lunes, 7 de diciembre de 2009

Guaicaipuro, luz primigenia de libertad.


*Carlos Edsel


“Padre ches, que alumbras con ardor,
no alumbres el camino al invasor.
¡Oh madre Icaque! : manda tus jaguares;
Desata el ventarrón y suelta tus cóndores.
Afila los colmillos de tus mapanares y
Aniquila a los blancos con dolores (…)
Padre ches, dame una flecha aguda
que mate al invasor. Templa el brazo
que dispare esa flecha sin temor (…)
¡Oh chía, mi señora, dame la chicha
de tu Inmenso valor. Dame a comer
el odio al invasor……………………….”


Venezuela celebra este 8 de diciembre el Día Nacional del Cacique Guaicaipuro, apoto o guapotori de la etnia Caribe-Tamanaco, de los indios Teques y Caracas, quien dirigió una tenaz y prolongada lucha contra los invasores españoles en la zona norcentral de la entonces virginal tierra venezolana.

De este heroico cacique no es posible hablar sin emoción. Él no es un personaje histórico para ser analizado bajo complejos étnicos, sino para ser sentido a plenitud. Su vida y su actuación trascienden una emoción comunicativa del tipo de la que produce el heroísmo. No hay manera de estarse impasible ante lo que hizo frente a los invasores venidos allende los mares del Viejo Mundo. Hubo sangrientas batallas, hermosas hazañas, incontables dolores, pactos, mezquinas querellas, alianzas, crueldades y heroísmos de parte y parte.

El cacique Guaicaipuro no es sólo un símbolo sentimental. Es la representación histórica del sentimiento colectivo de todo un país. Su figura encarna la resistencia de los pueblos a la conquista brutal y de su injusta destrucción. Representa el sentimiento de cómo todos los pueblos pequeños y aparentemente débiles han luchado siempre por su libertad, así hayan ido al combate desnudos como Guaicaipuro, y no contaran con más armas que una lanza y una flecha.

En nuestro tiempo histórico el bravo pueblo venezolano por cuyas venas aún corre sangre Caribe, exalta el valor heroico del cacique Guaicaipuro y su ejemplo en defender nuestras tierras de la codicia y del genocidio del colonialismo europeo. Esta herencia moral debemos mantenerla viva en nuestros corazones, y no llorar sobre su derrota, sino recibir como valioso legado y como símbolo el ejemplo de heroico denuedo con que el apoto o guapotori de los indios Teques y Caracas, supo defender de la invasión española su tierra natal.

Los venezolanos del siglo XXI no podemos hacer menos en resguardo de la integridad territorial y la libertad de todos los nacidos en esta Tierra de Gracia, de lo que nos enseñó con su ejemplo el bravo cacique Guaicaipuro.

Estamos obligados a defender nuestro país en todos sus aspectos y en cualquier circunstancia, emulando la heroica epopeya de Guaicaipuro. Este valiente cacique es una de las mejores representaciones en nuestra historia de lo mejor que los hombres y las colectividades creadoras han poseído: el amor y el denuedo para la libertad.

Los caciques de la resistencia indígena representan para el imaginario del pueblo venezolano el sentimiento nacional, la leyenda telúrica y un poderoso símbolo que nunca le podrán disputar los fieros y sanguinarios conquistadores españoles.

Este sentimiento colectivo exalta las virtudes del guerrero sin par que murió en desigual combate defendiendo su tierra natal, entre las llamas del incendio de su bohío, en el pequeño poblado de Suruapay o Suruapo, a orillas de la quebrada de Paragotos, hoy Paracotos, ubicado entre San Diego y San José de los Altos, Estado Miranda, cercado entre espadas y arcabuces, lanzando voces de altivez y desafío.

Ni siquiera la pluma parcializada del historiador realista José Oviedo y Baños, cronista de la conquista de la Provincia de Venezuela, pudo ocultar la feroz resolución de la lucha heroica del cacique Guaicaipuro, su empeño temerario con que combatió al invasor, el ascendiente que logró sobre las demás parcialidades indígenas y el esplendoroso final en que rindió su vida, ni el rasgo de que el grupo de ochenta asaltantes fuertemente armados, comandados por el alcalde de Caracas, Francisco Infante, huyeron pavoridos al ver inerte su cadáver, como si los asesinos temieran alguna forma de fuerza sobrenatural que protegiera a Guaicaipuro.

