Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 5 de marzo 2026.
Existe una extraña criatura que puebla los bares digitales de la izquierda occidental: el hincha geopolítico. El hincha es un individuo fascinante: conoce el reglamento, grita contra el árbitro y explica con despectiva seguridad que aquel penalti él no lo habría fallado nunca. ¿El pequeño detalle? El hincha nunca ha bajado al campo. Nunca ha sentido el sabor del barro en la boca, ni ha tenido que decidir, bajo asedio, entre una mediación táctica y el aniquilamiento total.
Incluso un psiquiatra italiano como Paolo Crepet, a pesar de su crítica soft, logra dar en el clavo cuando habla de una generación que se conforma con la mediocridad y rehúye el riesgo de fracturarse. El hincha quiere jóvenes startups biotech de revoluciones perfectas, quiere la revolución estética, performativa, pero nunca ha bajado al campo a dejar que le rompan los huesos.
En un tiempo existía un imperativo: la coherencia entre el decir y el hacer. Existían los partidos, las grandes agencias de regulación de masas que transformaban las ideas en acción, y sobre esto se confrontaban y se enfrentaban, según los intereses de las clases que representaban. Y que tenían su propia línea política, a nivel interno e internacional.
Luego llegó el momento del asociacionismo y del apoyo de lejos a quienes hacen política en sus propios países; el paso de la figura del militante al “activista”, y la progresiva pérdida de memoria sobre la dureza del conflicto y sobre la necesidad de asumirlo en primera persona, y de sentirse responsables del mundo como seres sociales. Terminados los grandes partidos y los movimientos de clase con carácter internacionalista, cuyo primer deber era el de hacer la revolución en su propio país, de social quedan las redes, en las que las opiniones se equivalen porque valen tanto como el dos de copas en la brisca.
Y el fenómeno ha explotado. Pasamos del técnico de drones —que diserta sobre armas vistas solo en manos de los carabineros— al distribuidor de carnets de traidor, que desde su pequeño sofá juzga la pureza de quien gobierna bajo chantaje y sanciones criminales. Hasta llegar al veterano que, habiendolo visto todo, no aprueba nada.
Mientras el hincha analiza la performance de la revolución bolivariana como un reality, nuevas geometrías imperialistas han rediseñado el mundo. Estamos ante una represión, ante el cierre de los espacios de agilidad a nivel global basada en un dispositivo que ya Lenin llamaba con razón contrainsurgencia preventiva. El Estado-empresa neoliberal, habiendo liquidado el bienestar, ya no puede disciplinar a las masas para la guerra solo con el consenso nacional. Debe, por tanto, inventarse el enemigo asimétrico.
Si eres un gobierno que obstaculiza los flujos energéticos (Venezuela) o un pueblo que resiste al colonialismo (Palestina), te conviertes en un bandido, un terrorista fuera del derecho internacional. Esta lógica, que crea un estado de excepción permanente, permite pisotear todo derecho, confiando en un policía global con poderes supranacionales, y usar el mismo criterio en el interior, dando poder vicario a las fuerzas de represión interna, con carácter contrainsurgente.
¿Cómo combatir esta lógica en ausencia de relaciones de fuerza globales? Aquí es donde el burro (y el hincha) se caen. A nadie le gusta ver al Comando Sur desembarcar o que las bombas caigan sobre los niños. Pero, como sugiere la dialéctica entre táctica y perspectiva, es necesario evaluar las fuerzas en campo. El pragmatismo chavista no es un abandono de los principios, es la gestión de la supervivencia en una geometría en la que Occidente utiliza el hambre, el bloqueo naval y ahora el secuestro como armas de destrucción masiva.
El hincha quiere la revolución pura, estética, que no ensucie su imaginario humanitario (y sobre todo con la cual no tenga que ensuciarse las manos). El revolucionario chavista sabe que, sin una dirección política unitaria y una red de resistencia de clase, la fórmula propagandística radical (¡bloqueemos todo!) sigue siendo un grito en el vacío para ser imitado.
El hincha, al final del partido, vuelve al sofá. El pueblo venezolano y sus vanguardias se quedan bajo las bombas, el chantaje de un inédito secuestro de la pareja presidencial y las sanciones. A 13 años de la desaparición de Hugo Chávez, el 5 de marzo de 2013, su voz, su apuesta y su pragmatismo no reconciliado, están lejos de ser silenciados.
