domingo, 7 de junio de 2026

“Si quieres que algo perezca, déjalo quieto”

 Carolys Helena Pérez González

La política no se trata únicamente de quién gobierna. También se trata de qué cosas una sociedad está dispuesta a imaginar, discutir o defender públicamente. Y allí es donde la llamada “Ventana de Overton” se convierte en una herramienta útil para entender el tiempo venezolano. La teoría, desarrollada por Joseph Overton, plantea algo aparentemente simple: en cada momento histórico existe un rango de ideas que la sociedad considera aceptables. Fuera de ese marco, las propuestas parecen absurdas, radicales o imposibles. Dentro de él, se vuelven debatibles, legítimas y eventualmente institucionales. Pero la ventana no permanece inmóvil. Se desplaza y Venezuela, durante los últimos años, ha sido de forma innegable un laboratorio intensísimo de ese movimiento. Si lo pensamos, hubo un tiempo en el que hablar de bloqueo económico era, para ciertos sectores internacionales y nacionales, una exageración propagandística. Hoy incluso organismos multilaterales, analistas económicos y actores políticos adversos reconocen el impacto concreto de las sanciones sobre la vida cotidiana venezolana, haciendo que discursivamente lo que antes era “radical” entrara en la conversación pública global. También ocurrió con el papel de las mujeres en la política. Durante décadas, el liderazgo femenino era tratado como excepción decorativa. Sin embargo, la realidad social venezolana, atravesada por crisis, organización comunitaria y resistencia cotidiana, terminó colocando a miles de mujeres en el centro operativo de la vida pública, haciendo que la discusión deje de ser si las mujeres podían liderar, para comenzar a debatir cómo transformar el poder desde otras lógicas.

Pero quizás el cambio más profundo ha sido emocional y cultural, transformando lo político. Porque la “Ventana de Overton” no se mueve solamente horizontal o verticalmente; se mueve desde los parlamentos, desde el lenguaje, desde los algoritmos, desde la estética de TikTok, desde los memes, desde la normalización del cansancio o desde la romantización de la violencia. Se mueve cuando una generación comienza a nombrar distinto aquello que antes callaba.

Hoy Venezuela vive una disputa silenciosa por definir qué significa estabilidad, democracia, soberanía, feminismo, futuro o incluso patria, y esa disputa ocurre simultáneamente en redes sociales, en las universidades, en los barrios y en las conversaciones familiares. Por eso resulta insuficiente analizar el presente venezolano únicamente desde categorías electorales; lo que estamos viendo es una batalla por el sentido común. Cada actor político intenta mover la ventana: unos hacia la desesperanza y la antipolítica; otros hacia la reconstrucción de horizontes colectivos. Porque quien logra definir qué es “normal”, también logra definir qué es posible y quizás allí habita el gran desafío de esta época: comprender que gobernar no consiste solamente en administrar instituciones, sino también en disputar imaginarios.

Las revoluciones, las restauraciones y las democracias empiezan mucho antes de convertirse en leyes; se gestan cuando una sociedad cambia la manera en que se piensa a sí misma, desde su individualidad hasta llegar a lo colectivo.

Aquí no se rinde nadie, seguimos venciendo, ¡palabra de mujer!



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