Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 7 de noviembre de 2026.
La burguesía imperial tiene miedo. No se explica de otra manera el decreto con el que la Casa Blanca, por mano de Donald Trump, ha proclamado solemnemente la «Semana Anticomunista», montando la enésima cruzada farsesca contra el fantasma del comunismo. En un proclama impregnado de retórica metafísica, el máximo representante del capital financiero global, castigado en las urnas, se erige en defensor de los «derechos divinos», de la libertad abstracta y de la propiedad privada, denunciando al socialismo como la fuente de todo mal y de toda tiranía. Es la confesión invertida de la verdad: si el imperialismo siente la necesidad de salir al paso con edictos inquisitoriales para exorcizar el espectro de la revolución, es porque la crisis estructural del capitalismo senil ya no ofrece ninguna narrativa creíble y tiembla ante su propia bancarrota histórica.
Esta obsesión burguesa por el anticomunismo se sostiene sobre una colosal estafa semántica que ha dominado el sentido común durante décadas: la idea de que la libertad es una exclusiva del liberalismo y de que el comunismo equivale a la supresión del individuo. Una representación tramposa, desenmascarada ya por Karl Marx cuando definía el comunismo como «una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es condición del libre desarrollo de todos». Sin embargo, la división de tareas se sigue recitando de memoria: a los liberales el individuo, los derechos y la democracia; a los socialistas la igualdad coactiva pagada al precio de la sumisión.
El pensamiento liberal presenta la libertad como un catálogo de derechos abstractos y ahistóricos, ocultando la coacción económica estructural sobre la que descansa el dominio del capital. En el reino del libre mercado, el trabajador es formalmente «libre» de elegir para qué patrón dejarse explotar o de morir de hambre; la propiedad privada de los medios de producción, enarbolada como sagrada conquista individual, es en realidad la privación sistemática de la libertad para la abrumadora mayoría de la clase productora. La centralización oligárquica del capital —aquella que el economista Emiliano Brancaccio define como el dominio del esocapital— ya ha destruido en los hechos el idilio de los libres productores independientes, imponiendo una planificación autoritaria y privatizada que gestiona la vida de millones de seres humanos en beneficio exclusivo del beneficio privado.
Frente a esta falsificación, la Revolución de Octubre de 1917 no fue la maniobra palaciega de un puñado de conspiradores, sino la irrupción violenta de las masas y el mayor ejercicio de emancipación real de la historia humana. Al romper el aparato estatal burgués y socializar los medios de producción, la insurrección bolchevique arrancó a las masas trabajadoras del reino de la necesidad ciega para abrirles las puertas del reino de la libertad consciente. Y es precisamente por esto por lo que la memoria de Octubre es incesantemente criminalizada desde los púlpitos del poder.
Al mismo tiempo, vale la pena dirigir la mirada hacia ciertas liturgias domésticas que se consuman cada año en los salones de la izquierda “radical” italiana. Tampoco este año faltarán los rituales habituales de quienes celebran el comunismo de 1917 (así como la revolución cubana), depurándolo de toda carga revolucionaria para las generaciones futuras, esterilizándolo de toda pretensión de poder obrero y de las consecuencias para obtenerlo. Son los mismos sectores que, vistiendo el traje de conspiranoicos de profesión, se apresuran a calumniar, aislar y liquidar como «extremismos» o «desviaciones» —o algo peor— los intentos revolucionarios de nuestra propia casa, las luchas radicales del proletariado de carne y hueso en los años ’70, y la insubordinación obrera que osó poner en duda los portones de las fábricas y la propiedad privada, chocando con la misma obsesión securitaria y la defensa fetichista del Estado burgués que vuelve a pesar, como contrarrevolución preventiva, sobre la generación de los “sujetos inéditos”.
Rescatar la memoria de las revoluciones no significa blandir el dogmatismo ni extraer de la chistera las ridículas «recetas para la cocina del futuro» de las que Marx con razón se burlaba. El materialismo histórico nos enseña que el comunismo no es un modelo ideal que se impone desde arriba, sino el movimiento real que destruye el estado de cosas presente. Como nos recuerda la genealogía de las luchas obreras y de las posibilidades revolucionarias derrotadas —desde las asociaciones parisinas de 1848 hasta las modernas experiencias de autogobierno y control obrero como la GKN de Florencia, la emblemática planta ocupada y convertida por sus trabajadores en un laboratorio de insubordinación social y reconversión ecológica desde abajo —, la libertad no se conquista delegándola en un demiurgo de museo ni confiando en las burocracias del reformismo, sino radicando el poder decisorio directamente en los lugares de producción y de vida de la clase trabajadora, y tratando de llevarlo a una síntesis política general.
Frente a un capitalismo en putrefacción que nos arrastra hacia la catástrofe ecológica, la miseria social y la locura de la economía de guerra y del militarismo atlántico, la lección del 7 de noviembre sigue siendo un faro incandescente: la verdadera libertad no se decreta en los parlamentos de la burguesía, se conquista derrocando su Estado, expropiando a los expropiadores y devolviendo a la humanidad el control colectivo sobre su propio destino.


No hay comentarios:
Publicar un comentario