Por: Kelly J. Pottella G. 30 de diciembre de 2025.
El orden internacional nacido de la posguerra ha fenecido. Estamos entrando en lo que definimos como el "Ciclo G-Zero": un escenario de entropía global donde el vacío de liderazgo ha paralizado a instituciones como la ONU, reduciéndolas a un mero teatro de sombras. En este entorno, la colisión entre Estados Unidos y Venezuela ha dejado de ser una disputa regional para convertirse en el laboratorio de un nuevo paradigma de poder. Mientras Washington aplica un Realismo Transaccional —una política de "negocios a la fuerza"—, Venezuela articula una respuesta fundamentada en la Antifragilidad.
Para comprender esta dinámica, es necesario mirar más allá de los titulares convencionales. Estados Unidos ha activado el Corolario Trump: una actualización agresiva de la Doctrina Monroe que pretende gestionar el Caribe como una propiedad privada bajo asedio. Al no poder imponer su agenda en un Consejo de Seguridad bloqueado, Washington recurre al narcisismo geopolítico, utilizando su capacidad militar para intentar interceptar flujos físicos de energía. Sin embargo, esta agresividad genera un costo oculto: el endofascismo. Al instrumentalizar leyes de excepción —como la Ley de Enemigos Extranjeros de 1798— para perseguir activos y ciudadanos venezolanos, el Estado agresor termina erosionando sus propias garantías constitucionales y fragmentando su cohesión social interna. La agresión externa se convierte así en un veneno doméstico que debilita la estructura misma de la democracia estadounidense, mientras intenta proyectar una hegemonía que ya no posee.
Ante la obsolescencia del arbitraje internacional, la respuesta venezolana para ejercer su derecho a la defensa es técnica y disruptiva: la Inoperatividad Programada o Inviolabilidad Operativa. Bajo el amparo de la Ley Constitucional Antibloqueo, Venezuela ha blindado sus complejos estratégicos con protocolos ciber-industriales que transforman el activo en un "estorbo" para el invasor. Bajo esta lógica, la infraestructura estratégica posee una cláusula de rescisión técnica automática: ante un intento de toma hostil o desposesión ilícita, los sistemas se bloquean integralmente, volviéndose inútiles para el ocupante. Esto anula la racionalidad económica de la agresión; el recurso deja de ser un "botín codiciado" para convertirse en un pasivo geopolítico sin valor de uso que solo el mando soberano puede reactivar.
Esta transición define la soberanía técnica del siglo XXI, donde ya no se trata solo de reconocimiento diplomático, sino de capacidad operativa de exclusión. Mientras el sistema financiero occidental utiliza el dólar como herramienta de guerra, Venezuela ha consolidado una infraestructura invisible mediante Tecnologías de Contabilidad Distribuida (DLT). Esta arquitectura de resistencia encuentra su columna vertebral en la convergencia con el bloque BRICS+. Venezuela no solo está sorteando el bloqueo, sino que está integrando su economía en la nueva Ruta de la Seda Digital. Mediante el uso de DLT y protocolos de mensajería financiera soberanos, el país liquida sus exportaciones en cestas de monedas locales, eliminando la dependencia del sistema SWIFT y la intermediación de la banca bajo control de la OFAC. Esta transición hacia un clearing multipolar transforma el comercio exterior de un "permiso" concedido por Washington en un flujo inalienable de soberanía. La antifragilidad es precisamente esto: el desorden provocado por el bloqueo ha acelerado una independencia que, en condiciones de normalidad, habría tomado décadas.
Sin embargo, esta "Llave Maestra" sería inerte sin el componente que cohesiona la arquitectura técnica: el Talento Humano Soberano. La antifragilidad venezolana no reside solo en algoritmos, sino en una alianza obrero-científica capaz de operar en la incertidumbre. A esto se suma la gestión de los Minerales Críticos bajo el mismo protocolo de inoperatividad; al blindar el litio, el gas y las tierras raras con estos sistemas de exclusión técnica, Venezuela no solo protege su subsuelo, sino que adquiere un poder de negociación asimétrico sobre las cadenas de suministro de la transición energética global. Finalmente, esta defensa se completa con la Soberanía Cognitiva: la creación de infraestructuras de datos propias y el uso de Inteligencia Artificial soberana para neutralizar la guerra algorítmica externa. La autonomía operativa es, en última instancia, la capacidad de pensar, producir y protegerse sin pedir permiso al viejo centro del mundo.
El conflicto entre EE. UU. y Venezuela demuestra que el modelo de jerarquía internacional ha caducado. El ascenso del Sur Global ha dejado un vacío que la fuerza bruta ya no puede llenar. Al avanzar hacia 2026, el éxito de una nación no dependerá de su apelación a tratados inoperantes, sino de su capacidad para convertir la presión externa en autonomía operativa. Venezuela se erige como el paradigma de este nuevo orden, donde la soberanía es, ante todo, la facultad técnica de excluir al que intenta dominar, garantizando que el costo de la agresión supere siempre, y por amplio margen, cualquier beneficio esperado. La "Llave Maestra" ya no es el fusil, sino el control soberano sobre el código, el dato y el flujo.


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