Lorenzo Angiolillo Fernández
Hay un instante exacto en la geografía del día en que el mundo se detiene. No es una pausa del reloj; es una grieta en el engranaje del ruido donde la conciencia, fatigada de simular certezas, decide respirar hondo. Vivimos atrapados en la ilusión de que la realidad es un bloque monolítico, un destino de cemento que se impone desde afuera. Nos han enseñado a transitar la existencia como pasajeros de un autobús con los vidrios empañados. Sin embargo, cuando uno se detiene a afinar la mirada —allí donde la filosofía se besa con la física de lo imperceptible— comprende que la materia de la vida no es fija. Es arcilla vibrante. Es un latido invisible que aguarda, paciente y clandestino, a que nos atrevamos a rozarlo con las manos desnudas.
Transformar la realidad no es un acto de fuerza bruta ni una proclama lanzada contra el sistema. Es, en su esencia, un desvío de la atención; una alineación entre lo que vibra en el pecho y el pulso del universo. Durante décadas hemos delegado nuestro poder creador en los espejismos de la urgencia. Nos hemos tragado el cuento de que el futuro es un lugar al que se llega por inercia, cuando en realidad es un territorio que se conquista desde el asombro. Cada día es una página en blanco de una bitácora invisible que escribimos a tientas, muchas veces sin percatarnos de que la pluma no está en la punta de los dedos, sino en la hondura de nuestras elecciones cotidianas. Despertar en este viaje no significa descifrar todas las respuestas, sino aprender a formular las preguntas correctas cuando el caos insiste en apagar la luz.
I. El mapa de los días: cuando la bitácora deja de ser papel
Navegar por la existencia sin un registro del alma equivale a flotar a la deriva en altamar con los ojos vendados. La bitácora de la vida no se lleva en cuadernos de lomo rígido ni se archiva en carpetas polvorientas; se imprime en la textura de la memoria, en los recodos del cuerpo donde la fatiga se vuelve mapa y en los silencios que compartimos con quienes amamos. Lo cotidiano tiene la maña de disfrazarse de insignificancia. Nos levantan las alarmas, nos consumen las urgencias de la calle, nos atropellan las pantallas y, de pronto, se nos va la vida administrando pendientes que no nos pertenecen.
Recuerdo —y este recuerdo me persigue desde hace años— una tarde en que mi padre, Pedro, a quien todos conocíamos como el gran Pietro, me pidió que lo acompañara a comprar pan. Yo tenía prisa. Tenía, creía tener, cosas importantes que hacer. Él caminaba despacio, saludaba a todos, se detenía a mirar un árbol como si fuera la primera vez que lo veía. Yo iba detrás, impaciente, calculando los minutos perdidos. Años después, cuando ya no estaba, comprendí que aquella caminata de veinte minutos había sido la lección más seria de mi vida: la atención es la única forma de amor que no se puede fingir. Mi padre no me estaba enseñando a comprar pan; me estaba enseñando a habitar el tiempo. Tardé demasiado en entenderlo.
El gran Pietro era un noble italiano —de esa nobleza que no se pregona, sino que se ejerce—, y de él heredé una sabiduría que no venía de los libros, sino de antes: una sabiduría ancestral que se amalgamó en mi familia como se mezclan dos aguas que no pierden su color. Su padre, mi abuelo, se llamaba como yo, Lorenzo, y fue el primero que llegó a esta tierra. Se enamoró de ella hasta el tuétano. Pero cuando se declaró la Primera Guerra Mundial, su mujer quedó sola en Italia, y él tuvo que volver. Volvió apenas el tiempo justo para que mi padre naciera —o estuviera por nacer—, y regresó, huyéndole a la guerra, porque esta tierra ya lo tenía. Esa historia la guardo para otro capítulo. Hoy solo quería dejar su nombre: el gran Pietro.
Y sin embargo, ahora sé que aquel aprendizaje fue el primer peldaño de otra revelación, una que me esperaba, sin yo saberlo, en el corazón de un llano que todavía no conocía.
