sábado, 7 de marzo de 2026

Columna de Juan Martorano 499: Otro giro inesperado de cara a la próxima audiencia del juicio Maduro-Flores. El caso en la CIJ República Democrática del Congo vs Reino de Bélgica.

 

*JUAN MARTORANO

A 19 días de la próxima audiencia en el juicio Maduro-Flores y en vísperas de la Semana Mayor, nos hemos topado con un nuevo giro en esta situación que por su importancia nos parece importante formular comentarios y reflexiones en la presente edición de nuestra columna.

El juez Alvin Hellerstein acaba de dar un giro inesperado al caso contra Nicolás Maduro, abriendo una grieta en la estrategia más dura de Washington en política exterior. En una decisión que deja a la administración Trump en una posición delicada, un juez federal cuestiona la base legal para mantener acciones penales contra un jefe de Estado en ejercicio.

¿Puede realmente Estados Unidos procesar criminalmente a líderes extranjeros por hechos ocurridos fuera de su territorio? Este movimiento judicial pone en el centro del debate principios clave del derecho internacional como la inmunidad soberana, la jurisdicción extraterritorial y los límites del poder judicial estadounidense frente a gobiernos extranjeros.

En el próximo análisis que pretendemos realizar a fondo, desglosaremos:

El choque legal: Por qué la figura de la inmunidad presidencial podría frenar los procesos contra Maduro.
Jurisdicción sin fronteras: Hasta qué punto Washington puede extender su sistema judicial más allá de sus límites.


La contradicción internacional: Perseguir mandatarios extranjeros mientras se ignoran tribunales como la Corte Penal Internacional.


El efecto dominó: ¿Podrían potencias como China o Irán usar el mismo razonamiento jurídico contra funcionarios de EE. UU.?


3 posibles desenlaces: Desde un retroceso judicial completo hasta un endurecimiento político del conflicto.

Este no es un debate ideológico; es una disputa sobre el alcance real del poder estadounidense en un escenario internacional cada vez más multipolar.

Las recientes acciones realizadas por el Presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores no representan un episodio más dentro del sistema jurídico estadounidense. Estamos ante una determinación que trasciende por completo la coyuntura legal inmediata.

Estamos presenciando algo mucho más profundo en la arquitectura misma del poder de Estados Unidos y su capacidad para imponer su voluntad sobre dirigentes extranjeros.

Porque lo que tenemos aquí es la convergencia de tres ejes absolutamente críticos:

1.- Un magistrado federal cuestionando la legalidad de mantener orden de detención contra un mandatario en ejercicio.

2.- Una administración presidencial que ha apostado su credibilidad política a la remoción de Maduro mediante presión legal y económica.

3.- Precedentes de Derecho Internacional que están siendo invocados de maneras que Washington jamás hubiera anticipado.

Por ello la pregunta no es simplemente señalar ¿Qué ocurrió exactamente en ese tribunal? Sino ¿Hasta donde puede extenderse el Poder Judicial estadounidense antes de que sus propias contradicciones legales colapsen completamente la estrategia de cambio de régimen que ha fracasado durante más de una década?.

Fijémonos en el momento en que en la Corte federal de Manhattan cuando el juez Hellerstein leyó su orden, solicitando fundamentación legal adicional para mantener la orden de arresto contra Nicolás Maduro y Cilia Flores. Ahí ocurrió algo muy sutil, pero profundamente inquietante para Washington. No porque un juez haya acordado y cuestionado al Departamento de Justicia, y eso ocurre ocasionalmente, sino porque se cruzó una línea que la mayoría de los observadores internacionales ni siquiera pensaron que sería cruzada, y cuyas consecuencias ya empiezan a estar en movimiento reconfigurando las fronteras entre la autoridad  extraterritorial estadounidense y las limitaciones del Derecho Internacional.Entre la política exterior, la legalidad doméstica, entre el deseo de Washington y lo que realmente puede hacer.

Y es momento se ha convertido en la escena inicial de una historia mucho más amplia sobre el poder, sobre sus límites y sobre la normalización, ahora siendo cuestionada de acusaciones criminales contra líderes extranjeros.

