domingo, 19 de julio de 2009

El mundo celebra los 30 años del triunfo de la Revolución sandinista.


Hernán Mena Cifuentes


Asombra como en Nicaragua, un país tan pequeño, todo sea grande. Lagos y volcanes, selvas, ríos y montañas y una revolución hecha por un pueblo gigante en dignidad y valentía que se rebeló para vencer al más grande de los imperios, a la más cruel de las dictaduras, y cuando lo creyeron derrotado triunfó esta vez sobre una pitiyanqui oligarquía, y hoy celebra su histórica victoria de hace 30 años. ¿Cómo se explica que ese pueblo, que cuando habla teje poemas y canciones poniendo cada palabra en diminutivo y acentuación aguda en alarde de amor y armonía, haya respondido con la furia de un huracán del Caribe a las agresiones de Estados Unidos (EEUU) y a sus vasallos que atentaron y aún atentan contra su dignidad y soberanía, aunque para vencerlos haya tenido que pagar con lágrimas, sudor y sangre su indeclinable decisión de ser libre y no esclavo'. No es ningún secreto, pues Nicaragua como el resto de América Latina y el Caribe sufrió en carne propia invasiones de imperios europeos hasta que su pueblo se rebeló y conquistó su primera independencia, y cuando EEUU, un nuevo imperio, la invadió y ocupó retomó a la lucha bajo el liderazgo de Sandino, y al caer el mítico guerrillero víctima de la traición de un Judas el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), su legítimo heredero, rescató sus estandartes hasta conducirlo a la victoria. Bolívar había dicho un siglo antes que “EEUU parece destinado por la providencia para plagar de miseria a América a nombre de la libertad,” y cuando su profecía comenzaba a hacerse realidad en Nicaragua el “General de hombres libres” lo impidió derrotando a los marines yanquis, pero tras su muerte, el imperio volvió a la carga imponiendo a la dinastía criminal de los Somoza. Anastasio Somoza, padre del siniestro clan, desgobernó al país con mano de hierro, encarcelando, torturando y asesinando a miles de nicaragüenses, explotando al pueblo y saqueando la riqueza de la pequeña nación hasta acumular una fortuna tan inmensa que, cuando se le preguntó sobre su patrimonio, respondió cínicamente: “Que yo sepa, sólo tengo una hacienda y se llama Nicaragua”. Tampoco el presidente Franklyn D. Roosevelt dudó en calificarlo como lo que era, cuando en 1939 dijo:“He may be a son of a bitch, but he is our son of a bitch”. “Será un hijo de p…, pero es nuestro hijo de p…”. Pero, la justicia, aunque a veces tarda, siempre llega y 22 años después de asesinar a Sandino, llegó de la mano del poeta y mártir Rigoberto López, quien se infiltró en un acto proselitista en el que Somoza buscaba votos para reelegirse, disparándole una bala que se alojó en la columna de la víctima, y a pesar de que el presidente Eisenhower lo envió a Panamá para ser intervenido, a fin de salvar su vida, falleció a los pocos días. Le sucedió su hijo Luis, quien gobernó como su padre, masacrando, torturando y acumulando más riqueza mal habida, siempre con el respaldo incondicional de Washington que a cambio obtenía cuanto se le antojaba, como hacer de Nicaragua, cabeza de playa desde donde se lanzó en abril de 1961 una invasión contra Cuba, operación que fracasó cuando el pueblo armado, con Fidel al frente, infligió en Playa Girón una humillante derrota a los invasores. Ese mismo año tres jóvenes estudiantes revolucionarios, Carlos Fonseca, Tomás Borge y Silvio Mayorga, fundaban en Tegucigalpa, Honduras, el Frente Sandinista de Liberación Nacional, asumiendo el reto histórico de convertir en realidad la profecía de Sandino, quien poco antes de morir dijo:“Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte y si morimos nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán'. Fue así como el FSLN se convirtió en simiente de la que brotaría una gloriosa epopeya conocida como la Revolución Nicaragüense o Revolución Sandinista, gesta heroica de un pueblo que contra todos los pronósticos lanzaría al basurero de la historia a la dinastía al derrocar a Anastasio Somoza Debayle, su último miembro, quien tras la muerte de su hermano Luis, víctima de un infarto en 1967, le sucedió al mando de la dictadura. Un baño de sangre fue lo que desató a partir de entonces la Guardia Nacional (GN) del dictador contra el pueblo y el FSLN, encarcelando, torturando y asesinando gente a lo largo y ancho del país, entre ellas a muchos dirigentes del FSLN, quienes en alarde de heroísmo y valentía enfrentaron la embestida, cayendo muchos de ellos en combate, como Julio Buitrago, quien murió en 1969 enfrentando solo a más de 300 guardias, lo mismo que Leonel Lugama, otro mártir de la resistencia. Dos años antes, en 1967, había caído Silvio Mayorga y en 1976 Amador Fonseca, mientras que Tomás Borge era capturado ese mismo año, siendo sometido a las torturas más salvajes, suplicio que sintetiza el horror y la crueldad que padecieron miles de presos en las mazmorras de la GN. Su dantesco martirio es descrito con la crudeza del dolor que se infiltra, contrapuesto a la hermosura del estilo narrativo que desgrana el autor de “Las venas abiertas de América Latina” en su crónica. Eduardo Galeano cuenta la historia de la Revolución Sandinista: “1977.Managua.