*JUAN MARTORANO
Para el momento en
que escribimos estas líneas, serían 20 días que el analista in comento escribió
un buen artículo que hemos decidido sea objeto de nuestro análisis en el día de
hoy.
En nuestras labores
de investigación nos topamos con ese artículo del director de la “Agencia de
Inteligencia” como ell
a misma se denomina (Nos referimos a Hinterlaces, que es
la “encuestadora que dirige este analista) y publicado en el famoso portal
Venezuela News. El mismo se titula: “La confrontación que ya no busca derrotar
sino reprogramar”.
Luego de un breve
introito de este analista, este nos señala que los acontecimientos recientes
vividos en la República Bolivariana de Venezuela desde hace 52 días están
confirmando una mutación profunda en que hoy se está ejerciendo el poder a
nivel internacional. Esto porque ya no se trata única y exclusivamente de
derrotar al adversario en el terreno militar propiamente dicho o de la
imposición de medidas coercitivas (o coactivas más bien, puesto que en el
sistema internacional avalado por más de 193 países en lo que se denomina
“Naciones Unidas”, el Consejo de Seguridad puede imponer sanciones legítimas)
para asfixiarlo materialmente. Desde hace 52 días y muchos casi sin darse
cuenta, estamos inmersos en un proceso mucho más complejo y silencioso: Estamos
en un proceso de reconfiguración de las percepciones, pero nosotros lo
expresaríamos de una mejor manera, de reactivación de un pensamiento colonial y
de sus marcos mentales y de un “sentido común” para organizar la vida política,
económica, social y cultural de nuestras sociedades.
Luego del 3 de
enero de 2026, Venezuela viene siendo el laboratorio social de EEUU en este
nuevo proceso y en el marco de un plan previo que ya existía y que solo esta
fecha marca el inicio de su ejecución. Pero esto será tema que seguramente
desarrollaremos en próximas ediciones de nuestra columna.
Por ello, Venezuela se ha convertido, lo señala
Schemel y lo reiteramos por esta vía, en un caso emblemático en esta nueva fase
de confrontación global. No podemos ver y analizar esto solo a nivel interno y
de lo que viene ocurriendo ante nuestros ojos, sino en un marco más allá, pero
sin perder de vista tanto el frente interno como el externo o geopolítico
internacional para poder aproximarnos a lo que viene ocurriendo. Y todo esto
ocurre no solo por la posición privilegiada y estratégica que ocupa nuestro
país, sino también por su peso energético, su historia política reciente y su
capacidad de resistencia frente a presiones externas sostenidas. Lo ocurrido a
partir del 3 de enero debe leerse en ese
marco ampliado: no como un episodio aislado ni como una simple escalada
táctica, sino como todo un mensaje dirigido al Sur Global.
En estos momentos
el mundo atraviesa múltiples crisis que se entrecruzan entre sí. Una crisis
civilizatoria, marcada por los límites ecológicos del planeta y por la
incapacidad del modelo de desarrollo dominante para garantizar bienestar
sostenible. Una crisis del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra
Mundial y consolidado durante la Guerra Fría, cuyas instituciones han perdido
eficacia, legitimidad y capacidad reguladora. Y una crisis de la hegemonía
unipolar estadounidense, que ya no logra sostener su liderazgo por
consenso y recurre cada vez más a mecanismos de presión, coerción y
control.
Por ello, la
confrontación se desplaza. Y en ese sentido, el campo de batalla ya no se circunscribe
únicamente al campo territorial o militar.
Es cada vez más cultural, simbólico y cognitivo. Estamos en estos
momentos en disputa de la interpretación de la realidad, la construcción del
relato, la legitimidad de los actores y
la orientación de las emociones colectivas. En estos momentos se busca instalar
matrices de sentido que naturalicen
determinadas lecturas de los hechos y desactiven otras.
Las denominadas Medidas
Coercitivas Unilaterales, cuyo concepto como hemos venido señalando, está cambiando
de coercitivas a coactivas; el bloqueo económico y financiero, y las
operaciones de presión diplomática forman parte de una misma arquitectura de
poder. No apuntan solo a generar el daño material, sino en la producción de
efectos psicológicos, sociales y políticos de largo alcance: desaliento,
fragmentación, desconfianza, desmovilización, pérdida del horizonte
estratégico. De allí que hablar hoy de “derrota” resultaría insuficiente. Según
Schemel el objetivo hoy en día sería otro: reprogramar.
Pero ahí discrepamos de su
criterio, y más que una “reprogramación” como él la denomina, a nuestro juicio
de lo que se trata es de la reactivación del pensamiento y de los grilletes
ideológicos para volver a someter no solo a Venezuela sino al Sur Global en
este contraataque imperial bajo el marco de su Nueva Doctrina de Seguridad
Nacional hecha pública desde diciembre de 2025.
