domingo, 27 de agosto de 2023

Bajo la sombra de Monroe: el destino manifiesto

 LUIS BRITTO GARCÍA

Dos integraciones. La cuestión no es si América Latina y el Caribe se integrarán: la cuestión es si lo harán bajo el signo de la fraternidad o el del coloniaje. Así como el proyecto más generalizado y persistente de Nuestra América desde que se plantea la independencia es el de integrarse, el plan más continuo de la América anglosajona es el de dividirnos como fragmentos económicos, sociales, políticos, estratégicos y culturales reservados para su dominación. Para ejercer a plenitud su hegemonía sobre el mundo, Estados Unidos necesita adueñarse casi en exclusiva de nuestros recursos naturales, nuestra fuerza laboral, nuestros Estados, ejércitos y creación cultural.

Y así, a los intentos de consolidar grandes bloques, tras la Independencia se enfrentó la doctrina Monroe; a los planes de Bolívar de independizar Cuba y Puerto Rico se opuso la doctrina del destino manifiesto; a la América Nuestra se contrapuso el panamericanismo, al Mercosur el Alca. Desde el inicio de su historia, Estados Unidos considera como objetivo constante de su política la integración de América Latina y el Caribe bajo el estandarte de la subyugación.

Congreso en Verona. En otoño de 1822 las monarquías europeas reúnen delegados en Verona para considerar un plan de intervención militar en gran escala que devuelva a España sus dominios americanos. Gran Bretaña espera que éstos caigan bajo su hegemonía mediante el predominio comercial que le asegura su inmensa flota; manifiesta su desacuerdo con la intervención y se retira del Congreso, lo cual clausura el proyecto. En marzo del año siguiente, el primer ministro, George Canning, advierte a Francia que Inglaterra no toleraría la adquisición de nuevas colonias francesas en América; en agosto propone a Estados Unidos una declaración conjunta de oposición a la reconquista o adquisición de nuevas colonias americanas por las potencias europeas. La exclusión de estas últimas permitiría a Gran Bretaña y Estados Unidos una hegemonía sin competencia en el Nuevo Mundo.

Declaración en Washington. El proyecto es de tal interés para los estadounidenses, que el presidente James Monroe se adelanta a formular una declaración unilateral en tal sentido el 2 de diciembre de 1823, en su séptimo mensaje anual al Congreso. Dicho texto, en primer lugar, excluye la intervención en América de cualquier potencia europea, sin dispensar a los británicos: “afirmamos, como un principio en que los derechos e intereses de los Estados Unidos están involucrados, que los continentes americanos, a raíz de haber asumido y de mantener su condición libre e independiente, no deben ser considerados como sujetos de futuras colonizaciones por cualquier potencia europea”. Tal interdicto contra Europa lo lleva a declarar que “consideraríamos cualquier intento suyo de extender su sistema a cualquier parte de este hemisferio como peligro para nuestra paz y seguridad”. Y añade que “igualmente, y por las mismas razones, es imposible que nosotros tomemos tal interposición con indiferencia”(Steele Commager, Henry, editor: Documents of American Heritage: Appleton-Century-Crofts, Inc. Nueva York, 1958, p.235).

Intervenciones toleradas. La velada amenaza de declaración de guerra reserva el espacio de un hemisferio para los intereses de la potencia que lo formula, pero en manera alguna garantiza la inmunidad continental. Estados Unidos la maneja de acuerdo con sus intereses, y la condiciona a que otros asuman la tarea de defenderlos. En 1849 se limita a protestar contra la anexión por Inglaterra de la Costa de Mosquitos en Nicaragua, y a requerir el apoyo de Brasil, el cual adhiere a la protesta estadounidense, pero deja en claro que no participaría en una guerra y se reserva su “facultad de obrar conforme a sus intereses y a la dignidad de la Corona Imperial”. Asimismo, en 1861 Estados Unidos se limita a manejar vagos planes de intervención contra la invasión francesa de México; pero no los activa porque su secretario de Estado, WH Seward, tampoco consigue el apoyo del emperador don Pedro II del Brasil, el cual, aunque no aprueba la intervención de las fuerzas de Napoleón II, no considera entre los intereses brasileños embarcarse en la contienda. (Moniz 2003, 145). (Moniz Bandeira, Luiz Alberto: “Brasil, Estados Unidos y los procesos de integración regional”, Nueva Sociedad, julio-agosto 2003, p. 145).

El destino manifiesto. Que la doctrina Monroe está enfilada contra las potencias europeas sólo para preservar la dominación estadounidense del Nuevo Mundo lo declara sin ambages Johhn Quincy Adams, en ese entonces secretario de Estado de James Monroe, en su carta del 28 de abril de 1823 al embajador estadounidense en España, Hugh Nelson. Refiriéndose a Cuba y Puerto Rico, para ese entonces bajo el coloniaje español, declara Adams que “debido a su posición natural, estas islas son apéndices naturales del continente norteamericano y una de ellas, casi visible desde nuestras costas, se ha convertido, desde múltiples consideraciones, en un objeto de trascendental importancia para los intereses comerciales y políticos de la Unión”. Tras detallar codiciosamente las ventajas de Cuba, tales como el amplio y seguro puerto de La Habana y sus pingües productos, concluye Adams que “es casi imposible resistirse a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República Federal será indispensable para la continuidad y la integridad de la Unión misma”. La extensión de la hegemonía comienza a ser invocada como indispensable para la subsistencia estadounidense; y a pesar de que Adams reconoce que “existen numerosas y formidables objeciones acerca de la extensión de nuestros dominios territoriales hacia ultramar”, afirma que “tanto como existen leyes de la gravitación física, existen leyes de la gravitación política y si una manzana, separada de su árbol originario por una tempestad tiene que caer inevitablemente al suelo, entonces Cuba –desunida por la fuerza de su propia conexión antinatural con España e incapaz de mantenerse a sí misma- sólo puede gravitar hacia la Unión Norteamericana, la cual, en virtud de esa ley de la naturaleza, no puede expulsarla de su seno” (Commager, 237). La ley de la naturaleza se invoca para excusar el colonialismo sin ley.

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