Para transformar la realidad, lo primero que debemos hacer es recuperar el timón de la atención. Y la atención no es otra cosa que la moneda más pura de nuestra soberanía interior. Cuando un ser humano decide no distraerse con el estrépito artificial de las crisis prefabricadas, ocurre un milagro de alineación: el tiempo deja de ser una línea recta que nos empuja hacia la tumba y se convierte en un círculo expansivo.
Pensemos en los pequeños rituales que sostienen el mundo sin hacer ruido. El aroma del café humeante en la madrugada, cuando la ciudad aún bosteza; el roce de una mano amiga que nos recuerda que no estamos solos en la intemperie; el destello de una idea que brota en medio de la tarde como un pez plateado saltando en aguas mansas. Esos no son momentos secundarios; son los anclajes de una geografía invisible que nos define. Quien aprende a registrar la belleza en lo mínimo desarma el relato del desamparo. Ya no es un espectador pasivo de la historia que otros escriben por él; se convierte en el artífice silencioso de su propio asombro.
II. El llano que me tragó: cuando Gallegos dejó de ser papel
Hay un libro que me acompaña desde la adolescencia y con el que he sostenido, a lo largo de los años, una discusión que nunca termina: Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Lo leí por primera vez a los doce años, y lo leí mal: lo leí como una novela de aventuras, como un western de los llanos. A los veinte lo releí y tampoco lo comprendí del todo; creí entonces que se trataba de una tesis positivista sobre la civilización y la barbarie, y esa lectura, aunque más seria, seguía siendo de papel. Gallegos, hijo de su tiempo, creía que la barbarie se vencía con la ley, con la escuela, con la razón. Santos Luzardo regresa al llano a imponer el orden; Marisela, la niña salvaje, es "civilizada" por el amor y la enseñanza; Doña Bárbara, la fuerza oscura de la naturaleza, es derrotada por la luz. La novela es hermosa, pero su tesis es una tesis de choque: la civilización vence a la barbarie mediante el enfrentamiento.
Yo ya no creo en esa victoria. O mejor dicho: creo que la victoria es real, pero que el método está equivocado. Y lo creo no por lectura, sino por barro. Porque hubo un tiempo en que yo también, como Santos Luzardo, llegué al llano creyendo que lo entendía. Fue muchos años después de aquella primera lectura, ya de adulto, invitado por el doctor Pedro Elías Hernández —presidente entonces de la Fundación Rómulo Gallegos, juez superior del estado Apure y primer gobernador de esa entidad designado por el propio Gallegos—. Me invitó a escribir una crónica. Fui por tres días. Me quedé casi cuatro meses. El tremendal me tragó.
Allí, en el barro que no perdona, en el silencio que no se interrumpe, en el calor que doblega el pensamiento, comprendí lo que ningún libro me había dicho: que el llano no se vence. El llano se habita. Y para habitarlo hay que dejar de querer imponerle la ley del visitante. El doctor Hernández, con esa generosidad suya que no se olvida, empezó a llamarme "Lorenzo Barquero" cada vez que me veía. El guiño no era casual: Lorenzo Barquero es, en la novela, el hombre que llega al llano y es devorado por él, el que se deja tragar por el tremendal. El doctor Hernández me bautizó con ese nombre porque entendió, antes que yo, que el llano me estaba transformando. Y tenía razón.
Recorrí aquel territorio con la curiosidad del que ya no tiene prisa. Visité la tumba de quien se supone fue la Doña Bárbara real —porque el llano tiene esa costumbre de mezclar la ficción con la tierra hasta que ya no se sabe cuál es cuál—. Y comprobé, en el cuerpo, lo que Gallegos escribió sin alcanzar a comprender del todo. Al cruzar el puente María Nieves —que separa el río Apure de la entrada de San Fernando—, el tiempo empieza a comportarse de otra manera. No es una metáfora: es una percepción física. El llano apureño, después de ese puente, es un portal. El paisaje se abre, el horizonte se vuelve infinito, y uno siente que ha entrado a un lugar donde las reglas del mundo urbano no aplican. El tiempo se detiene. Se mantiene helado, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido. Lo he sentido cada vez que he vuelto. No es una figura literaria: es una experiencia del cuerpo.
