jueves, 8 de enero de 2026

Análisis Descolonial del Secuestro del Presidente Constitucional Nicolás Maduro y Arquitectura de la Guerra Cognitiva Imperial.

 Ximena González Broquen


Compañeros y compañeras, hermanos y hermanas de la Patria Grande.

Hablo desde Caracas, desde el pulso de una ciudad que ha sentido el estruendo de las bombas y ha sido testigo de la barbarie que intenta reinstalar el colonialismo en su suelo. Hablo desde el dolor de quien ha visto cómo se pretende reducir a su presidente legítimo a la condición de botín de guerra. Pero también hablo desde la fuerza de un pueblo que no se rinde. Mi palabra hoy la asumo como un acto de militancia académica, un ejercicio de pensamiento situado y comprometido, para compartirles nuestra realidad aquí en Venezuela.

I. Crónica de un ataque masivo

Lo primero que debemos desmontar es el relato del hecho aislado y limpio. Lo que hemos vivido no fue una operación quirúrgica sino la manifestación brutal, explícita y desesperada de la Doctrina Monroe, que nunca murió, sino que recicló. Aquí personas fueron masacradas, tanto militares, venezolanos y cubanos,  como civiles. Un sinfín de objetivos estratégicos y civiles en varias zonas del país fueron bombardeados y destruidos.

De esto les puedo dar un testimonio directo: el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), donde está mi centro de investigación, fue bombardeado por tener una antena repetidora. Este ataque a un centro de conocimiento no es un daño colateral; es un epistemicidio estratégico, un mensaje claro del imperio: buscan destruir nuestra capacidad de producir conocimiento, de pensar el mundo por nosotros mismos, reafirmando la vieja división colonial entre los que piensan y los que son pensados.

El ataque militar que hemos vivido es la actualización perfecta del mito fundacional de la modernidad que justifica la violencia como un acto civilizatorio, ocultando su verdadero rostro: la política de muerte del imperio, la gestión del terror para garantizar su acumulación y hegemonía.

Nos aplicaron a la letra el manual imperial de la Doctrina del Shock: primero, la asfixia económica con medidas coercitivas unilaterales; luego, la guerra mediática y cognitiva para deslegitimar nuestra democracia, pretendiendo nombrar  representantes ilegítimos títeres y payasas a la cabeza de Venezuela; después, el financiamiento del terrorismo urbano con las guarimbas, donde mandaron a quemar viva a nuestra gente ; y finalmente, el bloqueo criminal que nos robó millones. Cada paso replica el patrón histórico-colonial de despojo: la construcción del otro como bárbaro, ilegítimo y peligroso, para habilitar todas las formas de agresión.

Ya sabemos que la guerra cognitiva es el nuevo campo de batalla colonial, donde se libra la lucha por nuestra subjetividad, buscando colonizar la mente y el deseo.  Y cuando vieron que no nos rendíamos, que el pueblo no claudicaba, que no lograban alienarnos, desplegaron su último recurso desesperado: la agresión militar directa.  La finalidad colonial es transparente: robarnos nuestros recursos naturales.

Pero tenemos que ver más allá del saqueo material; se trata también) de un ataque a nuestra ontología, a nuestro derecho a existir como pueblos soberanos con proyectos propios.

II. El secuestro presidencial: derrotando el espectáculo colonial y los rumores tóxicos.

Y en medio de este ataque masivo, ocurrió el acto que desnuda la esencia colonial de todo este operativo. Aquí, la precisión conceptual es un acto de resistencia. Debo corregir, con la fuerza de la verdad, un término que el imperio pretende imponer.  Nuestro Presidente Constitucional, Nicolás Maduro Moros, y nuestra primera combatiente, Cilia Flores, no fueron “arrestados”.  Fueron violentamente secuestrados en su domicilio, violando todas las normas del derecho internacional. Esto no es retórica, es un hecho jurídico y político.

El lenguaje es el primer territorio colonizado. Resistir con las palabras correctas—secuestro, no arresto; invasión, no solo intervención; barbarie, no política—es un acto de defensa de la realidad y la verdad contra la distorsión imperial. Es un acto de liberación epistémica.

