nada fue como lo dijeron en EEUU. No fue una extracción quirúrgica, sino una agresión brutal y desproporcionada, que costó más de un centenar de vidas y causó daños materiales y psicológicos a la población civil. No fue la captura de un delincuente, sino el secuestro de un presidente en funciones. Y no fue un cambio de régimen, porque la estructura constitucional del país se mantuvo en pie, resistió el ataque del arrogante poder imperial.
Pero allí no se terminan los rasgos inesperados y atípicos que parecen inherentes a la Revolución Bolivariana. Vemos otros que se han mostrado en el breve lapso de una semana, transcurrido desde los bombardeos y el secuestro.
Un jaque mate que no acaba el juego
En estricta lógica político-ajedrecística, apoderarse del rey implica jaque mate. Pero en la Venezuela del recién nacido 2026 esto no operó de esa manera. Ya a las 3 de la mañana del sábado 3 se sabía que EEUU había raptado al presidente y a la primera dama, pero no hubo game over. De inmediato surgió el liderazgo colectivo revolucionario y funcionó la Constitución Nacional Bolivariana.
El vademécum escrito por la CIA para los golpes de Estado, derrocamientos y cambios de régimen estipula que al caer un presidente, se designa un gobierno provisional, de transición, con un mandato sine die, vale decir, sin fecha de caducidad, orientado a “poner orden” en el país (ya ustedes saben lo que eso significa) y, en algún momento, convocar elecciones. Ese fue el esquema del 12 de abril de 2002, cuando Carmona juró ante sí mismo, y tal cual era el plan para esta explosiva vez.
Pero, mire usted que acá nos empeñamos en resultados inéditos y raros. Así que, en el transcurso del mismo día del bombardeo-secuestro, mientras aún se estaban recogiendo cadáveres y removiendo ruinas, el Tribunal Supremo de Justicia dictó una sentencia que debería asumirse desde ahora como jurisprudencia mundial: si una potencia extranjera secuestra a un presidente constitucional, no cabe activar el mecanismo previsto en la Carta Magna para catalogar su ausencia como temporal o absoluta y proceder a sustituirlo con un individuo extraño a la administración en ejercicio, pues ello sería convalidar el acto de fuerza del invasor.
De acuerdo con los mismos manuales estadounidenses, una operación de secuestro del jefe del Estado debe desatar la anarquía en la vida cotidiana de la población. Al quedar las instituciones acéfalas, nada funciona y de allí al caos hay solo un paso. De esa manera, se justifica el discurso de “restablecer el orden”.
Pero eso tampoco ocurrió en la Venezuela bombardeada. Los servicios públicos básicos se vieron afectados en las zonas blanco del ataque y sus alrededores, pero las fallas fueron subsanadas con eficiencia. El abastecimiento de alimentos apenas si experimentó leves parpadeos. El metro de Caracas abrió el mismo sábado y el resto del transporte colectivo comenzó a reactivarse entre el domingo y el martes. En fin, pues, la normalidad fue uno de los rasgos más sorprendentes de un país atacado por las fuerzas militares de la superpotencia mejor armada y más inescrupulosa de la historia.
Reacciones esperadas y reacciones registradas
En circunstancias regulares, el secuestro de Maduro debió generar manifestaciones de euforia y hasta de revancha violenta contra el “régimen”. Pero eso tampoco pasó. Por el contrario, ha sido una semana de marchas y vigilias por la liberación del presidente y de su esposa.
El guion característico de los golpes de Estado imperialistas, cuando implican la “captura” o asesinato del líder, se regodea en su presentación como trofeo. Cuando lo han matado, se las arreglan para presentar el cadáver de la forma más oprobiosa posible y, además, se vanaglorian de su capacidad para el magnicidio, tal como lo hizo la secretaria de Estado demócrata Hillary Clinton respecto a Muamar Gadafi.
Cuando lo tienen prisionero, igualmente el libreto dicta que se le debe presentar humillado, doblegado, vencido. Quisieron hacerlo en este caso, pero Nicolás Maduro se las ha puesto muy difícil. Se ha mostrado como un gigante, no sólo porque mide alrededor de 1,90 m, sino porque ha aprovechado cada segundo ante el público y las cámaras para darle la vuelta completamente a esa pretensión. La imagen que proyecta, aun esposado y con indumentaria de preso, es de una dignidad intacta, buen ánimo, inteligencia, dotes comunicacionales y carisma.
Lo típico es que, luego de haber satanizado intensivamente al presidente Maduro a escala internacional, estigmatizándolo como narcotraficante, terrorista y dictador, la agresión armada de EEUU hubiese sido aplaudida globalmente. Sin embargo, únicamente los gobiernos más cipayos del continente salieron a darle apoyo a Donald Trump en esta barbaridad. Y en cuanto a manifestaciones de gente común, el apoyo al bombardeo-secuestro ha corrido por cuenta de venezolanas y venezolanos que viven en EEUU, España, Argentina y algunos otros lugares, algo que, dicho sea de paso, asombró a muchos nacionales de esos países porque es difícil de digerir que alguien ovacione un ataque militar a su propia Patria. Bueno, así son.
[Por cierto, el ICE trumpista aprovechó que los inmigrantes venezolanos se concentraron a celebrar y metió en chirona a algunos de ellos, una amarga ironía, pues quienes festejaban la supuesta “caída de un dictador”, están experimentando la realidad de una verdadera dictadura. Pero ese es un tema aparte].
Un juicio que tampoco es como se esperaba
Desde las primeras horas del presidente Maduro como acusado en el juicio al que ha sido arbitrariamente sometido a pesar de su fuero de jefe de Estado, las incidencias del proceso han resultado tan atípicas que rayan en el surrealismo.
Un ejemplo de ello es el tremendo impacto que causó el desenvolvimiento de Maduro en los presentes en el recinto judicial neoyorquino, en el que reiteró ser un prisionero de guerra, secuestrado en su residencia de Caracas y presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela.
En cuanto a la parte acusadora, fue sorprendente que el Departamento de Justicia prescindiera tan rápidamente del cargo de dirigir el “Cartel de los Soles”, admitiendo que es un ente “no real”. Vale decir que la principal acusación, en la que se basó el espurio acto de guerra, se cayó en la primera audiencia del falso juicio.
Y si hablamos de hechos que asombran, aunque no atribuibles a la Revolución, sino a los enemigos existenciales de Venezuela, también han abundado. Siempre se ha sabido, y todos los líderes bolivarianos lo han denunciado hasta el cansancio, que EEUU tiene como interés fundamental robar nuestro petróleo y otros recursos. Pero, que un presidente gringo lo confiese tan ramplonamente como lo hace Trump nos habla de un tiempo en el que ya ni siquiera se guardan las mínimas apariencias.
Y como quiera que estamos en un evento en desarrollo, no en un acontecimiento concluido, todo indica que quedan por analizar muchas otras situaciones atípicas; hechos que no son lo que parecen y que no tienen los resultados que cabe esperar. ¿Cuáles serán los próximos?
(Clodovaldo Hernández / Laiguana.tv)

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