El puente lleva el nombre de un hombre, y a pesar de sonar a nombre femenino, fue un cabestrero —uno de esos vaqueros que van al frente de la manada, guiando al buey cabestro con la voz, no con el látigo—. El doctor Hernández tenía su retrato en la oficina: sin camisa, con su marangal, montado a caballo. No lo conocí. Pero al ver el retrato entendí que aquel hombre era el llano mismo: el que guía desde adelante, el que conoce el paso de los ríos, el que no vence a la manada sino que la convence. Santos Luzardo llega al llano a imponer la ley. María Nieves, en cambio, cruza el río con el ganado y no necesita imponer nada. Esa es la diferencia entre Gallegos y el llano.
Porque cruzar el Apure no era un acto de valentía individual, sino un conocimiento profundo de sus criaturas. Las pirañas, los caribes, acechaban en el agua. La técnica no era la fuerza bruta, sino la inteligencia del sacrificio: se inmolaba una res vieja o enferma en una orilla para entretener a los depredadores, mientras la manada cruzaba por otro lado. Era una coreografía de vida y muerte que los llaneros entendían como un legado. Y de ese mismo ingenio popular nació un chiste que se susurraba con sorna: "el Negro Primero". Un juego de palabras que, al nombrar al héroe de la independencia, Pedro Camejo, también describía al animal que, por su flacura, era lanzado primero al río como carnada. La sabiduría del llano, a veces, se esconde en un chiste. Y el chiste, con su carga de racismo y de ironía, decía lo que no se atrevía a decir en voz alta: que en el llano, el primero en cruzar no siempre es el más valiente, sino el más prescindible. O el más valiente, según quién lo cuente. Las dos cosas a la vez.
También hubo quien cruzó el río sin técnica, sin señuelo, sin más protección que su propio coraje. Una sobrina de los Salerno, casi una niña, cruzó el Apure amarrada de una mano en una de aquellas competencias de orilla a orilla. Ganó. La llamaron "La Domadora del Apure". Y no lo hizo por presumir: lo hizo porque en el llano, la valentía también es una forma de conocimiento. El río te enseña quién eres cuando te atreves a cruzarlo.
Había pasado mes y medio cuando ocurrió la escena que mejor resume lo que aquella tierra me hizo. El doctor Hernández había sido invitado como padrino a una fiesta de matrimonio en un hotel pequeño de San Fernando. No pudo asistir, y nos encomendó la misión: su hijo Pedro Elías, Iván Gorrín, el Yaro y yo. Llegamos tarde. Y cuando entramos al salón, se hizo un silencio. Yo llevaba mi sombrero, mi cotiza —las alpargatas llaneras—, andaba vestido de caqui. Había llegado a Apure como un visitante de Caracas y ahora entraba a una fiesta formal como un llanero. El silencio no era rechazo: era asombro. El llano me había transformado por fuera, y el silencio de aquel salón fue la prueba de que la transformación interior ya era visible.
No todo fue luz. Otorino Salerno, de una familia ítalo-venezolana que se tatuó con el fragor del trabajo y lo familiar en el llano apureño, desapareció trágicamente. La noticia no me llegó en Apure. Me despedían en el terminal de autobuses de San Fernando cuando emprendí el regreso; ya en Caracas, al llegar a casa, una llamada nocturna de Pedro Elías y de Iván me dio la noticia. No era la época de los celulares: había que marcar un código de área, a veces pasar por una operadora, hacer la llamada como si fuera internacional, y rezar para que el circuito no se cayera. Aquella noche el teléfono sonó como suenan las malas noticias: tarde, con la voz de alguien que duda antes de hablar. Otorino iba en su vehículo, buscando cruzar los caminos para llegar a casa de su hermana, cuando lo sorprendió la muerte en la nocturnidad y la recta interminable de Apure. Una gandola se lo llevó por medio. Las circunstancias nunca quedaron del todo claras. El comité de despedida en el terminal era el mismo grupo de soñadores con los que había perdido el reloj. No he olvidado a Otorino. Este ensayo también es, en cierto modo, un homenaje.