Pero retomando el planteamiento de
este analista, que a nuestro juicio, más allá del consenso semántico nos parece
correcto, esta es una lógica que se expresa también en el modo en que se
intenta subvertir o intervenir sobre identidades políticas. El chavismo,
entendido no solo como una fuerza electoral, sino como fenómeno social,
cultural e histórico de larga data, y que a lo largo de los años ha demostrado
una inmensa capacidad de adaptación producto de su carácter orgánico y
plasticidad política que le han permitido atravesar innumerables crisis severas
sin disolverse, preservando un núcleo identitario y una comunidad emocional que
sigue siendo decisiva en la vida nacional.
Por ello que el campo de
confrontación se orienta ahora a disputar el sentido de esa identidad, a ir
erosionando sus símbolos, a resignificar sus logros y a instalar la idea de que
cualquier “estabilización” futura sería el resultado de la tutela externa. La
batalla en estos momentos no solo es por el control de los recursos energéticos
y estratégicos o geopolítica a nivel internacional, sino que también es por
quien gobierna y en nombre de quién o quienes.
Y también debemos reconocer, como
nos muestra Schemel, que emerge un pragmatismo social mucho más profundo. Más
allá de las identidades políticas, amplios sectores de la población colocan en
el centro sus necesidades concretas: estabilidad, ingresos, servicios y
bienestar. Un pragmatismo que no implica o no debería implicar renuncia de la
soberanía ni una aceptación pasiva de presiones externas, con todos los riesgos
que ello pueda implicar, sino una demanda de una gobernabilidad eficaz en medio
de un entorno internacional cada vez más incierto.
De allí la claridad que debemos
tener de este momento político, de la coyuntura como gusta decir de algunos y
algunas analistas. Gobernar bajo presión exige no solo tener la capacidad
administrativa y económica sino además tener la conducción simbólica y
cultural. Requiere relatos que expliquen, que convoquen. Requiere reconstruir
la confianza colectiva y fortalecer la cohesión social frente a los intentos de
fragmentación inducida y en marcha en estos momentos.
El mundo multipolar
no debemos entenderla como una realidad plenamente constituida. Hay un largo
trecho por recorrer en ese sentido. Por eso es que es un proceso en desarrollo,
atravesado por tensiones, asimetrías y contradicciones. Las economías
emergentes del mundo de hoy articulan intereses, pero no conforman un bloque
homogéneo aun capaz de disputar hegemonía en todos los planos. En ese
escenario, Venezuela navega entre oportunidades y riesgos, obligada a ejercer
una diplomacia estratégica y una política interna orientada a la estabilidad.
En resumen, lo que
está en juego no es únicamente un conflicto entre Estados, sino la forma misma
en que se organiza el poder en el siglo XXI. Comprender esa mutación es
condición indispensable para no quedar atrapados en categorías del pasado. La
confrontación ya no busca derrotar de manera frontal; busca reprogramar
mentalidades, expectativas y sentidos, o mejor expresado como hemos señalado,
la reactivación del pensamiento colonial subyacente para la dominación. Frente
a ello, la respuesta pasa por más política, más comprensión histórica y más
capacidad de interpretar las tendencias profundas del tiempo que vivimos.
Por ello señalamos
en nuestras más recientes intervenciones públicas que el imperialismo
estadounidense no busca solo el desplazamiento del chavismo del poder político,
sino acabarlo como entidad social, cultural, política y hasta espiritual.
Y debemos
aclararlo. Si bien tenemos posiciones intensas y apasionadas producto de
nuestro amor a la patria, lo que ha devenido a algunos compañeros y compañeras
a advertirnos, les expresamos que no estamos planteando de ninguna manera una
confrontación en términos tradicionales con el imperialismo, porque sabemos que
sería suicida o la no comprensión de las negociaciones en lo táctico, que el
gobierno de la Presidenta (E ) deba llevar con los gringos. Pero a nuestro
juicio, tampoco se trata de que no tengamos claridad estratégica ni que pensemos
que con los gringos o con la llegada de un gobierno de ultra derecha, las cosas
se van a arreglar en Venezuela.
Cuando un pueblo no
tiene claridad identitaria, recibe su primera derrota en estas confrontaciones
de nuevo cuño mundiales.
¡Bolívar y Chávez Viven y sus luchas y la Patria que
nos legaron siguen!
¡Independencia y Patria Socialista!
¡Viviremos y Venceremos!
¡Leales siempre: Traidores Nunca!
* Abogado, Defensor de Derechos Humanos,
Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiteros y Tuiteras
Socialistas. , jmartoranoster@gmail.com, j_martorano@hotmail.com , juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar , cuenta
tuiter e instagram: @juanmartorano, cuenta facebook: Juan Martorano Castillo.
Canal de Telegram: El Canal de Martorano


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