lunes, 7 de febrero de 2011

Culpechave.

Roberto Hernández Montoya 



Un fanático no cambia ni de opinión ni de tema.
Winston Churchill
  Todo es culpechave. «El cólera en Massachusetts es culpechave», «las inundaciones en Australia son culpechave». La palabra culpechave es, pues, generalmente un predicado nominal. ¿O será un adverbio de modo? Bromeo, claro. Sea lo que sea, es uno de los nombres de la locura.
  Porque es locura sostener, sin pestañear ni titubear, que Carlos Andrés Pérez no pudo divorciarse porque Chávez lo tenía “bloqueado”. No voy a ofender la inteligencia de quien me hace el honor de leerme refutando furores, porque además tampoco soy siquiatra.
    ¿Será sociatra que intento ser? Ofrezco ese neologismo de sociatría para el estudio de los trastornos mentales en su contexto social, como se proponía la siquiatría social de los años 60. Como ya hablé en is.gd/IBcex5 de las hipérboles acatarradas, no me reocupo.
  La gente que trata con perturbados mentales llama a esto trastorno obsesivo-compulsivo (T.O.C.). Les dices, por ejemplo:
  --Me acabo de comer un arroz con pollo bien sabroso.
  Y te responden:
  --Ah, sí… por cierto, hablando del arroz con pollo: ¡Maldito sea Chávez!
  Es como quienes se creen bajo la persecución de platillos voladores con enanitos verdes y todo. No olvides las antenitas.
  Continúo este ejercicio ilegal de la siquiatría: se sabe que hay un porcentaje de personas susceptibles a esta endemia tanto como las hay propensas al asma o a la jaqueca. Y basta un medio de comunicación obsesivo-compulsivo para precipitar el mal. La cosa es gradual, desde quienes a veces piensan en temas recurrentes hasta quienes no pueden rumiar otra cosa y terminan en el hospital. En serio. O participando en acciones descabelladas contra el rrrÉgimen. Sí, el T.O.C. a menudo se combina con paranoia.
  Una vez hallé por sexto día consecutivo a un tipo hablando pestes de Chávez. Como nunca lo vi hablando de otro tema, le dije:
  --Usted debe estar pagado por Chávez. Llevo ya seis horas que me levanté y no lo había recordado y probablemente si usted no me lo nombra hubiera pasado otras seis horas sin él en mente.
  No sé qué me respondió porque en ese momento se abrió el ascensor y me escabullí, riéndome de mi maldad del día.
  Hasta aquí llega mi siquiatría porque no sé cómo se cura el T.O.C., lo siento.
roberto.hernandez.montoya@gmail.com

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