José, hermano de Otorino, juez jubilado y amigo entrañable, contaba que en Apure la televisión llegó tarde: las carreras de caballos no se veían en vivo, se retransmitían, y en los pequeños negocios de apuestas —la banca— algunos aprovechaban el desfase. Con José compartí una noche de detención en Caracas, porque a un policía se le ocurrió decir que éramos "bobos" y despertó a la jefa civil. Buscaban no sé qué aceite, y aparecía algo mío. La detención fue violenta, hasta que la jefa civil se enteró de que éramos estudiantes destacados y funcionarios del poder judicial. Entonces se encargó de formarle un lío a la Policía por la forma en que nos habían tratado —era una mujer preparada—, y nos liberó a las once de la mañana del día siguiente, con todas las excusas y poniéndose a la orden. Éramos estudiantes, trabajadores, abogados, jueces. De esa familia salimos. Así como hay muchos.
También visité al Indio Figueredo, que tenía casi cien años y decía que el Diablo se le había aparecido de verdad en la llanura, que el Pasaje de Florentino y el Diablo no era recurso literario sino memoria vivida. Una foto amarilla da cuenta de aquella visita a su casa en San Fernando.
Y conocí al Yaro —Wilfredo Rivero, de la etnia yaruro—, irreverente, dialogante, emprendedor, escozor para muchos del estatus apureño. El Yaro decía una frase que se me quedó clavada: que Apure ha vivido toda la vida de espaldas a su río. Y no se quedó en la queja: se atrevió, con otros, a construir un barco de madera para recorrer el Apure río abajo, un emprendimiento turístico innovador para su época. La historia, sin embargo, le daba una razón más honda de la que él mismo sospechaba. Hubo un tiempo en que el Apure no estaba de espaldas a su río: la casa de los Barbarito —comerciantes italianos establecidos en San Fernando, importadores de mercancías de variada índole y exportadores de plumas de garza— enviaba hacia Europa las plumas que los cazadores recogían en los garceros del llano. Llegaban por el río hasta su palacio-puerto, construido en 1914 sobre horcones de madera dura, y desde allí partían hacia París para engalanar los sombreros de las damas de la alta sociedad. El río había sido autopista de la elegancia: las plumas de garza de Apure viajaban a París. El barco del Yaro no inventaba nada: restauraba. Ahí está la lección: el diagnóstico sin obra es lamento; el diagnóstico con obra es transformación. También el llano se transforma desde la irreverencia que construye.
Gallegos, con toda su grandeza, murió creyendo que la transformación se impone desde afuera. Y no. La transformación más profunda —la que reconfigura el tejido de los pueblos sin que los periódicos lo registren— no opera por choque frontal, sino por la sutilísima alineación de la que hablábamos antes. Se parece más a la obstinación del agua que esculpe la roca no por la violencia de su golpe, sino por la caricia repetida.
No quiero ser injusto con Gallegos. Su obra es una de las más altas de nuestra lengua, y su pregunta sigue siendo la nuestra: ¿cómo se transforma un país, un alma, un continente entero, sin que la transformación lo destruya? Lo que propongo no es una refutación, sino una enmienda: la civilización que Gallegos buscaba no se construye con leyes sobre el papel, sino con la recuperación de la atención como acto político. Esa es la geopolítica del espíritu —permítaseme la expresión—: no se juega en los tratados ni en las fronteras; se juega en la mirada que sostiene una madre sobre su hijo, en el maestro que se detiene a escuchar, en el vecino que no responde al insulto con otro insulto.