Este final heroico del cacique lo ha recogido el alma del pueblo venezolano y lo ha incorporado al vivo tesoro de sus emociones patrióticas, tal como aparece en los rituales populares que se le rinden a María Lionza, en donde figura una corte india presidida por el cacique Guaicaipuro.

En nuestros días, nuestro héroe indígena se encuentra inmortalizado en estatuas, cantos de poetas como el de Rubenangel Hurtado, quien en su poema “Fueros de Guaicaipuro” presenta al cacique con “piernas de araguaney, pecho de mangle y brazos de bosque antiguo”

Alejandro Caraballo en su poema “Guaicaipuro” le canta así: “De Suruapay en Los Teques, hasta el Waraira Repano, va el principal Guaicaipuro, tan libre como la brisa, sin yugo, baldón, ni amo, caminando entre cascadas, arroyuelos cristalinos y mil sonidos de pájaros; como un resurgido Adán americano”.

También la vida heroica del cacique ha sido plasmada en obras de teatro, como la que escribió el dramaturgo y muralista César Rengifo. Igualmente, ha sido pintado por el pincel magistral del maestro Pedro Centeno Vallenilla.

Este fenómeno por medio del cual el sentimiento nacional del pueblo venezolano se identifica con Guaicaipuro y otros valerosos caciques de la resistencia indígena, quienes lucharon contra los conquistadores españoles, es digno de ser difundida masivamente entre las nuevas generaciones. Más aun, cuando hoy se cierne sobre nuestro país peligrosas acechanzas por parte del imperio más criminal que ha conocido la historia.

Después de una larga y tenaz lucha coordinada por los profesores Esteban Emilio Monsonyi, antropólogo y lingüista, los luchadores sociales Saúl Rivas Rivas, Raúl Domínguez, Erolinda Rey, y la diputada Wayuu Nohelí Pocaterra, entre otros, lograron que el 8 de diciembre de 2001, en acto solemne, incorporaran simbólicamente las cenizas mortuorias del gran cacique Guaicaipuro, apoto o guapotori, de los indios Teques y Caracas, líder de la resistencia indígena frente a los conquistadores, al recinto del Panteón Nacional, en donde se guardan los restos de los padres de la patria y otros notables venezolanos que han engrandecido a nuestro país.

Esta incorporación fue duramente criticada por sectores conservadores o tal vez apátridas, que vieron en la incorporación simbólica de las cenizas del cacique indígena, un atentado contra los próceres blancos o mestizos que allí duermen el sueño de los inmortales.

Pero en verdad esta incorporación hace merecida justicia a la participación de numerosos sectores populares que entregaron sus vidas en procura de una sociedad más igualitaria y verdaderamente democrática, que haga justicia a los excluidos de nuestra historia, quienes con sus esfuerzos y patriotismo también los sectores más humildes de nuestro pueblo crearon patria para todos los venezolanos.

Dándose así también cumplimiento a lo que es un mandato de nuestra Constitución Bolivariana, que en su preámbulo proclama que una de las fuerzas que inspiraron su texto y en nombre de la cual se redactó, fue “el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana”.

Para hacer merecida justicia a la memoria y a las luchas de nuestros antepasados indígenas, en el año 2003 la Revolución Bolivariana dirigida por el presidente Hugo Chávez Frías, decretó el 12 de octubre como Día Nacional de la Resistencia Indígena, sustituyendo el antiguo “día de la raza”, el cual exaltaba al colonialismo español, que durante los trescientos años que duró su tiranía en América, exterminó a más de ochenta y cinco millones de seres humanos, arrasando con todo los vestigios de tan importantes culturas como la Azteca, la Maya o la Inca.

Concluimos afirmando como el apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, quien solía decir que se sentía orgulloso de que por sus venas corriera sangre Caribe: “Con Guaicaipuro, Paramaconi, -los desnudos y heroicos Caracas-, hemos de estar y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”. (José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana-Cuba, volumen 22, página 27).


*Carlos Edsel es historiador y escritor.

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