miércoles, 26 de septiembre de 2012

Preservar el legado

Reinaldo Iturriza López



El "loco" Simón Rodríguez

El extravío: tal es el riesgo que corremos si olvidamos las raíces que alimentan la revolución bolivariana: Bolívar, Zamora, Robinson. No se trata de resguardar celosamente la "verdad" que nos fuera revelada, una "verdad" definitiva e inmarcesible, sino de recordar que la verdad siempre resulta de la lucha. Tampoco se trata de reclamar una vuelta al "origen", algo así como el rescate de una identidad heroica que terminamos traicionando. Al contrario, la clave está en recordar que esto que somos es el resultado de una invención desprejuiciada.

Nuestra fatalidad consistiría en olvidar que somos el producto de la lucha y de la invención. Si Bolívar, Zamora y Robinson dejan de luchar en nosotros, si no podemos más que convertirlos en una mala copia, estamos perdidos.

En sus "Consejos de amigo, dados al Colegio de Latacunga", Samuel Robinson distinguía tres tipos de maestros: "Unos, que se proponen ostentar sabiduría, no enseñar. Otros, que quieren enseñar tanto que confunden al discípulo. Y otros, que se ponen al alcance de todos, consultando las capacidades".

La distinción cabe para el caso de los líderes políticos, y aun para los militantes en general: la revolución bolivariana no necesita "sabios", ni políticos que quieren enseñar de todo, porque saben de todo, a quienes no saben nada. Siguiendo a Robinson, "obedecer ciegamente" no puede ser el principio que gobierne.

Ponerse al alcance de todos. Eliminar las distancias. La trampa de los "sabios" es que presuponen la distancia: como si el pueblo tuviera que obedecerlos para reducir su ignorancia, para ser un poco como los "sabios".

Robinson planteaba que enseñar es, ante todo, enseñar a preguntar, para que "se acostumbren a obedecer a la razón, no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre, como los estúpidos".

Cuando el sábado 22 de septiembre, en Valera, Chávez exhortó a la juventud a que asumiera posiciones "en la conducción del proceso político revolucionario" para luchar contra "el burocratismo, la corrupción, la ineficiencia", estaba justamente reduciendo a cero la distancia que se procuran los "sabios" y se reservan los tiranos.

Aún más, cuando Chávez reivindica la "audacia revolucionaria" y "esa actitud permanentemente irreverente de la juventud, crítica y autocrítica", no sólo está reconociendo capacidades, sino que todo su discurso es un alegato contra la obediencia ciega y en favor del criterio propio.

De esas raíces venimos y nos alimentamos. Por ellas somos. Queda de nosotros preservar el legado.

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