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De aquel viaje a Apure nació también mi primer cuento, Escapulario, un relato de realismo mágico que publiqué años después en un proyecto cultural. Sin proponérmelo, me había llevado el tremendal de Gallegos a mi propia escritura. Y el estado Apure, en un gesto que todavía me conmueve, me nombró hijo ilustre. No lo digo por vanidad: lo digo porque aquel reconocimiento fue la prueba de que el llano, cuando uno deja de querer vencerlo, termina por adoptarlo a uno. Esa es la paradoja que Gallegos no alcanzó a escribir: no se transforma el llano; el llano lo transforma a uno. Y uno, transformado, transforma.
III. Los poderes creadores del pueblo: la palabra que se volvió canción
Si Gallegos me enseñó, a golpe de barro, que la transformación no se impone, Aquiles Nazoa me enseñó, a golpe de asombro, que la transformación se celebra. Nazoa no escribió tratados; escribió poemas al carrito de helados, al panadero, a la mujer que barre la acera. Mientras Gallegos miraba el llano desde la altura de la tesis, Nazoa miraba el barrio desde la altura del asombro. Y su asombro era más subversivo que cualquier ley, porque no pretendía corregir al mundo: lo celebraba. La ternura de Nazoa no era ingenuidad; era una forma de resistencia. En un país que se desgarraba, él se empeñaba en la belleza mínima.
Yo tuve el honor y el privilegio de formar parte de un movimiento que encarnó ese espíritu: el Movimiento de los Poderes Creadores del Pueblo, una expresión cultural y política amplia que reunía a estudiantes, trabajadores de la educación, cantores, universitarios y maestros de la cultura. No era un partido; era una convergencia. Y en uno de sus encuentros más bellos —celebrado en Mérida, en 1978— me tocó ser orador de orden por los estudiantes.
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Recuerdo las tensiones. Sectores del movimiento político que organizaba el evento desconfiaban de mí, porque yo formaba parte de otro movimiento. Pero yo siempre he sido amplio: buscar el punto común, construir y no destruir. Nunca he tenido problemas con nadie por eso, y aquella vez tampoco los tuve. No formaba parte del equipo organizador; me invitaron, sencillamente, porque el movimiento era amplio y porque todo el mundo se quería. Aquella generosidad no era un detalle: era la esencia. Un movimiento que no excluye es un movimiento que transforma.
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Nunca preparo mis discursos. No permito que nadie me los prepare. Es una pretensión arrogante, lo sé, pero es auténtica: empiezo por la vibra, me conecto con la gente según el momento. Aquella vez, en Mérida, comencé diciendo algo que buscaba ser poético: que el frío merideño, característico de la ciudad, se había visto opacado por el gran calor humano y revolucionario de aquel encuentro. La sala aplaudió. Y durante los tres días y medio que duró el encuentro, cada vez que me veían pasar, la gente repetía la frase, como si los nombrara. Quedó registrada en un documental del encuentro.
Pero lo que ocurrió después es lo que me interesa contar. Ylich Orsini —músico y compositor— y su hermana Hely Orsini —gran cantante—, a quienes yo había invitado al evento por la relación especial que me une a ellos, tomaron la letra de aquel comienzo y le compusieron una canción. Mi discurso se volvió canción. Y la canción ya no era mía. Eso es el latido invisible: uno dice una frase con atención, y la frase encuentra otras manos, otras voces, y vuelve transformada. Lo que se siembra con atención florece en otros. No hay mejor prueba de la tesis de este ensayo que aquella canción que nació de un discurso y que yo no escribí.
En aquel encuentro coincidieron figuras insignia, casi todas ya desaparecidas, que hoy me parece ver sentadas en primera fila: Pedro Rincón Gutiérrez, rector de la Universidad de Los Andes, habló por los trabajadores de la educación; Gloria Martín, por los cantores; Margarita Rondón, por los trabajadores de la universidad; y nada menos que Luis Beltrán Prieto Figueroa, por los maestros de la cultura. Yo hablé por los estudiantes. Y al mirar aquella sala comprendí algo que nunca he olvidado: que la cultura no es un adorno de la política, sino su sustancia. Que un pueblo que canta, que enseña, que escribe, que recita, es un pueblo que ya está transformando su realidad sin pedir permiso. Esa es la geopolítica del espíritu en acto: la obstinación de la alegría frente a la retórica del desastre.
