martes, 10 de agosto de 2010

Fidel insiste.

Elsy Rojas Parra

El 7 de septiembre se vence el plazo concedido por la Organización de las Naciones Unidas a Irán; es ese día y no otro que debe desistir de su plan de utilizar uranio enriquecido con fines nucleares. Una orden unilateral y definitiva, impuesta por los Estados Unidos, ávida como está del petróleo iraní.

El 7 de septiembre es, entonces, una fecha emblemática, una encrucijada definitiva para el destino de la humanidad. Lo afirmó Fidel en los diferentes encuentros de las últimas semanas con diversas organizaciones cubanas transmitidas por los diferentes medios de comunicación.

Su mensaje ha sido contundente, concluyente, reflexivo. Su intención, estimular en la población mundial la reflexión y la acción en aras de persuadir a Barack Obama para que no active “el gatillo” que destruirá a la humanidad.

¿Por qué Fidel insiste? ¿Hemos comprendido realmente la intensidad de su mensaje?

Mientras Fidel insiste día tras día, hora tras hora, minuto a minuto, las personas se diluyen en cuestiones banales. Invierten su tiempo en el consumo, en la distracción superflua, en las preocupaciones cotidianas, en su entorno cercano. Se ocupan de lo inmediato, de las elecciones, de los conflictos vecinales, de la dieta diaria y soslayan cualquier pensamiento que les rete a imaginar, siquiera, la posibilidad de una extinción tan próxima.

¿Son responsables, tal vez, de tan falaz comportamiento? Sí y no.

Desconocen la experiencia vivida en Hiroshima y Nagasaki; apenas si han oído mencionar a estas dos ciudades desbastadas por Estados Unidos en 1945, dos ciudades emblemáticas por haber inaugurado, irónicamente, la era de las bombas nucleares.

En Hiroshima, el 6 de agosto, a las 8.15 a.m. estalló una bomba que pesaba 12.5 kilos de TNT; se llamó The Litle Boy –el muchachito-. En el área de la explosión, producto de la onda de choque, todo, absolutamente todo, se gasificó; 80.000 personas gasificadas se transformaron, atmosféricamente, en hongo atómico; el resto, por efecto de la onda radioactiva, padecieron los efectos, según testimonia un sobreviviente: “los vivos envidiaron a los muertos”. A los tres días, el 9 de agosto de 1945 estalló en Nagasaki, en circunstancias similares, The Fat Man -el gordiflón-. La leucemia, los diferentes tipos de cánceres y las malformaciones congénitas se continúan reproduciendo en las generaciones de japoneses que habitaron estas ciudades después del lanzamiento de las bombas.

Estados Unidos, en la persona de su Presidente Harry S. Truman, fue el responsable de este desastre. Hoy, el responsable de activar un desastre nuclear de proporciones inimaginables es otro estadounidense, Barack Obama. La capacidad destructiva de esta superpotencia es mayor aún; junto a Rusia, poseen alrededor de 8000 armas nucleares con un poder destructivo de miles y millones de toneladas de TNT.

Fidel alerta e insiste. Reflexiona públicamente. Prevee el panorama del 7 de septiembre; nos comunica cómo será el día después. Nos invita a reflexionar junto a él, a imaginarnos un mundo sin capitalismo ni imperio, contaminado, sin recursos, con infinidad de muertos, heridos, desaparecidos. Y nos pregunta, ¿cómo vamos a vivir, si sobrevivimos?

No intenta que juguemos con las palabras; nos invita a asumir una realidad muy próxima. Quizás, evitable. Y es Fidel quien puede alertarnos con su sapiencia, porque resume, en sí mismo, décadas de historia viva.

¿Hemos comprendido la gravedad del momento? O ¿mantenemos la cabeza agachada como el avestruz para no percatarnos de tamaña posibilidad?

Mientras Fidel insiste, la indiferencia, la preocupación por lo minúsculo ocupa nuestra atención. Mientras Fidel reflexiona públicamente, perdemos tiempo para persuadir a Obama que no active el gatillo de las poderosas y destructivas bombas.

Fidel insiste: Obama es el único responsable que puede activar o no las armas nucleares que destruirán a la humanidad porque, según Fidel, es un hombre inteligente, de origen africano, de padre musulmán y madre cristiana, negro de piel y, quizás lo más importante, no es sanguinario.

Fidel insiste. Nos invita a usar la inteligencia, a reflexionar, a actuar. Nos aclara que somos muchos, que somos todos y Obama, uno sólo. Que debemos persuadirlo para que no active el gatillo, para que no ejecute las sanciones a Irán. El pueblo iraní está preparado para resistir, convive con la muerte, la acepta como premio por un futuro supraterrenal.

¿Escucharemos el mensaje de Fidel? O ¿insistiremos en lo mediato y minúsculo, en lo parroquial y rutinario?

Aceptemos la tarea. Ocupémonos de lo grande y lo trascendente; lo demás, acontecerá por añadidura. La insistencia de Fidel debe arrojar los más sublimes resultados.

elgaropa13@gmail.com


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