 

Porque esta decisión judicial trata sobre algo muchísimo más fundamental y es la cuestión de si Estados Unidos puede legalmente mantener ordenes de detención contra Presidentes o Jefes de Estado o de Gobierno en ejercicio de Naciones soberanas por supuestos crímenes que ocurrieron completamente en territorio extranjero.

En marzo de 2020, casualmente a dos meses de ejecutar la Operación “Gedeón” y durante la primera administración de Donald Trump, el Departamento de Justicia de EEUU emitió cargos criminales formales en contra de Nicolás Maduro, Presidente en ejercicio de la República Bolivariana de Venezuela, reconocido por más de 150 países, acusándolo de narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína a Estados Unidos y conspiración para fabricar y distribuir armas.

Por esta acusación se ofreció recompensa de 15 millones de dólares en aquel momento por la información que llevará a su captura, arresto o condena. Para el momento de su ilegal extracción del territorio venezolano, esa recompensa se ubicaba en 50 millones de dólares.

Pero lo que hizo este momento verdaderamente extraordinario fue que un magistrado federal estadounidense, operando dentro del mismo sistema que emitió esas acusaciones, ahora está cuestionando la base legal para mantenerlas vigentes.

Y estos no son cuestionamientos superficiales o de forma como lo expresaríamos los abogados y abogadas en cualquier parte del mundo. Son interrogantes legales fundamentales sobre jurisdicción extraterritorial, sobre inmunidad de Jefes de Estado, sobre si el sistema judicial estadounidense puede o debe ser utilizado como arma de política exterior.

Estas solicitudes judiciales no son meramente procesales. Son señales de advertencia, un reflejo de la propia institucionalidad estadounidense que incluso dentro de su propio sistema legal existen límites, principios y normas de Derecho Internacional que no pueden ser ignoradas olímpica e indefinidamente sin consecuencias.

Pero casi inmediatamente esa señal chocó con una realidad política mucho más dura. La administración Trump ha dejado muy claro que la “remoción” de Maduro del poder sigue siendo prioridad absoluta de política exterior hemisférica. Funcionarios de alto nivel han reafirmado y esto debería alarmar a cualquiera que esté familiarizado con Derecho Internacional, cuando sostienen que Estados Unidos tiene derecho, incluso obligación, de procesar a líderes extranjeros que supuestamente representan amenaza a su seguridad nacional, independientemente de su status como Jefes de Estado en ejercicio.

Una declaración que no solo desafía el Derecho Internacional consuetudinario sino que lo estira hasta el punto de ruptura completo, reformulando la soberanía nacional como concepto “obsoleto” y la inmunidad diplomática como “inconveniencia”.

Y según múltiples fuentes diplomáticas y cuasi legales, lo que está haciendo el juez Hellerstein es abrir una caja de Pandora legal que podría desmantelar completamente la estrategia de máxima presión contra Venezuela. Para ello, debemos explicar el contexto legal completo sobre el cual sustentamos esta afirmación.

Estados Unidos acusó al Presidente Nicolás Maduro no como ciudadano privado venezolano ni como político de oposición sin poder, lo acusó específicamente como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela y en ejercicio de sus funciones y de una Nación soberana por unas supuestas actividades que ocurrieron completamente fuera del territorio de Estados Unidos y dentro del territorio venezolano. Esto representaría una expansión dramática de jurisdicción extraterritorial estadounidense.

El fundamento legal que Estados Unidos citó viene de varias doctrinas: la primera, la doctrina de efectos territoriales, argumentando que tiene jurisdicción sobre crímenes que ocurren en territorio extranjero si tienen efectos sustanciales en territorio estadounidense. La segunda, invocó la doctrina de jurisdicción universal, pero aquí es en donde está el problema, porque la jurisdicción  universal es generalmente reconocida para genocidio, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y piratería, lo que no aplica en el caso Maduro-Flores; extender jurisdicción universal a narcoterrorismo es controvertido porque no está universalmente reconocido por Tratados Internacionales vinculantes. La tercera, y este es el argumento más débil, al señalar que Nicolás Maduro no goza de las inmunidades de Jefe de Estado, debido a que Estados Unidos no lo reconoce como “Presidente Legítimo de Venezuela”, aplicando el reconocimiento que se hizo durante la primera administración de Donald Trump como Presidente Interino al entonces Presidente de la Asamblea Nacional en ese entonces en desacato, Juan Guaidó. Pero este argumento es extremadamente problemático, a la luz del Derecho Internacional puesto que cada nación podría decidir unilateralmente quien es el líder legítimo de otros países y entonces negar inmunidad basándose en esa determinación unilateral.