El imperio quiso montar el espectáculo colonial por excelencia: escenificar el cuerpo del líder demonizado, deshumanizándolo, reduciéndolo a botín y trofeo, humillándolo públicamente para demostrar el poder absoluto del amo. Era parte del guion hacer creer que todo ocurrió sin resistencia, que hubo traición. Pero les salió mal la jugada. La dignidad inquebrantable del Presidente, su serenidad de gigante, convirtió su guion en un contra-espectáculo de liberación. Unos pocos gestos desmontaron toda la puesta en escena del poder que necesita vejar para existir. Su actitud transmitió fuerza, lealtad y una entereza inquebrantable. Reveló la fragilidad del poder imperial, que se desmorona cuando no puede producir sumisión. Este contra-espectáculo fue nuestra primera gran victoria política frente a los bombardeos.

Esa misma dignidad, esa calma de titán, la hemos visto en los relatos de su comparecencia ante el tribunal colonial en Nueva York. Allí, frente a sus jueces ilegítimos, no se presentó un reo, sino un Jefe de Estado. Con una actitud de firmeza inquebrantable, desmontó con su sola presencia la farsa judicial, convirtiendo el tribunal del imperio en un nuevo escenario de denuncia y resistencia.

Ahora, es primordial abordar los rumores tóxicos que el propio imperio ha esparcido: que no hubo resistencia que Maduro pactó su secuestro para evitar un baño de sangre, o que hubo una traición en la cúpula revolucionaria. Estas narrativas no solo son falsas, sino que son armas de guerra cognitiva, clásicas en el manual de contrainsurgencia de la CIA, que sirven para generar desconfianza fratricida y hacer implosionar los movimientos desde dentro.

Frente a esto es importante entender que la unidad del liderazgo bolivariano es firme y que no hubo traición en la cúpula. Esa unidad se encarnó en la juramentación serena y decidida de la encargadura de Delcy Rodríguez ante la Asamblea nacional, el Pueblo y todo el cuerpo diplomático internacional.  Su firmeza al asumir la responsabilidad constitucional, rodeada de la lealtad de las instituciones y del pueblo, fue un acto de continuidad democrática revolucionaria que desmintió cualquier relato de fractura.

También se vio a nivel político: se instaló la Asamblea Nacional el día previsto en la constitución. Las calles están tranquilas, los abastos sin colas, la gente trabajando.  Y el pueblo unido, ha salido cada día para exigir la liberación de su presidente y de su primera dama.

III. La verdadera razón: una guerra de inteligencia artificial.

Entonces, ¿qué pasó realmente? ¿ La respuesta no está en la traición, sino en una nueva dimensión de la guerra colonial. El imperio desplegó por primera vez en nuestra región sistemas avanzados de inteligencia artificial para la guerra. No fue la delación de un general lo que permitió localizar y secuestrar al Presidente. Fue la fusión de petabytes de datos: patrones de consumo electrónicos, firmas térmicas, comunicaciones encriptadas procesados por sistemas de última generación. Estas plataformas, con algoritmos predictivos, permitieron anticipar comportamientos y ubicaciones con una precisión aterradora.

Paralelamente, ejecutaron un sabotaje tecnológico masivo: hubo apagones  en varias partes de Caracas y se desmovilizaron electrónicamente radares, sistemas de comunicación y defensas antiaéreas que fueron neutralizados por medios electrónicos y cibernéticos. No fue falta de valor, sino una asimetría tecnológica explotada al máximo.  La CIA no necesitó comprar a un general; compró y procesó datos, y saboteó redes. Este es el rostro del imperialismo en el siglo XXI.

IV. Más allá de lo ocurrido: Las máscaras narrativas y la táctica del divide et impera.

Ahora Para construir el consenso necesario para perpetuar esta barbarie, el imperio recicló todas sus narrativas contra nuestro proceso. Cuando ya no les sirvió el discurso de la democracia, el de los derechos humanos o el del terrorismo, se montaron en la última que les quedaba: la del narcotráfico. Y para darle más fuerza a su política fascista y deshumanizante, inventaron lo del: “narcoterrorismo”. Es decir, nos ubicaron como la escoria de la humanidad. Esto quedó patente en los cargos notoriamente absurdos que pretenden imputarle a nuestro Presidente y a nuestra Primera Dama.

Estas narrativas son estructuras míticas básicas imperiales, dispositivos discursivos reciclados a lo largo de la historia colonial: desde el requerimiento y la evangelización, hasta el combate al terrorismo. Su función es siempre la misma: producir un enemigo abyecto cuya aniquilación o dominación se vuelva moralmente aceptable, incluso deseable, para la opinión pública domesticada del Norte.

