*JUAN MARTORANO
El cuarto capítulo de la serie
documental de Triandáfila nos adentra en la fase más profunda, mística y
estratégica de la convalecencia de Hugo Chávez. Si en el capítulo anterior
analizábamos el impacto de la enfermedad sobre el cuerpo de carne y hueso del
líder, este fragmento nos obliga a dar el salto cualitativo hacia la
construcción del mito perpetuo. Es el 14 de agosto de 2011; el Comandante
regresa a Caracas tras su segunda sesión de quimioterapia en La Habana y,
rompiendo la lógica del cansancio físico, le anuncia al país que ha conseguido
su “nuevo centro de gravedad”.
Para la intelectualidad burguesa
o la oposición apátrida, aquellas palabras eran mero delirio poético o retórica
para disimular la gravedad de un cáncer. Sin embargo, analizado desde el rigor
de la praxis revolucionaria, Chávez estaba ejecutando la operación política más
perfecta de nuestra historia contemporánea: la disolución planificada del
liderazgo para la eternización de la vanguardia.
“Cuando de verdad este cuerpo se acabe, Chávez no se acabará, porque
Chávez ya no soy yo. Chávez está en las calles”, sentenciaba el Comandante
ante un alto mando militar y un gabinete que, mudos ante la cámara, apenas
asimilaban la dimensión de lo que se gestaba. El líder intuía que su tiempo
biológico expiraba y, en lugar de aferrarse a la vieja estructura de la política
representativa o al autoritarismo estéril de las autoritas tradicionales,
decide mudar su centro de gravedad. Ya no sería el palacio de Miraflores, ni el
decreto presidencial, ni el teléfono a las tres de la mañana. Su nuevo eje de
acción sería la psiquis, el alma y el arma colectiva del pueblo venezolano.
Triandáfila nos devela los
apuntes que el Comandante realizaba sobre Así habló Zaratustra. Hay un
pasaje subrayado con especial vehemencia que define este trance: “ Pusiste tu meta suprema en el corazón de
aquellas pasiones y entonces se convirtieron en tus virtudes y alegrías”.
Chávez, hombre colérico, pasional y, como él mismo subraya con color verde en
los textos de Nietzsche, "fanático de su propia fe",
transmuta sus demonios en ángeles políticos. Su desmesura por el conocimiento,
su obsesión por controlarlo todo —aquellos perros salvajes que habitaban su
mazmorra interna— se transforman en pájaros. De su propia enfermedad extrae el
bálsamo; de su tribulación ordena el alimento ideológico para lo venidero.
La gran tesis que arroja este
capítulo es la transposición geopolítica y mística del cuerpo: Chávez
proyecta su propia enfermedad en el cuerpo de la nación. Él no ve a Venezuela
como un territorio estático administrado por burócratas, sino como un organismo
vivo que, al igual que él, atraviesa una dolorosa pero necesaria metamorfosis,
una transición de hábitos y modos de vida. Y para sanar ese cuerpo nacional
frente al veneno inoculado por el capitalismo global — fundamentalmente de
derecha y con perspectivas de combatir las desviaciones de la izquierda —, el
Comandante recurre a lo que Nietzsche llamaba el valor supremo: la
veracidad.
Chávez se declara amoralista
frente a la falsa moral burguesa, contra la hipocresía de la cuarta república y
contra la inmoralidad disfrazada de legalidad. Es bajo este influjo místico-militar
que escribe las cinco líneas estratégicas de acción política. No las concibe
como un frío plan de gobierno, sino como el puente entre el viejo estado
vegetal que heredamos y el "superhombre" colectivo: la comuna, el
poder popular pleno, la patria socialista.
El tiempo histórico vuelve a
manifestarse de forma redonda, "como la luna llena", en la voz
del líder ante sus viejos camaradas de armas como Diosdado Cabello o Francisco
Arias Cárdenas. El Comandante les recuerda que el hoy no existe sin el ayer;
que la estratagema nacida en las catacumbas del MBR-200 no era una locura
transitoria, sino un ciclo inevitable que apunta al 2021, al 2031 y más allá.
El Capítulo 4 nos deja una
lección contundente para el chavismo del presente y la sociedad toda: el
liderazgo perfecto se alcanza cuando el líder se disuelve en las bases. La
oposición creyó que destruyendo el contenedor físico acabarían con el
contenido. Qué error tan garrafal. Al obligarse a mudar su centro de gravedad,
Hugo Chávez se transformó en la esencia última de nuestro querer vivir. El
Cadete-León se quedó para siempre, transmutado en río indómito, en tiempo
redondo y en la veracidad absoluta de un pueblo que se niega a volver a la
mazmorra.
¡Independencia y Patria
Socialista!
¡Viviremos y Venceremos!
¡Leales siempre! ¡Traidores,
Nunca!
* Abogado, Defensor de
Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiteros y
Tuiteras Socialistas. , jmartoranoster@gmail.com, j_martorano@hotmail.com , juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar , cuenta tuiter e
instagram: @juanmartorano, cuenta facebook: Juan Martorano Castillo. Canal de
Telegram: El Canal de Martorano




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