jueves, 5 de febrero de 2026

Trinchera de ideas |"Mátame suavemente": película preferida de L. Dogu

 nueva embajadora de EE. UU. en Venezuela

Ha transcurrido un mes desde el secuestro del presidente Maduro y la designación de Delcy Rodríguez —según mandato constitucional— como presidenta encargada, aunque Estados Unidos se obstine en llamarla “presidenta interina”.

La gestión ha transcurrido en el marco de una guerra cognitiva caracterizada por posiciones encontradas en torno a lo que sucede y en la que, en mi caso, parto de la base de que el Gobierno estadounidense falsea la información con el objetivo de debilitar la conciencia nacional y patriótica, fracturar la sociedad y crear grietas en la defensa del país y en el apoyo del pueblo a su gobierno legal y legítimo. Como si fuera una religión, del lado del Gobierno han llamado a “creer y confiar”, que es lo que yo hago, aun sin ser creyente.

Me parece que, considerando que la presidenta encargada está “negociando” con un misil en la cabeza, aun con la aprobación “flash” de la reforma a la Ley de Hidrocarburos, la creación del Fondo de Catar, las prohibiciones de vender petróleo libremente a quien Venezuela lo considere y la “visita” del jefe de la CIA (que, por cierto, considero mucho mejor que si hubiera venido Marco Rubio), ha tenido un extraordinario mes de gestión, habida cuenta de que somos un país intervenido con un presidente secuestrado.

Lo que está en juego es la sobrevivencia del Estado y la república que, en caso de perderse, haría banal la discusión sobre cualquier otro tema. Treinta y tres años se demoró Cuba en desprenderse de la enmienda Platt de su Constitución y otros 25 en hacer su revolución. Los tiempos de los países y los pueblos son distintos a los tiempos de los humanos. Un amigo, casi un hermano nicaragüense de muchos años, me dijo que nosotros habíamos “comprado paz a cambio de soberanía” y yo le dije que los sandinistas sabiamente habían entregado el Gobierno en elecciones en 1990 a fin de detener la sangrienta guerra impuesta por el imperialismo que había causado decenas de miles de muertos y una devastación total del país, para regresar en mejor forma 17 años después y recuperar el poder. Los tiempos de los países y los pueblos son distintos a los tiempos de los humanos.

Todo lo que está ocurriendo es comprensible. Estamos en el Hemisferio Occidental, el que la mayor potencia militar del planeta declaró como su propiedad sin que haya fuerza en el planeta que pueda oponerse a ello. No obstante, lo que nunca podemos abandonar es la defensa irrestricta de la dignidad de Venezuela, porque eso es lo que heredamos de Bolívar y de Chávez y no puede estar en juego en ninguna negociación. Suscribo plenamente lo que dijo el maestro Luis Britto García: “Somos víctimas de una agresión alevosa, sanguinaria y no provocada. Sin previa declaratoria de hostilidades, con armamento tecnológicamente superior, masacraron a centenares de compatriotas, en su mayoría no combatientes. Mientras no se firme un tratado de paz digno, estamos en guerra: ejército y autoridades de Estados Unidos son enemigos, y como tales deben ser tratados”.

En ese marco y reconociendo el gran esfuerzo que está haciendo el Gobierno por mejorar las condiciones de vida de la población, debe entenderse que ese trabajo no se hará al costo de la entrega de la soberanía y la seguridad del Estado. Hay que recordar la diferencia entre lo ocurrido casi al mismo tiempo en China y la Unión Soviética. Los soviéticos pensaron que era posible realizar cambios simultáneos en la economía y la política y el resultado fue su desaparición. China, por el contrario, consideró necesario hacer profundos cambios económicos, incluso reformando su Constitución para permitir la inversión extranjera, pero sin hacer el más mínimo cambio político. Cuando en 1989, fuerzas terroristas internas apoyadas desde el extranjero lo intentaron a través de la violencia, cayó sobre ellos todo el peso del Estado a fin de salvaguardar el sistema político y hacer que China sea hoy una potencia mundial de primer nivel.