Pero lo que vivimos fue más alla de esto, en su primer discurso luego del bombardeo y secuestro, Trump dejó las cosas más que claras: robar y controlar nuestros recursos naturales y en particular nuestro petróleo. Somos el país con más reservas comprobadas del mundo.: lo que se presenta como misión moral (salvar, combatir, democratizar) es la cobertura ideológica de la acumulación por desposesión a escala global. Nuestro petróleo, como antes nuestra plata, es la sustancia sobre la cual se edifica y renueva la colonialidad del poder.

Este hecho representa sin duda alguna el desenmascaramiento del plan imperial para nuestra región. Trump lo ha dicho claramente: luego viene Colombia, luego Cuba, luego México, Groenlandia….

V. La geopolítica de las reacciones: Dos mundos, dos epistemologías.

La reacción global ante este evento ha sido profundamente dicotómica y reveladora de la geopolítica del conocimiento y del poder. Desde el Norte Global, en particular desde los centros de poder mediático, académico y político alineados con el imperio, se ha observado un silencio cómplice, una justificación solapada bajo eufemismos jurídicos o, en el mejor de los casos, una condena tibia y abstracta que no nombra la agresión por lo que es: un crimen de lesa humanidad y una violación flagrante de la soberanía. Esta reacción—o la falta de una contundente—no es casual. Es el reflejo de una matriz colonial del poder y del saber que aún opera: el Sur Global es visto como objeto de estudio, de intervención y de explotación, nunca como sujeto pleno de derecho y de historia. Las voces críticas del Norte son marginalizadas, acalladas por el ruido de la maquinaria propagandística que naturaliza la violencia imperial.

En cambio, desde el Sur Global, la reacción ha sido de una contundente solidaridad y de una denuncia clara. Los pueblos, los intelectuales orgánicos, los movimientos sociales y muchos gobiernos del Sur han identificado inmediatamente este evento como un eslabón más en la cadena histórica de agresiones coloniales. No hay ambigüedad semántica: se nombra como secuestro, como invasión, como barbarie. Esto evidencia una epistemología distinta, una praxis del conocimiento arraigada en la experiencia histórica compartida de la dominación. El Sur Global posee una memoria corporal de la violencia imperial que le permite diagnosticar con precisión y sin ilusiones la naturaleza de estos actos.

Esta brecha en las reacciones revela dos cosas fundamentales sobre el poder global y las políticas del conocimiento.

Primero, confirma que el llamado «orden internacional basado en reglas» es, en la práctica, un orden imperial donde las reglas son aplicadas de forma selectiva y jerárquica. El conocimiento producido en y para este orden sirve para racionalizar y legitimar esa jerarquía, deshumanizando a las víctimas y patologizando su resistencia. La ‘objetividad’ científica y la ‘neutralidad’ jurídica del Norte son, en este contexto, dispositivos de poder que invisibilizan su propia localización geopolítica e histórica, presentando como universal una perspectiva particular y dominante.

Segundo, demuestra que la verdadera heterarquía del saber, la que puede desmontar las narrativas hegemónicas, se está produciendo desde el Sur Global y desde los márgenes del Norte. Este evento ha catalizado un proceso de desprendimiento epistémico: ya no se busca el reconocimiento o la validación de los centros del poder intelectual del Norte, sino que se afirma una soberanía cognitiva desde la cual se interpreta, se juzga y se actúa. La política del conocimiento se convierte, así, en un campo de batalla esencial. Mientras el imperio invierte en guerra cognitiva para producir consentimiento, el Sur Global y sus aliados debemos fortalecer nuestras redes de pensamiento crítico para producir conciencia y solidaridad insurgente. El desafío es construir una ‘comunidad interpretativa transnacional del Sur’ que, más allá de los estados, genere sus propias categorías, sus propios canales de verdad y sus propios protocolos de solidaridad efectiva.

VI. La respuesta necesaria: Descolonizar el derecho, alcanzar soberania tecnología y forjar solidaridad.

Frente a esta arremetida multidimensional, la comunidad académica crítica del Sur Global tenemos tareas urgentes y concretas.

Primero: Descolonizar el derecho y la gobernanza global. Debemos exponer cómo el derecho internacional hegemónico ha sido históricamente un instrumento de legitimación del colonialismo. Los organismos multilaterales internacionales deberían cumplir con su papel y exigir la aplicación del derecho internacional sometiendo a los EE. UU. y a su presidente a juicio.