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Nazoa había muerto dos años antes de aquel encuentro. No pudo verlo. Pero estoy seguro de que, donde estuviera, estaba cantando.
IV. La física del desvío: ¿cómo se dobla la realidad sin romper el alma?
Nos han educado en la lógica del choque frontal. Si algo no nos gusta, se combate con la misma rabia con la que se nos agrede; si el entorno se vuelve hostil, respondemos con el blindaje de la amargura. La verdadera subversión —esa que no sale en los titulares pero que reconfigura el tejido de los pueblos— opera bajo principios muy distintos. Los imperios del miedo se sostienen sobre la rigidez de sus estructuras. Todo lo que es rígido se quiebra ante el primer temblor. En cambio, lo flexible, lo que sabe adaptarse sin perder el centro, sobrevive y transforma el paisaje desde adentro.
Cuando intervenimos nuestra propia realidad, no lo hacemos negando el dolor ni haciendo como si el ruido no existiera. El ruido está allí, zumbando en las esquinas, contaminando los aires con discursos de odio y pantallas que adormecen. La clave de la transformación radica en cambiar nuestra frecuencia de sintonía. Imaginemos que nuestra conciencia es un dial de radio antiguo. La frecuencia del conflicto emite estática constante, un bucle infinito de desesperanza y queja. Si nos quedamos pegados a ese canal, nuestra vida se vuelve una repetición gris de la misma tragedia. Pero basta con girar la perilla milímetros hacia adentro —hacia el silencio fértil, hacia la memoria de lo que fuimos antes de que nos llenaran la cabeza de temores— para que la sintonía cambie. No porque el mundo exterior haya cambiado mágicamente de golpe, sino porque nosotros hemos dejado de alimentar con nuestra energía aquello que queríamos destruir. La realidad cede ante una conciencia que se niega a ser rehén del automatismo.
V. El latido invisible: la alquimia de la ternura en tiempos de asedio
Hay una urgencia contemporánea por deshumanizarlo todo. Se habla de algoritmos que predicen la conducta, de pantallas que sustituyen la mirada, de automatismos que prometen eficiencia a cambio de vaciarnos el alma. En medio de este gigantesco laboratorio de control, la ternura se ha convertido en el acto político más revolucionario de nuestro tiempo.
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Amar en libertad, cuidar al otro sin asfixiarlo, sostener la mirada limpia cuando todo alrededor invita a la sospecha, es una forma de resistencia silenciosa. Es el latido invisible que descoloca a los mercaderes del caos. Cuando un ser humano decide que no va a responder al insulto con desprecio, que no va a permitir que la prisa le robe la capacidad de conmoverse ante un atardecer o ante el dibujo torpe pero sincero de un nieto, está alterando las leyes de la física social. Está demostrando que la vida vale más que la estadística.
No necesitamos discursos grandilocuentes para cambiar el mundo; necesitamos recuperar la densidad de los vínculos reales. Un café compartido con la complicidad de los años, una charla donde la memoria rescata los rostros de los que ya no están pero que nos habitan, una carcajada que desarma la solemnidad de los oficiantes de la tristeza. Esos momentos tejen una red de protección invisible que nos inmuniza contra la intemperie espiritual.