En este marco, espero que nuestra Fuerza Armada no acuda a la reunión de jefes de ejércitos de América convocada para realizarse en Washington el próximo 11 de febrero por el general estadounidense Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Sería muy “extraño”, por decirlo elegantemente, que un general de nuestra Fuerza Armada asista al llamado de quien, bajo órdenes de Trump y Rubio, es el asesino directo de nuestros compatriotas y perpetrador del secuestro de nuestro presidente.

Estados Unidos no puede tener injerencia en nuestra Fuerza Armada y en nuestros órganos de seguridad. Eso sería violentar el pensamiento del comandante Chávez, que hizo que nuestra Fuerza Armada fuera realmente bolivariana y antimonroísta. Llama la atención que nuestros principales aliados, Cuba y Nicaragua, no hayan sido convocados a dicha reunión.

Por otra parte, siguiendo la ancestral tradición venezolana de conceder indultos, la presidenta encargada Delcy Rodríguez también ha decidido hacerlo, concediéndole la libertad a una gran cantidad de terroristas, incluyendo a 5 estadounidenses. Eso no puede detener nuestra exigencia de libertad para el presidente Maduro y su esposa, que es la primera responsabilidad ética y moral del Gobierno.

Debemos entender que Estados Unidos no ha modificado un ápice la voluntad de cambio de régimen que signa su política hacia Venezuela. Hay que tener claro que ese era el objetivo principal de la incursión militar del 3 de enero; el secuestro del presidente Maduro era solo una parte de ello. Pero no lo lograron ese día y ahora lo van a intentar de otra forma, con otros métodos y otros instrumentos.

Trump es ante todo un empresario pragmático y en ese sentido se dio cuenta de que un cambio de régimen por la fuerza y la imposición de un gobierno de la extrema derecha no le iba a garantizar lo que desea, que es apoderarse de la riqueza energética de Venezuela. Sus altos jefes militares lo alertaron de que, en caso de no lograr una victoria inmediata, la permanencia en Venezuela por mucho tiempo le iba a causar muchos dolores de cabeza. Por eso no desembarcaron las tropas que tenían en los navíos de guerra (más de 15.000 soldados) que debían llegar al país por La Carlota, Maiquetía e Higuerote. Supo Trump, porque sus generales se lo dijeron, que ello significaría el inicio de una lucha armada que tendría como primer objetivo para los venezolanos detonar todos los oleoductos, los pozos petroleros y las terminales de carga de crudo. No se llevarían una sola gota de petróleo. Y para eso no se necesita un ejército, solo un cuerpo de 720 combatientes especializados y organizados en pequeños grupos de acción que ya el país posee.

Pero como Trump es pragmático, también ha entendido que la oposición terrorista no tiene capacidad de dirigir el país. Lo dijo él mismo con contundencia refiriéndose a Machado: “Creo que sería muy difícil para ella ser la líder. No cuenta con el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy amable, pero no goza del respeto necesario”. Por eso la hizo entrar a la Casa Blanca por la cocina.

Durante 26 años, el terrorismo de extrema derecha le ha informado a los gobiernos estadounidenses acerca de la inminente caída de Chávez y Maduro, la inminente fractura de la Fuerza Armada, el inminente reclutamiento de decenas de generales, la inminente deserción de unidades completas de la Fuerza Armada, las inminentes contradicciones fratricidas al interior del liderazgo chavista y muchas patrañas más que trajeron como respuesta jugosas transferencias en dólares y euros a los líderes de la oposición terrorista, sin que Estados Unidos y Europa pudieran obtener éxito alguno.