El caso más relevado de este tipo de situaciones que estamos comentando fue ventilado en la Corte Internacional de Justicia, y este caso fue comentado por el periodista Max Blumenthal en entrevista del 6 de enero de 2026 y que se encuentra en el canal de Youtube del ex juez John Napolitano,  que es el caso Arrest Warren, del año 2002, entre la República Democrática del Congo y el Reino de Bélgica.

Bélgica emitió una orden de arresto en ese año contra el ministro de Relaciones Exteriores del Congo, por supuestos crímenes de guerra. La Corte Internacional de Justicia dictaminó en aquella oportunidad, de manera categórica e incontrovertible que Bélgica violó Derecho Internacional. Y la Corte Internacional de Justicia estableció que los funcionarios de alto nivel, especialmente Jefes de Estado y ministros de relaciones exteriores gozan de inmunidad absoluta de jurisdicción penal extranjera mientras estén en el ejercicio de sus funciones, aun si estos hubiesen cometido delitos graves. De ello nos estaremos refiriendo en la próxima edición de esta columna con mucho más detalle.

Y este precedente es directo, vinculante y aplicable al actual caso del Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Jefe de Estado y de Gobierno y prisionero de guerra, Nicolás Maduro Moros, Primer Mandatario legítimo y en ejercicio y reconocido diplomáticamente como hemos señalado, por más de 150 países del sistema de Naciones Unidas, incluyendo Rusia, China, Irán, Turquía, Cuba y Nicaragua.

Nicolás Maduro goza técnicamente de inmunidad de procesamiento en cortes estadounidenses a la luz del Derecho Internacional consuetudinario que lo ampara. Y es aquí donde la solicitud del magistrado Alvin Hellerstein se vuelve absolutamente explosiva.

Porque lo que el juez está esencialmente pidiendo es que, el Departamento de Justicia justifique en términos legales la orden de detención del Jefe de Estado venezolano no viola principios fundamentales del Derecho Internacional sobre inmunidad soberana.

Y esta es una pregunta que el Departamento de Justicia genuinamente no puede responder satisfactoriamente sin admitir que está operando fuera de los límites del Derecho Internacional o sin crear precedentes peligrosísimos que podrían ser perfectamente usados contra funcionarios estadounidenses.

Les mostraremos a continuación porque esto puede tornarse verdaderamente peligroso. Para Estados Unidos desde perspectivas  de reciprocidad internacional. Si Estados Unidos establece el precedente de que puede acusar y arrestar a Jefes de Estado extranjeros por crímenes que supuestamente ocurrieron en sus propios países, entonces otros países podrían hacer exactamente lo mismo con funcionarios estadounidenses.

La República Popular China, por ejemplo, podría emitir ordenes de arresto contra presidentes de Estados Unidos por supuestas violaciones de Derechos Humanos. La República Islámica de Irán podría acusar a funcionarios estadounidenses por el asesinato del General Soleimani o el Jefe Supremo Ayatolá Seyed Alí Jamenei. Rusia podría acusar a líderes de la OTAN por agresión en diversos conflictos que han propiciado en su contra. Y en esto Estados Unidos ha sido verdaderamente inflexible rechazando jurisdicción de tribunales internacionales sobre ciudadanos estadounidenses.

Estados Unidos no es parte del Estatuto de Roma que rige a la Corte Penal Internacional, específicamente porque no acepta que este tribunal internacional tenga jurisdicción sobre funcionarios estadounidenses. El Congreso estadounidense aprobó la Ley de Invasión de La Haya en 2002 que autoriza al Presidente usar fuerza militar para liberar a cualquier estadounidense detenido por la CPI.

Es por ello que Estados Unidos rechaza la jurisdicción de esta instancia sobre sus propios ciudadanos y funcionarios mientras que reclama jurisdicción doméstica sobre funcionarios extranjeros.

Esta hipocresía no pasó desapercibida para el magistrado Hellerstein, que ahora está cuestionando la orden contra Maduro.