Sin embargo, la historia nos muestra que estas instituciones están estructuralmente viciadas por la colonialidad. Por ello, la respuesta debe ser doble: exigir responsabilidad a estas instituciones mientras se construyen con urgencia espacios pluriversales de gobernanza global desde el Sur, dotados de mecanismos reales de defensa colectiva y justicia alternativa.

Segundo: Alcanzar la soberanía tecnológica y cognitiva. El ataque y el uso de inteligencia artificial en contra nuestra marcan la ruta de una batalla decisiva: la de la soberanía tecnológica. La respuesta debe ser la creación de sistemas propios de inteligencia artificial para la vida y la defensa de los pueblos. La defensa de nuestra soberanía pasa, por la conquista de nuestra autonomía digital.

Tercero: Defender la unidad y no alimentar rumores. La Revolución Bolivariana es una fuerza política unida. Las calles de Venezuela, la instalación de la Asamblea Nacional, la juramentación de Delcy Rodríguez y la calma digna del pueblo lo demuestran. Aquí no hay división, hay resistencia heroica. Debemos rechazar cualquier narrativa que busque fracturar esta unidad.

Cuarto: Movilización global con objetivos claros. La solidaridad debe ser operativa.

Exigir la liberación inmediata e incondicional del Presidente y de la Primera Combatiente.Denunciar la barbarie de esta intervención, haciendo ver que no se trata solo de Venezuela, sino de no permitir que se siente un precedente que, de quedar impune, serviría de jurisprudencia para la política imperial de Trump en nuestra región..La solidaridad debe transcender la protesta y constituirse en una red global de protección y defensa de la soberanía de los pueblos, entendiendo que la batalla por Venezuela es la batalla por el futuro de la autodeterminación en el Sur Global.

VII. Los efectos profundos y el nuevo horizonte de soberanía.

Una ultima reflexión. Esta agresión está catalizando un proceso de concientización (en el sentido freireano). Los grupos históricamente oprimidos por el colonialismo imperial  reconocen en esta agresión la misma lógica de desprecio y despojo que han sufrido por siglos. Así, la defensa de la soberanía venezolana se entrelaza con un proyecto político que se afirma como antagónico al orden racial-capitalista global. El efecto no es de victimización, sino de agenciamiento radical.

Creo que lo que acaba de pasar es la palanca para un giro descolonial profundo de lo que soberanía significa. Es tan fuerte la barbarie cometida, tan descaradamente anti-todo principio de derecho, , que nuestro pueblo y nuestro presidente, frente a eso, representan, encarnan las dos caras de la soberanía del Sur Global.

Este evento marca el agotamiento definitivo del modelo westfaliano de soberanía, siempre violable para el Sur. En su lugar, emerge una concepción corporal-territorial y comunitaria- comunal de la soberanía: la soberanía como acto de cuidado y defensa del cuerpo-territorio-pueblo, que se ejerce desde la colectividad en resistencia, desde las comunidades de vida. No se trata aquí del clásico concepto de la teoría política moderna, sino de una soberanía que trasciende los límites del Estado-nación, que se encarna en su pueblo y en su líder, que se hace unión, conciencia y que exige reparación.

VIII. Conclusión: Un antes y un después forjado en la dignidad

Este caso marca un punto de bifurcación histórica. La brutalidad del ataque, al dejar tan al descubierto la lógica depredadora del imperio, redefine nuestros horizontes, y redefine la solidaridad: esta deja de ser un gesto diplomático o humanitario para convertirse en una necesidad imperativa de supervivencia y defensa común.

La solidaridad debe organizarse  como un frente de retaguardia global. Los movimientos anticoloniales , descoloniales y de liberación, ya no luchan solo contra formas heredadas del colonialismo, sino contra su reformulación neoliberal y neofascista. Venezuela se convierte en el laboratorio donde el imperio prueba sus métodos más crudos; por tanto, la solidaridad con Venezuela es el campo donde los movimientos del Sur deben aprender, en tiempo real, a contrarrestarlos y a blindar sus propios procesos.

Esto podría impulsar una nueva institucionalidad regional de defensa colectiva, no solo militar, sino sobre todo económica, jurídica y comunicacional, basada en la doctrina de la soberanía compartida y la defensa de la dignidad común. El anticolonialismo del siglo XXI se escribe, desde ahora, con esta lección de unidad forjada en el fuego de la agresión.

(Ximena González Broquen)

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