VI. El jueves que la bitácora se cerró sola
Debo una confesión, y la debo porque sin ella todo lo anterior sería sospechoso de optimismo barato. Hubo un jueves —un jueves cualquiera, sin fecha memorable, de esos que se confunden con todos los demás— en que la bitácora se cerró sola. Había hecho todo "bien": la respiración consciente al amanecer, el café tomado con atención, la caminata sin pantallas, la mirada sostenida con quien me hablaba. Y sin embargo, a media tarde, una noticia, una factura, una palabra mal dicha por alguien a quien quiero, me derrumbaron en cuestión de segundos. No hubo ternura que me salvara. No hubo dial que cambiar. No hubo instante que se abriera. El mundo siguió girando, ruidoso y hostil, y yo me quedé ahí, en el suelo, con la teoría en la mano y el alma en pedazos.
No quiero engañar a nadie: la atención no es una vacuna. La ternura no es un blindaje. El instante no siempre llega cuando lo llamamos. Hay días en que el latido invisible se esconde, y no hay método, no hay bitácora, no hay física del desvío que lo haga salir. Y entonces ¿qué? Entonces, precisamente entonces, es cuando la propuesta se vuelve honesta: no se trata de no caer, sino de saber que la caída no refuta el camino. Al día siguiente —otro jueves, o un viernes, ya da igual— volví a intentarlo. No porque tuviera fe en el éxito, sino porque no tenía otra cosa. La transformación no es un estado que se conquista de una vez y para siempre; es una práctica que se reanuda, torpemente, cada mañana. El que se cae y se levanta no está más cerca de la luz que el que nunca se cayó; simplemente, sabe que la luz no depende de su mérito.
VII. La soberanía del instante: despertar sin pedir permiso
Llegar a una madurez lúcida, con las manos llenas de cicatrices hermosas y el alma ligera de equipajes inútiles, otorga un privilegio único: la libertad de no tener que demostrarle nada a nadie. La sabiduría verdadera no se encierra en bibliotecas ni se presume en simposios solemnes; se pasea descalza por la sala de la casa, observa el vuelo de una guacamaya sobre el Waraira Repano, el Ávila de todos, o contempla con ternura la taza de café humeante mientras la tarde se despide.
Transformar la realidad empieza por renunciar a la pretensión infantil de querer controlar el universo. El control es una cárcel de cristal; la libertad, en cambio, es un acto de entrega consciente al fluir de las cosas. Cuando aceptamos que el pasado ya se fue y que el futuro es apenas una hipótesis que tejemos ahora mismo, el presente se ensancha. Se vuelve un territorio habitable, generoso, hondo.
Cada uno de nosotros es, a fin de cuentas, el curador de su propio museo interior. Podemos llenarlo de los fantasmas del resentimiento y las facturas cobradas a medias, o podemos poblar sus salas con la luz de los afectos verdaderos, con los destellos de la poesía, con la certeza de que cada respiración es una pequeña victoria contra el olvido. La bitácora sigue abierta. Las líneas que restan por escribir no están sujetas al dictado de ninguna circunstancia exterior. Nos pertenecen por entero.
Hay cosas que vi en Apure que todavía no me atrevo a escribir. Un libanés que, desde el primer piso de madera de su viejo restaurante El Nilo —cuartel general de sueños y de negocios imposibles—, ofrecía cien hombres a caballo para asaltar el cielo. Un jefe civil espiritista que conversaba con el cacique Kechuaima, del siglo XVIII, mientras su hijo guardaba los planos de una nave que llamó la atención de gobiernos extranjeros. Y un estudiante de ingeniería, Giordi, que leía aquellas fórmulas en voz alta y confesaba que no lograba descifrarlas. Será para otro capítulo. Porque hay llanos que no se cuentan: se dejan abiertos, como una puerta al fondo del pasillo.
VIII. Epílogo: el beso de las siete en punto
Y al final de este viaje, tras años de buscar el silencio entre el ruido, la respuesta llegó sin estridencias. Fue un miércoles de febrero, a las siete en punto, cuando el mundo se detuvo. No hubo dolor, solo el roce sutil del rosa de sus labios en mi frente. En ese beso encontré la subversión definitiva: despertar en libertad, rodeado de un latido invisible que, por fin, nos hace sentir en casa.
! Toda la Luz y bendiciones Siempre! ∆~


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