Lo explicó Tania Díaz, la rectora de la Universidad Internacional de la Comunicación (Lauicom) en una cátedra dedicada al Comandante cuando, ante la presencia de la delegación cubana y de los invitados internacionales, recorrió las etapas de la unidad Cuba-Venezuela: desde el tiempo en que Chávez, recién salido de la cárcel de Yare tras la fallida rebelión cívico-militar del 4 de febrero de 1992, fue recibido en Cuba por Fidel como un jefe de estado.
Lo recordó con un lúcido pero apasionado discurso el joven diputado Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente venezolano secuestrado, durante el encuentro semanal de la Internacional Antifascista. La historia, dijo, está hecha de idas y vueltas, avances y retiradas durante las cuales, como los gatos, toca lamerse las heridas para avanzar de nuevo. Lo importante —añadió— es no romper el hilo de la continuidad que va de Bolívar a Chávez, pasando por Maduro, y por Delcy Rodríguez, la actual presidenta encargada hoy blanco de encendidas críticas por haber estrechado la mano a los secuestradores del presidente y de Cilia Flores, y acusada de malvender el país y las conquistas de Chávez.
Ella y su hermano Jorge perdieron a su padre, un dirigente revolucionario, muerto bajo tortura a manos de un gobierno progresista, pero comandado por la CIA. ¿Creen —preguntó Nicolás Guerra— que le agrada hoy estrechar la mano a un representante de la CIA? No le agrada, pero lo está haciendo porque, manteniendo el poder, manteniendo el poder en manos del pueblo, está prosiguiendo la larga marcha de la revolución de la que hablaba Mao Tse Tung.
Para el diputado, a pesar del chantaje y la necesidad de abrir espacios en condiciones dificilísimas, es un hecho que el imperialismo ha tenido que venir a negociar con el poder legítimo, el bolivariano, bien decidido a defender la paz del pueblo y a fortalecer su poder. El 8 de marzo habrá por esto una consulta popular en la que a la imagen de Delcy Rodríguez estrechando la mano al enemigo, hará contraste la de la presidenta encargada, en diálogo con comuneros y comuneras.
Para reforzar el concepto, Nicolás Guerra recordó para el 8 de marzo a una dirigente de los colectivos motorizados, Lina Ron, muerta antes que Chávez de quien era gran admiradora. En el encuentro, dirigido por el viceministro de Relaciones Exteriores para la comunicación, Rander Peña y coadyuvado por una figura histórica del feminismo chavista, Blanca Eeckout y del sindicalismo revolucionario, Alexis Corredor, intervinieron, entre otros, de forma remota, el premio Nobel argentino, Adolfo Pérez Esquivel, el semiólogo Fernando Buen Abad y la internacionalista uruguaya, Gabriella Cultelli: todos comprometidos en la campaña por el regreso a casa de los dos prisioneros de guerra, Nicolás Maduro y Cilia Flores, que se inició al día siguiente de su cruento secuestro, el 3 de enero. Y ya se conformó la Brigada Cilia Flores.
Todos convencidos de la necesidad de transformar la indignación en conciencia antiimperialista socialmente radicada. Todos reafirmaron la confianza en la madurez de un pueblo consciente de que la lucha de clases no es un evento performativo para publicar en las redes sociales, sino una guerra larga, asimétrica y complicada, sobre todo en un contexto en el que el imperialismo intenta dominar el mundo con ferocidad.
El pragmatismo chavista no es abandono, resignación y rendición, sino táctica de resistencia activa. Por ahora, se trata de minimizar los daños para asegurar la supervivencia del Estado, mantener el timón, reunir las fuerzas para el próximo movimiento de avanze, y evitar la masacre. He aquí el punto que el comentarista de sofá no entiende: la protección de la población. Si, por ejemplo, las fuerzas armadas bolivarianas hubieran derribado cada avión enemigo en esa zona de tan alta densidad habitacional, los escombros habrían llovido sobre las casas, sobre las escuelas, sobre los niños.
Guste o no, el pragmatismo chavista es la ética de la responsabilidad: Delcy Rodríguez no está negociando en un salón diplomático, está negociando con secuestradores dotados de armas nucleares, asesinos de niños en Palestina y de niñas en Irán.
El desafío no es dar notas de coherencia a los demás, sino entender que la batalla por Gaza y la de Caracas son el mismo frente de una guerra civil global contra el estado de sitio imperialista. El próximo momento de la lucha llegará. Y ese día, esperamos que los hinchas hayan aprendido finalmente a tocar el balón.




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