Hay una idea que incomoda, pero que necesitamos nombrar sin rodeos: no todas las personas pueden hacer política en igualdad de condiciones. Y no porque no quieran, sino porque no pueden.
Lo que hoy llamamos pobreza política no es solo la falta de representación, sino la limitación material para ejercer ciudadanía. Como plantea Amartya Sen (1999), la pobreza no puede entenderse únicamente como falta de ingresos, sino como privación de capacidades, lo que significa que participar en la vida pública desde las cosas más sencillas como opinar, organizarse, incidir es, precisamente, una capacidad.
Cuando el tiempo se consume en sobrevivir, la política deja de ser un derecho y se convierte en un lujo. Aquí aparece una dimensión que pocas veces se nombra: la desigual distribución del tiempo. Autoras como Nancy Fraser (2016) y Silvia Federici (2012) han insistido en que el sistema económico se sostiene sobre una base invisible de trabajo de cuidados, mayoritariamente realizado por mujeres. Ese trabajo sostiene la vida, pero también limita la posibilidad de participación política.
No es casual, entonces, que quienes más cuidan, menos participen. No es apatía: es estructura.
A esto se suma lo que Pierre Bourdieu llamaría desigualdad en el capital social y simbólico: no todas las voces tienen el mismo peso, ni el mismo acceso a los espacios donde se decide.
Entonces la pregunta cambia: no es por qué la gente no participa, sino qué condiciones materiales, simbólicas y afectivas están impidiendo esa participación. Volvemos así a la narrativa, aquello de lo que hablábamos hace unas semanas. Porque, como advierte Byung-Chul Han, una sociedad sin relatos compartidos pierde la capacidad de articular sentido. Pero también pierde la posibilidad de reconocerse como sujeto político colectivo.
Si la política no logra nombrar estas desigualdades (de tiempo, de cuidado, de riesgo, de voz), seguirá hablándole solo a quienes pueden permitirse escucharla. Y entonces la democracia se vuelve un discurso vacío: una promesa de participación para quienes ya están dentro.
Revolucionar la política pasa, necesariamente, por redistribuir no solo la riqueza, sino también el tiempo, la voz y la posibilidad de estar. Porque sin eso, no hay ciudadanía plena y sin ciudadanía plena, no hay transformación sostenible, así sin más.
¡Venceremos, palabra de mujer!
.jpg)

No hay comentarios:
Publicar un comentario