-Tomás.- Atado a una argolla, tiritando, todo encastrado de mierda y sangre y vómito, Tomás Borge es un montoncito de huesos rotos y de nervios desnudos, una piltrafa que yace en el suelo esperando el próximo turno de suplicio. Pero ese resto de él todavía puede navegar por los secretos ríos que lo viajan más allá del dolor y la locura, dejándose ir llega a Nicaragua; y la ve. A través de la capucha que le estruja la cara hinchada, la ve: cuenta las camas de cada hospital, las ventanas de cada escuela, los árboles de cada parque y ve a los dormidos parpadeando, encandilados, los muertos de hambre y los muertos de todo que están siendo despertados por los soles recién nacidos de su vuelo”. Dos años más tarde, casi muerto, el único sobreviviente de los fundadores del FSLN fue liberado por sus compañeros, cuando en 1978 estos asaltaron “La Chanchera”, como el pueblo llamaba a la sede del Congreso Nacional, y lo canjearon junto con otros prisioneros por decenas de corruptos congresistas que habían tomados como rehenes. Pero, por cada combatiente caído, miles se levantaban para tomar su puesto en la batalla, entre estos el comandante Daniel Ortega, quien había ingresado a las filas del FSLN en 1963 y en pleno apogeo de la dictadura de Luis Somoza Debayle fue capturado en 1967, pero sería rescatado en 1974 por un comando del Frente que asaltó la residencia del presidente del Banco Nacional de Nicaragua que canjeó a los rehenes por Ortega y otros guerrilleros prisioneros. Ortega habría de convertirse en la máxima figura del FSLN, cuya combatividad se incrementó durante la ofensiva final de los guerrilleros que entraron a Managua tras cruentas batallas con episodios de heroísmo y martirio indescriptibles en las que participaron al lado de los guerrilleros y de miles de niños y mujeres. El más sangriento de todos lo escribieron los niños y mujeres de Monimbó, barrio indígena de Masaya, donde de techos y balcones madres, hijos e hijas lanzaban granadas y cohetes artesanales, palos, piedras y hasta agua hirviente a los tanques y soldados de Somoza que respondían con metralla y cañones provocando gran mortandad en las filas de los pequeños héroes y heroínas que mientras morían gritaban “Libertad”, viendo aproximarse la luz de la victoria. Esta llegaría el 19 de julio de 1979. Dos días antes, el último de los Somoza salió huyendo en estampida hacia EEUU con su familia, no sin antes vaciar las arcas nacionales llevándose toda la reserva de oro y dólares del Banco Nacional, robo que dejó al país en completa bancarrota. Pero el dictador no escaparía de la justicia y tuvo un trágico final como su padre, ajusticiado en La Asunción, la capital paraguaya, por un comando revolucionario argentino al mando de Enrique Gorriarán Merlo que desintegró con el certero lanzamiento de un misil de bazuca el vehículo blindado en el cual viajaba. Pero, el Imperio, implacable, que no aceptó la derrota, volvió a descargar otro zarpazo sobre Nicaragua, organizando un ejército mercenario, los llamados “Contras”, financiados con dinero de las drogas y la venta de armas, que asolaron el país con una guerra de “tierra arrasada” que dejó como saldo más de 70 mil muertos, incendiando campos, bombardeando pueblos y ciudades, pero, como siempre, el pueblo volvió a vencer a los agresores. Mientras el gobierno revolucionario del FSLN combatía a la “Contra”, debió enfrentar simultáneamente las acciones directas y bélicas de Washington que vulneró su estabilidad política y económica con un despiadado boicot, el minado de sus ríos y principales puertos y una campaña mediática goebbeliana de desprestigio que terminó derrotando al gobierno en las elecciones realizadas en 1990. El FSLN fue vencido por estrecho margen de votos por una coalición de partidos de derecha financiada por Washington que llevó a la presidencia a Violeta Barrios, viuda del asesinado periodista Pedro Joaquín Chamorro. Otra vez volvía a caer Nicaragua en garras del Imperio y sus lacayos de la oligarquía, reanudándose el saqueo de sus recursos naturales, la explotación de los trabajadores, eliminando así los logros económicos, sociales y culturales conquistados durante el gobierno del FSLN, entre ellos la reforma agraria, la alfabetización de millones de personas, la construcción de viviendas, el trabajo y otros avances que habían otorgado una mejor calidad de vida al pueblo. El saqueo se prolongó por 17 años durante los gobiernos pitiyanquis de