jueves, 22 de enero de 2026

El blanco común de la restricción: Tu paz

 

Foto: Referencial

En salud pública existe un concepto llamado carga emocional acumulada: cuando una población enfrenta estrés prolongado —crisis económicas, migración forzada, separación familiar—, cualquier acción que extienda esa separación profundiza el desgaste psicosocial. Este fenómeno está ampliamente documentado en países con diásporas numerosas. Y Venezuela, vive ese impacto de manera amplificada.

Nada es fortuito, cuando se hace creer que un gobierno extranjero puede injerir en los procesos de un país restringiendo vuelos, no solo se mueve la geopolítica: se mueve el alma de los pueblos. La psicología social, la antropología afectiva y los estudios de salud pública coinciden en algo: interrumpir la movilidad es interrumpir la vida emocional, especialmente en naciones cuya estructura familiar es el eje de su identidad, como Venezuela.

En psicología, hablamos de regulación emocional comunitaria: los afectos no se viven de forma aislada, se sostienen en redes. Cuando un venezolano viaja para reencontrarse con su familia, activa un proceso neuronal asociado a seguridad, pertenencia y sentido vital. No en vano las investigaciones de neuropsicología afectiva muestran que el reencuentro familiar dispara oxitocina y serotonina, hormonas vinculadas a la estabilidad emocional, epicentro de las campañas de marketing y por supuesto eje vital de la guerra contra Venezuela pues cuando ese reencuentro se impide, se incrementan niveles de cortisol, la hormona del estrés, generando ansiedad anticipatoria, irritabilidad y estados depresivos.

La sociología migratoria aporta otro elemento: el duelo migratorio. No es solo extrañar; es experimentar una ruptura de continuidad afectiva. Y cuando el retorno se bloquea, ese duelo se vuelve duelo congelado, un estado donde la persona no puede cerrar ciclos porque depende de permisos, rutas y decisiones externas. Esto afecta tanto a quienes están afuera como a quienes están adentro: madres que esperan, hijos que postergan el regreso, familias que viven suspendidas. Numerosos estudios han demostrado que la incertidumbre migratoria produce angustia, insomnio, baja energía vital y pérdida de proyecto.

En ciencias políticas, las restricciones de movilidad se estudian como parte de las medidas de presión emocional. Se sabe que cuando se busca generar desestabilización, se apunta a la unidad familiar porque es el espacio donde la gente recupera fuerza. Impedir reencuentros genera frustración, sensación de vulnerabilidad y, a largo plazo, desgaste emocional colectivo. No hay operación psicológica más eficaz que tocar a la familia.

Y Venezuela es un país donde la familia no es un concepto abstracto: es la raíz. Es la mesa larga, la abuela que guarda la foto, el hijo que manda una oración por WhatsApp, la madre que cuenta los días. Somos un pueblo donde la emocionalidad es identidad, donde la ternura es política y donde el afecto es estructura.

Por eso estas medidas duelen más aquí. Porque no solo bloquean un avión: bloquean la posibilidad de reparar el alma.

Como mujer, hermana y madre, lo digo con conciencia científica y convicción política: quien interrumpe el lazo emocional de un pueblo, intenta quebrar su fuerza colectiva. Y hoy más que nunca, Venezuela necesita que todos sus afectos estén en flujo, no en pausa, por eso en este espacio te invito a no caer en el juego de la provocación comunicacional.

Desde esta Revolución que somos seguiremos defendiendo el derecho a volver, a encontrarse, a abrazar. Porque en un país donde la emoción también es territorio, proteger la familia es proteger la Patria. Nosotras y nosotras como siempre, seguiremos venciendo.

¡Palabra de mujer!

Por Carolys Helena Pérez González

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