jueves, 5 de febrero de 2026

Condición de asunto de interés nacional

 CAROLYS HELENA PÉREZ GONZÁLEZ

Hay momentos en la historia de un país que no se dejan leer desde la inmediatez, porque cargan capas de memoria, de luchas acumuladas y de silencios largos. Que una mujer tome el bastón de mando de la Fanb ocurre sobre ese sedimento histórico donde las mujeres fuimos durante siglos espectadoras forzadas del poder: llamadas a obedecer, a sostener, pero rara vez a mandar. Por eso este hecho no es solo un acontecimiento político; es una escena que nos obliga a preguntarnos qué cambia cuando el poder adopta un cuerpo históricamente omitido, y qué permanece intacto si no transformamos las lógicas que lo sostienen.


Venezuela atraviesa un momento complejo, marcado por la violencia política, el desgaste institucional y una cultura de confrontación que ha dejado huellas profundas en la vida cotidiana. En ese contexto, la violencia política hacia las mujeres no ha sido un fenómeno excepcional: ha operado de manera sistemática, muchas veces silenciosa, negando autoridad, cuestionando legitimidades y castigando la presencia femenina en los espacios donde se decide el rumbo del país.


Como insistía Argelia Laya en Nuestra causa, “la condición de la mujer es un asunto de interés nacional”. Es una dimensión política central. Por eso, cuando una mujer ocupa un lugar de mando, la pregunta no se agota en el hecho, sino en lo que ese hecho transforma —o no— en la estructura que lo sostiene.


La historia enseña que el poder puede cambiar de rostro sin alterar sus prácticas. La presencia de una mujer en una institución tradicionalmente masculina interpela y exige una vigilancia crítica. ¿Estamos ante un quiebre real de la cultura patriarcal o ante una reconfiguración simbólica que deja la tarea de revolucionar sus lógicas más profundas?
El feminismo popular y crítico ha procurado la participación real de las mujeres desde el llamado histórico a hacer la revolución. Nos interesa la transformación de las relaciones de poder, la erradicación de la violencia política y la construcción de una paz que no se imponga desde la fuerza, sino desde la justicia. Como advertía Argelia, no hay emancipación posible si las mujeres somos utilizadas para legitimar proyectos que no nos reconocen como sujetas políticas.


Este momento exige una mirada responsable, sin simplificaciones ni consignas vacías. Reconocer el peso histórico de lo que ocurre no implica renunciar a la crítica. Que sirva para insistir en una Venezuela donde la participación de las mujeres no sea excepcional ni decorativa, y donde la igualdad pase esa larga etapa de ser discurso para convertirse en práctica política cotidiana.


¡Venceremos, palabra de mujer!



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