Cecilia Pérez F.
Vivir en Venezuela hoy en día es, para millones de personas, un ejercicio diario de supervivencia extrema que se asemeja demasiado a las secuelas de un conflicto armado, aunque aquí no caigan bombas. Los cortes constantes de electricidad y la escasez crónica de agua potable se han convertido en una guerra silenciosa que despoja a los ciudadanos de su tranquilidad, su salud mental y su paz. Sin una tregua clara en el horizonte, la rutina de los venezolanos está trágicamente condicionada por la incertidumbre de un interruptor que no enciende y un grifo del que solo sale aire.
La crisis de un sistema eléctrico dejó de ser un simple inconveniente técnico para transformarse en un asalto directo a la estabilidad emocional de la población. Cuando la electricidad se va sin previo aviso, la vida se detiene en seco. Las jornadas laborales se interrumpen abruptamente, las clases de los niños se suspenden y los comercios que no cuenten con una planta eléctrica se ven obligados a bajar sus santamarías, asfixiando aún más la golpeada economía familiar.
A esto se suma el terror diario al parpadeo de las bombillas. El sonido de un transformador que estalla en la calle o un bajón repentino de voltaje genera una oleada de ansiedad inmediata por el temor a perder los pocos electrodomésticos que quedan operativos, imposibles de reponer con los salarios actuales. Además, el apagón arrastra consigo a las telecomunicaciones. Al caerse las señales telefónicas y el internet, las familias quedan en una incomunicación total por horas; una sensación de aislamiento y vulnerabilidad que es muy propia de los escenarios bélicos históricos.
Si la falta de electricidad paraliza al país, la ausencia de agua directamente lo deshumaniza. La búsqueda y el racionamiento del líquido vital se han transformado en una de las cargas físicas y mentales más pesadas para el venezolano común. Cargar tobos pesados durante largas distancias, almacenar agua en cualquier envase improvisado que se tenga a mano y calcular minuciosamente cuántos días durará el tanque, son tareas obligatorias que consumen la energía de jóvenes, adultos y ancianos por igual.
Esta crisis altera los ciclos más sagrados del ser humano, como el descanso. Es una realidad común tener que madrugar o interrumpir el sueño a altas horas de la madrugada porque «llegó el agua» por tubería no apta para beber, por lo que hay que comprar botellones de agua potable, un gasto más para el ya maltrecho poder adquisitivo del presupuesto familiar. Familias enteras se mantienen en vela para poder lavar la ropa, limpiar el hogar o llenar apresuradamente sus reservas antes de que el chorro se corte por semanas. Cuando el agua falta, la higiene básica se compromete, convirtiendo la preparación de los alimentos diarios y el aseo personal en un desafío de resistencia digno en nuestros hogares que se han convertido en un campamento de refugiados, donde las mujeres somos en un gran porcentaje las que estamos al frente.
Los expertos en salud mental coinciden en que el impacto de esta crisis estructural va mucho más allá de las carencias materiales. Existe un estado de alerta permanente y un desgaste psicológico acumulado que imita el estrés postraumático de quienes habitan zonas de guerra. La imposibilidad de planificar el día de mañana, el insomnio crónico debido al calor sofocante o a la espera nocturna de los servicios, y la frustración constante van minando la resiliencia de la población. No hay espacio real para el ocio, el desarrollo personal o la paz mental cuando las necesidades humanas más básicas están bajo un asedio constante.
A pesar de este panorama tan hostil, el ciudadano venezolano sigue buscando formas de mantener su humanidad, su empatía y su dignidad. La solidaridad entre vecinos para compartir el agua, la adaptación creativa a los horarios caóticos impuestos por el colapso del Estado burgués que nos roba la paz por horas para cumplir con el "acuerdo histórico" aquel que el gobierno encargado firmó con Trump, eso nos indica que debemos sumar voluntades para evitar que nos la arrebaten de manera permanente y que con urgencia visibilicemos y denunciemos que vivir en estas condiciones de zozobra no es normal, ni debe normalizarse. Recuperar la luz y el agua con servicios eficientes y públicos no es un lujo; es, en esencia, recuperar nuestro derecho humano a vivir en paz, saludables física y mentalmente.
Unidad, organización y lucha!
¡Agua y electricidad para las comunidades primero!
Cecilia Pérez
C.I. 7011273
Coordinadora
Movimiento de Mujeres "Clara Zetkin" Carabobo

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