Harold Cook, ex asesor legal del Departamento de Estado en la administración Obama, publicó varios análisis argumentando que incluso si Estados Unidos tuviese argumentos técnicos pata jurisdicción bajo estatutos domésticos y ejercer esa jurisdicción contra Jefes de Estado extranjeros y en ejercicio, violando normas del Derecho Internacional Consuetudinario sobre inmunidad soberana. Cook señala de que Estados Unidos históricamente defendió inmunidad soberana de Jefes de Estado vigorosamente cuando protegía funcionarios estadounidenses de procesamiento extranjero.

Cuando España intentó procesar a funcionarios de la administración Bush, por autorizar torturas en Guantánamo. Estados Unidos presionó agresivamente a España para descartar el caso, argumentando inmunidad de funcionarios estadounidenses. El doble estándar es evidente y brutal. Y ahora un magistrado federal estadounidense está haciendo visible esta contradicción.

Ahora las implicaciones geopolíticas sin duda serán inmediatas. Las acusaciones contra Maduro se constituyen en piedra angular de la estrategia de máxima presión de Estados Unidos utilizada para justificar sanciones (o agresiones más bien) económicas devastadoras, para aislar diplomáticamente a Venezuela, para deslegitimar internacionalmente a Maduro colocándolo como criminal buscado en lugar de Presidente reconocido por más de 150 países (El 77,32% de las naciones que conforman la ONU) nada más y nada menos.

Si un magistrado federal estadounidense logra determinar que la orden de detención viola principios legales fundamentales y debe ser retirada o modificada sustancialmente las acusaciones que se le atribuyen, cambia sustancialmente la estrategia, la cual colapsa.

Maduro obtendría una victoria legal incontrovertible y masiva que podría usar para reclamar reivindicaciones, indemnizaciones internacionales. De ahí que los países que han mantenido distancia de Venezuela por las acusaciones criminales a Maduro, podrían reconsiderar sus posiciones.

Las sanciones perderían basamento y esto enviaría señales a otros países sancionados por Estados Unidos, desde Irán hasta la República Democrática Popular de Corea (Corea del Norte) de que las herramientas legales estadounidenses tienen límites, que pueden ser desafiadas incluso dentro del propio sistema de justicia de ese país.

Venezuela está capitalizando políticamente esto, aunque de buenas a primeras no se note. Fuentes diplomáticas venezolanas han confirmado que el Presidente Maduro está preparando presentaciones ante organismos internacionales argumentando que la acusación estadounidense viola el Derecho Internacional y debe ser condenada formalmente.

Rusia y China, aliados estratégicos de Venezuela, ya han declarado públicamente que consideran la acusación contra el Presidente Nicolás Maduro como interferencia ilegal en los asuntos internos y de jurisdicción soberana. Si un magistrado federal estadounidense efectivamente cuestiona la legalidad de la acusación en contra de un Jefe de Estado extranjero dentro del territorio de Estados Unidos, Rusia y China utilizarán esto como evidencia de que incluso el sistema legal estadounidense reconoce que Washington operó fuera de límites legales.

Después de las acusaciones de 2020, en el marco de la estrategia de máxima presión para hacer colapsar al Gobierno venezolano, sin embargo, Maduro logro sobrevivir, Guaidó perdió credibilidad y se fue desmoronando hasta convertirse en la nada. Aunque las sanciones causaron sufrimiento masivo a la población, no lograron el cambio de régimen que se proponían.

Y ahora con Trump de regreso en la Casa Blanca, esta administración enfrenta decisión crítica. Continuar con esta estrategia fallida de presión máxima o buscar enfoques diferentes, a solicitud de este magistrado federal complica masivamente esa decisión porque si la base legal de las acusaciones ha revolucionado toda la arquitectura de presión y se debilita.

Las opciones de la administración Trump se tornan limitadas y problemáticas. El Departamento de Justicia puede proporcionar justificación legal que satisfaga al juez pero esto requeriría argumentar en señalamientos que violarían de manera flagrante el Derecho Internacional.

O puede admitir que la base legal es débil y retirar las acusaciones, lo cual se constituiría en una derrota política masiva. O intentar evadir el escrutinio judicial mediante maniobras procedimentales, lo cual sería una admisión implícita de que las acusaciones contra Maduro y Flores no son legales o jurídicas sino políticas.

