miércoles, 18 de febrero de 2026

Entropía política y termodinámica del Estado. El salto hacia la soberanía contributiva.

 Por: Kelly J. Pottella G.

La arquitectura geopolítica del hemisferio occidental está experimentando una reingeniería sistémica que redefine la soberanía operativa bajo las leyes de la eficiencia energética y la estabilidad estructural. Venezuela, tras décadas de inercia bajo un modelo de gestión ideologizado, ha experimentado un proceso de entropía política: la degradación irreversible de una estructura que agotó su capacidad para transformar recursos en orden social. Este fenómeno es consecuencia del colapso de una clase política tradicional, víctima de una dependencia rentista estructural, que prioriza la captura de excedentes sobre el desarrollo de capacidades. En este vacío, surge un nuevo equilibrio bajo la administración de Donald Trump, basado en el Realismo Transaccional, que privilegia la certeza operativa sobre la retórica convencional.

El historial de la oposición tradicional ofrece una lección fundamental sobre la dinámica de sistemas: la persistencia de liderazgos que no lograron consolidar un control estatal efectivo revela la ineficacia de los modelos de asistencia externa que carecen de un programa de desarrollo industrial. El actual cambio estratégico de Washington sustituye la ineficiente intermediación política por un Alineamiento Administrativo bajo tutela técnica. A través del marco de la Licencia General de la OFAC, Venezuela se integra funcionalmente a la infraestructura de seguridad de Estados Unidos. Este esquema no solo garantiza la administración de las mayores reservas de hidrocarburos del mundo, sino que también asegura el suministro de minerales críticos y tierras raras, activos indispensables para preservar la superioridad tecnológica occidental frente a la entropía geopolítica euroasiática.

Este nuevo paradigma se sustenta en la Gobernanza de Doble Vía. Este blindaje legal disocia la gestión técnica de activos estratégicos de la dialéctica política interna, mitigando el riesgo país y facilitando una logística de producción cercana que optimiza la seguridad energética del Atlántico. Venezuela se posiciona así como el centro de servicios de la Cuenca del Caribe, estabilizando la región mediante un suministro confiable de gas y electricidad, lo que a su vez neutraliza las presiones migratorias y fortalece la resiliencia hemisférica.

Este proceso representa la materialización de una nueva psicología social. La resiliencia de los ciudadanos que permanecieron en el país constituye hoy el principal activo de la nación: un "Bono de Resiliencia" representado por una fuerza laboral disciplinada ante la adversidad y técnicamente capacitada, que ha transitado de la dependencia de los subsidios a la lógica de la productividad. Esta afirmación de la identidad nacional, despojada de la inercia del pasado, es hoy la base de una paz basada en el intercambio de valor real.

El renacimiento del Estado Productivo venezolano marca el inicio de una soberanía contributiva dentro del sistema internacional. La estabilidad lograda mediante la sucesión técnica bajo la presidencia interina Delcy Rodríguez, basada en la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, envía un mensaje de certidumbre a los mercados globales. Venezuela se proyecta hoy como el activo más estratégico de la administración Trump y el seguro de vida energético de las potencias occidentales; una nación que ha comprendido que su prestigio reside en ser el baluarte de la estabilidad y el motor económico de un hemisferio que exige resultados medibles, respeto mutuo y sostenibilidad estructural.

Este nuevo orden no es un reflejo de la paz idílica soñada durante mucho tiempo por los venezolanos, sino más bien el resultado de una necesidad sistémica.

Es la realidad irreversible que emerge del colapso del pasado, una realidad que la supervivencia de la República exige que afrontemos con una resolución decidida, despojada de toda nostalgia.



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