La Revolución Bolivariana ha enfrentado toda clase de trances complicados a lo largo de sus 27 años de vigencia. Enumerarlos es un empeño que ya no cabe en un artículo periodístico, sino que requiere una antología, un tratado. El factor común ha sido que siempre ha superado esas situaciones críticas.
Este balance puede llevar a asumir la convicción de una permanente invencibilidad o, al menos, de que se tiene la capacidad de salvar siempre el pellejo, aunque sea in extremis. Es un incentivo apropiado para confiar en que también se resolverá el actual cuadro, uno de los más críticos, sin duda, ya no solo del siglo XXI, sino de toda nuestra historia.
Este enfoque resulta positivo a los efectos propagandísticos, de la animación de las masas militantes y simpatizantes, pero es necesario prevenir sobre lo engañosa que puede ser tal certeza. Pudiéramos estar ante lo que se llama una falacia de la tradición, la creencia de que los resultados obtenidos en el pasado han de repetirse indefinidamente, al margen de cómo haya sido modificada la escena en la que los hechos se producen.
Condiciones muy distintas
La Venezuela de 2026 es muy distinta a la de sus años precedentes, con todo y que la agresión imperialista es un proceso tan antiguo como la Revolución y ha tenido horas muy graves, como el golpe de Estado de 2002; el paro-sabotaje petrolero de 2002-2003; las guarimbas de 2014 y 2017; el magnicidio fallido de 2018; el interinato que comenzó en 2019; la Operación Gedeón de 2020 y el asedio naval de 2025.
El ataque militar del 3 de enero no fue un evento más en esa infame saga, sino un hito crítico que alteró sustancialmente las condiciones objetivas y subjetivas en las que debe operar la vanguardia revolucionaria.
Aunque ocurrieron en apenas unas horas, esos hechos son por completo inéditos: un bombardeo a Caracas, La Guaira y Miranda; el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores; la amenaza expresa y directa de ataques masivos contra la infraestructura nacional y de asesinar al resto del liderazgo. Nada de eso había ocurrido antes, al menos no de una manera tan desembozada.
A la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y al equipo que la acompaña les ha tocado gobernar en esas arenas movedizas, a sabiendas de que su gestión está sujeta a dictámenes —y hasta a caprichos— que en otras circunstancias no podrían ni tan siquiera plantearse públicamente. No basta con invocar nuestras remontadas históricas del pasado (Todo 11 tiene su 13 o la Batalla de los Puentes para solo mencionar dos) y esperar que ocurra de nuevo un acontecimiento similar. Las condiciones no son las mismas.
El fracaso de los adversarios no es suficiente
Otro de los rasgos que han cambiado y deben ser tomados en cuenta en cualquier análisis situacional es que ya el fracaso de los adversarios políticos internos no es suficiente para apuntalar el éxito del sector revolucionario o su supervivencia en circunstancias extremas.
Es justo reconocer que en buena parte de las coyunturas anteriores, cuando la Revolución superó cuadros de pronóstico reservado tuvo la “ayuda” invalorable de una oposición proverbialmente torpe, dividida, sin liderazgo y holgazana. Ese conjunto de atributos negativos echó por tierra incluso triunfos electorales contundentes, como el obtenido por la coalición antichavista en las elecciones parlamentarias de 2015.
En el caso actual sería temerario confiarse en que los evidentes yerros de las principales figuras de la ultraderecha (tanto las que están en el país como las que se encuentran fuera) van a resultar un salvavidas para la Revolución amenazada. Está claro que el poder imperial asumió, sin máscaras ni actores de reparto, el rol protagónico en el empeño de hacer retrogradar al país a tiempos de la IV República y reinsertarlo en su campo exclusivo de influencia geopolítica.
La unidad depende de principios
El análisis sobre la naturaleza de la unidad revolucionaria es un tercer elemento a tener en consideración para no aceptar, de manera mecanicista, la idea de que vamos a salir del brete por el solo hecho de que ya lo hicimos en ocasiones anteriores.
No se puede dar por sentado que las bases del chavismo van a suscribir todas las decisiones que tome la administración de la presidenta encargada, en especial aquellas en las que es notoria la impronta del poder imperial.
La militancia revolucionaria se consolidó al calor de 27 años de luchas colectivas, de formación política, de discusión y reflexión. Su unidad ha sido siempre acrisolada por los principios de independencia, soberanía, antiimperialismo y la visión de que otro mundo es posible. No se le puede pedir una carta firmada en blanco respecto a temas que punzan directamente en esos núcleos doctrinarios.
En las contingencias del pasado —esas que requieren una antología para enumerarlas—, el respaldo sólido del pueblo chavista se ha sustentado en valores compartidos, varios de los cuales tienen su génesis en el proceso constituyente de 1999 y que alcanzaron desarrollo en los gobiernos del comandante Hugo Chávez y del presidente Nicolás Maduro. No se puede suponer que ese apoyo tendrá la misma solidez si esos fundamentos ideológicos están en cuestión. El debate y la comunicación oportuna son imprescindibles para mantener la unidad a todo trance.
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