Serguéi Lavrov expuso con bastante tino que “el caso de Jeffrey Epstein revela la verdadera cara de las élites occidentales”. En efecto, la relativización de la plusvalía —en esta fase de acumulación de capital, con la exigencia desmesurada de inversiones permanentes en capital constante o en tecnologías de última generación— exige “salvar” la tasa de ganancia en detrimento del salario y del trabajo productivo-decente.
Es obvio que la economía subterránea (prostitución, trata de mujeres, pedofilia, etcétera) desplaza el trabajo “vivo” a favor del trabajo “muerto”. Por supuesto, que este tipo de inversión y acumulación de capital requiere una “élite global capitalista” corrompida moralmente.
Las empresas de inteligencia artificial y tecnológicas de punta requieren que el conocimiento científico se relativice dándole paso al “punto de vista”, a la opinión, a la “mirada subjetiva” del mundo (que deja de ser objetivo). En consecuencia, el “todo vale” se instala como “cemento” valorativo de las relaciones sociales.
Es decir, la ciencia está totalmente asfixiada por la racionalidad del cientificismo que es dogmático y que responde a los intereses de la dinámica imperialista (en este caso estadounidense). En efecto, Epstein trata de la expresión posmoderna y neocolonial de este momento histórico en el campo del conocimiento.
El problema de la verdad es torpedeado por un constructivismo psicologista que destroza la epistemología a favor de los grandes relatos vaciados de luchas de clases, de historia y de las propias conjeturas y refutaciones “refinadas” —como diría Imre Lakatos— que llevan a la ciencia al abismo de la “nada” y a la civilización a su hecatombe.
Las universidades, especialmente las ubicadas en el área del no-desarrollo, deben unir esfuerzos por defender la racionalidad de una ciencia para la vida y en contra de la cultura de la muerte que promociona un grupo selecto que detenta el poder jurídico y económico sobre los medios de producción.
Lamentablemente, un rasgo neocolonial es el de seguir la tendencia de “moda” en el terreno de las ciencias sociales y humanas. El marxismo fue atacado con fuerza en la década de los años 80 durante el proceso de reingeniería y la fuga de capitales ¿Qué casualidad? De allí, el pensamiento único y sus “delincuentes” neoliberales han sido legitimados. ¡Viva la ciencia! ¡Abajo el cientificismo!


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