Con Trump, las cosas son diferentes. Si puede negociar con el chavismo, ¿por qué no hacerlo? Si son ellos, los únicos que garantizan paz y gobernabilidad y con ello el envío del tan ansiado petróleo que pueda alimentar el alma consumista de los estadounidenses y transformarlo a él en el adalid de la sostenibilidad de la tambaleante economía de Estados Unidos, ¿por qué no hacerlo? Lo hizo, pero claro, al estilo Trump: una retórica fuerte, muchas amenazas, el chantaje, la presión, la agresión armada y el secuestro del presidente, pero no es solo él: es la natural actitud imperialista. Hay que recordar que todo esto (en su fase actual) lo comenzó Obama.

Una vez hecho todo esto, ahora se imponen otras circunstancias y otros métodos. Para eso ha venido Laura Dogu a Venezuela. Su objetivo, como ella misma lo ha dicho, es trabajar para el derrocamiento del gobierno chavista; por supuesto, lo disfraza hablando del “regreso de figuras opositoras exiliadas y la celebración de elecciones libres”, es decir, impunidad para quienes ordenaron el asesinato de venezolanos, clamaron por un ataque armado contra el país, aplaudieron el asesinato de 83 venezolanos y cubanos que defendían al presidente y celebraron su secuestro. “Elecciones libres” que además interrumpirían el período presidencial del presidente Maduro y violentarían la Constitución Nacional.

Olvídense de cooperación y amistad. Habida cuenta de su trayectoria y su currículo, es muy claro que ella ha venido a hacer lo que María Corina Machado y todos los líderes terroristas no han podido. Ella es ahora la jefa de la oposición de Venezuela.

Laura Dogu fue la gestora de la impensada unidad de la oposición mexicana. Logró unir al PAN, al PRI y hasta al “izquierdista” PRD para evitar que Andrés Manuel López Obrador llegara a la presidencia. Su “éxito” la llevó a ser nombrada embajadora en Nicaragua, donde, ante la ausencia de liderazgo opositor, financió, instruyó y organizó el fracasado golpe de Estado contra el gobierno sandinista en 2018. Posteriormente, fue nombrada en Honduras en 2022, donde fue la artífice del fraude electoral de las pasadas elecciones cuando, desde Washington, se impuso —como lo dijo Trump abiertamente— el presidente que él había decidido que debía gobernar ese país.

Un amigo mexicano que la frecuentó durante su estadía en ese país me dijo que “es una mujer muy hábil e inteligente, pragmática, no confrontativa y diplomática que siempre busca abrir puertas para introducirse… y que hasta es respetuosa”. Agregó que “con ella se puede tener una relación sin problemas, sabiendo quién es, porque seguro que ella sabe quién eres tú. Se acomoda, va extendiendo su red acorde a sus intereses, es gradual y 'digerible', no tiene nada que ver con la agresividad verbal de Trump y Rubio, es campechana, se ríe y en privado hasta se podría permitir decir que 'Trump es un loco'”.

Mi amigo opina que es la selección más inteligente que se haya podido hacer para desestabilizar a Venezuela porque vende sus intereses “al suave”, buscando un 'aterrizaje blando' para que Venezuela caiga poco a poco en las manos de Estados Unidos.

Hay que estar muy pendiente de sus movimientos desestabilizadores. Con ella Trump pretende combinar su propia agresividad verbal, el chantaje, la presión y la amenaza que le son propios, con la “suavidad” de su representante, a fin de lograr sus objetivos. Estará en el pueblo de Venezuela, su gobierno, su Fuerza Armada y sus órganos de seguridad decidir si el destino del país es el de Nicaragua 2018 o el de Honduras 2025. “Killing me softly” es la película preferida de Laura Dogu.

Venezuela debe responder con unidad y más unidad, apoyo a la administración de la presidenta encargada que se deberá concretar en más poder popular, mejor gestión económica y un mayor vínculo con gobernadores y alcaldes, que son los que conocen su territorio y que pueden servir de correa de transmisión entre el pueblo y la presidenta y viceversa, para avanzar en la territorialización de la defensa y lograr el objetivo de hacer de Venezuela un país inexpugnable.

Sergio Rodríguez Gelfenstein

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