Por Mariel Carrillo García
Según la BBC, entre 550 mil y 800 mil manifestantes han salido a las calles de Francia el fin de semana del 17 y 18 de octubre. La prensa internacional califica el escenario de violento y catastrófico. ¿La razón? Saqueos y vandalismo contra edificios patrimoniales, tiendas de lujo y cadenas famosas. Porque, hay que aceptarlo, es cuasi norma considerar la propiedad privada como un derecho de "más rango" simbólico que otros, como el derecho a la protesta, a una educación de calidad y a una vida digna, que son los motivos reales de los concentrados.
La juventud, encarnada en la llamada generación Z, expresa no sentirse representada por un Estado al que consideran violento. Esta afirmación se entiende cuando comprendemos que, como decía el Indio Solari, "violencia es mentir". El llamado es a mejores condiciones de estudio y una baja en el coste de vida. ¿Tiembla el famoso estado de bienestar francés? Pues sí. La Administración de Emmanuel Macron muestra, ya casi al final de su mandato, una deuda pública enorme y un descontento popular aún mayor, en una Francia donde los extremos (la izquierda de la Francia Insumisa y la derecha de Agrupación Nacional) acaparan el debate político de modo confrontativo.
Las manifestaciones no son solo de factores extremos; hay estudiantes, sindicatos y, sí, células de agrupaciones independientes que apuestan al caos y no creen ya en la protesta pacífica. Es el resultado lógico en una sociedad cuyos requerimientos son ignorados de manera consistente. En reportes de la prensa gala, varios de los asistentes señalaron que, a veces, la única forma de responder a un Estado violento es la destrucción. Y no de cualquier cosa, sino la de los edificios estatales (ayuntamientos, oficinas de turismo...) y las tiendas de indumentaria de lujo, propiedad de millonarios. No son objetivos aislados; son símbolos de poder.
Cuando la ira popular ataca, no puede ser ligera, porque responde a una dinámica de opresión y represión que tampoco lo es. Cuando la democracia y el sistema les fallan a aquellos a los que se deben, disminuyendo sus derechos fundamentales sin dar siquiera la cara, la explosión ocurre. Los años de alienación y la instauración de un pensamiento individualista y liberal que privilegia el dinero por sobre la vida pueden haber dormido al mundo, pero no lo han extinguido. Cuando se toca el estómago, el refugio y el derecho a una existencia digna, el ser humano salta sobre todos aquellos que, como los franceses, no están tan acostumbrados a no tenerlos.
Defender la vida no es un camino tranquilo. De ello dan cuenta todas las revoluciones de la historia. Y un mundo en el que el llanto y el grito en el cielo por las Louis Vuitton, Hermès y Dior que los "vándalos" destruyen son más altos y ruidosos que los que se hacen por la masacre y el exterminio de los palestinos, no merece protestas con pétalos de flores.


No hay comentarios:
Publicar un comentario