Barrios, Enrique Bolaños y Arnoldo Alemán, hasta que en 2006 el FSLN, esta vez sin recurrir a la lucha armada, retornó al poder con el triunfo electoral de Daniel Ortega, pese a la feroz campaña de falacias y mentiras desatadas por Washington a través de su embajador en Managua y otros funcionarios yanquis, con apoyo de la oligarquía y la jerarquía de Iglesia católica. No obstante, Nicaragua ya no estaría sola, pues el mapa político, económico y social de la región fue cambiado tras la victoria electoral de Hugo Chávez Frías en Venezuela, a la que siguieron los triunfos de otros líderes progresistas como él. Con los triunfos de los Kirchner, Evo, Correa, Lugo y Vásquez, Argentina, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Uruguay y el apoyo de la Cuba revolucionaria comenzó a tejerse de nuevo el sueño de unidad que dejó inconcluso Bolívar, suscribiéndose históricas alianzas y acuerdos de integración, como la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América (Alba), la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), Petrocaribe y Banco del Sur, entre otras. Esos tratados constituyen hoy el dique que ha frenado la voracidad del Imperio y sus secuaces al sacar a los pueblos del círculo vicioso de una dependencia que los mantuvo atados al capitalismo salvaje y su modelo neoliberal a través de instrumentos financieros de dominación, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, que desataron una ola de privatizaciones de industrias básicas y de otros sectores claves de la economía, entregándolos a sus agentes, las transnacionales. Ya no vale el chantaje económico y político que Washington solía imponer a nuestros pueblos, como trató de hacerlo recientemente contra Nicaragua y Bolivia, suspendiendo aportes económicos por no aceptar exigencias que atentaban contra sus soberanías, lo que no logró, ya que en el marco de la solidaridad y mutua cooperación del Alba, ambos países recibieron de Venezuela el aporte que EEUU les negó de manera tan exenta de ética. ¿Por qué Washington no aplica esas mismas medidas contra el gobierno de facto en Honduras, pese a estar comprometido para adoptarlas en el marco de las sanciones impuestas por la Organización de Estados Americanos (OEA) y se dedica a seguir enviando a los golpistas los aportes millonarios asignados al país por la Meta del Milenio y otras ayudas que hasta ahora permiten que el régimen sobreviva económicamente'. La razón de ello reside en el hecho de que el Imperio y las oligarquías, con los medios mercenarios al frente, adelantan una ofensiva general en la que Honduras es un “globo de ensayo, con la que pretenden recuperar sus viejos feudos y obscenos privilegios, siendo su objetivo principal el Alba y Chávez, mandatario a quien consideran el responsable principal de sus fracasos en su intento por volver a dominar a nuestros pueblos. Por eso hoy, cuando en Costa Rica, de un “Caballo de Troya” colocado allí por el Imperio sale la criatura de la obscena propuesta de conformar en Honduras un gobierno de “reconciliación” con participación de víctimas y victimarios y la oferta engañosa de amnistía a los asesinos, con la que se pretende traicionar y desarmar a un pueblo agredido, aplicando un “borrón y cuenta”, cobran más vigencia que nunca las palabras de Sandino, quien una vez dijo: “Yo no estoy dispuesto a entregar las armas en caso de que todos lo hagan. Yo me haré morir con los pocos que me acompañan, porque es preferible hacernos morir como rebeldes y no vivir como esclavos”. Y es que deponer las armas de la razón que asiste al pueblo hondureño, que durante tres semanas se ha declarado en rebelión pacífica lanzándose a las calles, sufriendo represión, persecución y hasta la muerte de varios de sus hijos; sería un suicidio colectivo que abriría las puertas a nuevos golpes de Estado en la región, haciendo retroceder la historia a épocas superadas de barbarie. Por eso, cuando Manuel Zelaya, su legítimo presidente, denuncia con su verbo encendido ante el mundo que lo apoya el artero golpe de Estado, exigiendo incondicional regreso de la democracia a su país, su reclamo tiene el firme respaldado del gran héroe y mártir nicaragüense, César Augusto Sandino, quien también dijo: “El hombre que de su patria no exige un palmo de tierra para su sepultura merece ser oído y no sólo ser oído sino también creído'. Y la voz de Zelaya, que hoy llega a todos los pueblos del planeta que celebran los treinta años del primer gran triunfo de la Revolución sandinista sobre el Imperio, lleva también el sello indeleble de solidaridad que le estampó el Alba, y su eco no podrá ser silenciado por los medios mercenarios, por mucho que lo intenten, y los gorilas que un día se salieron de la jaula serán devueltos a su encierro para que jamás vuelvan a escaparse.

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