Stephen Walt, del Harvard Kenneth School, argumenta que este momento representa contradicciones inherentes del excepcionalismo estadounidense expuestas.

Estados Unidos ha construido un sistema internacional basado nominalmente en reglas, pero se reserva el derecho de ignorar esas reglas cuando le conviene. Esa hipocresía funcionó durante décadas de hegemonía estadounidense indisputada, pero en era multipolar con disputa con potencias emergentes desafiando la dominación estadounidense, estas contradicciones se vuelven insostenibles.

China y Rusia están construyendo un orden internacional alternativo, basado precisamente en rechazar el excepcionalismo estadounidense.

De ahí que en el momento en que un magistrado federal estadounidense se cuestione una orden de detención contra un Jefe de Estado en ejercicio y del extranjero. Inadvertidamente fortalece la narrativa china y rusa de que el sistema estadounidense es hipócrita.

Las implicaciones para otros países latinoamericanos son particularmente significativas. México, Brasil, Argentina, Colombia, todos han observado la campaña estadounidense contra Venezuela con mezcla de preocupación y cálculo estratégico.

Las acusaciones contra Maduro evoca recuerdos de eventos históricos de intervenciones imperiales. Y cuando Hellerstein cuestiona la legalidad de esas acusaciones, ofrece un consuelo y esperanza a líderes latinoamericanos y mundiales de que incluso dentro del sistema estadounidense hay límites institucionales.

México bajo la presidenta Claudia Sheinbaum, ha mantenido consistentemente que las acusaciones contra Maduro viola soberanía venezolana. Brasil bajo el mandato de Lula, ha rechazado reconocer las acusaciones como legítimas.

Si Alvin Hellerstein ivalida o debilita las acusaciones contra Maduro y Flores, México y Brasil podrían señalar que su posición de principios fue correcta.

¿Qué significa este momento para la arquitectura mas amplia del poder estadounidense? Porque lo que estamos presenciando no es simplemente una disputa legal sobre un caso específico. Es síntoma de una crisis más profunda de la legitimidad del sistema político y judicial estadounidense en era multipolar post hegemonía unipolar y post guerra fría.   

Estados Unidos antes podía imponer su voluntad mediante la combinación de poder militar, económico y poder blando de atracción cultural.

Parte de ese poder blando venía de la percepción de que Estados Unidos operaba bajo un Estado de Derecho, pero esa percepción se ha erosionado dramáticamente. La invasión de Irak basada en la afirmación de acusaciones falsas de armas de destrucción masiva, las torturas en Guantánamo, la vigilancia masiva revelada por Edward Snowden, sanciones unilaterales, retiro de tratados internacionales, cada una de estas acciones debilitó la credibilidad de las afirmaciones estadounidenses de operar bajo Estado de Derecho Internacional.

Las acusaciones contra Maduro, es otra instancia de esa erosión. Y cuando un magistrado estadounidense cuestiona su legalidad, ratifica esta contradicción y favorece nuestra lucha y del reconocimiento de que líneas rojas han sido cruzadas, que han ocurrido excesos, y que el poder ejercido sin suficiente base legal genera una crisis de legitimidad en Estados Unidos.

Esa erosión de las bases de legitimidad del sistema estadounidense puede acelerar su colapso. Su poder económico relativo declina  frente a China mientras su hegemonía cultural es cuestionada, Washington está recorriendo constantemente a coerción, sanciones, amenazas, acusaciones criminales extraterritoriales, pero son herramientas menos efectivas cuando no están respaldadas por una legitimidad percibida.

La propia institucionalidad estadounidense está cuestionando la efectividad de estos mecanismos de presión y si estas tienen base legal sólida.  Y esa señal está resonando internacionalmente dándole municiones a adversarios, sembrando dudas entre aliados, alentando a países del sus global a desafiar imposiciones estadounidenses.

Nos disculpan lo largo, pero acá demostramos el por qué tanto Maduro y Cilia han convertido la cárcel y su juicio que aunque amañado, en un espacio de resistencia y lucha. Y lo están haciendo muy bien.

Ellos como nuestros héroes están haciendo su parte. Hagamos nosotros la nuestra pues.

¡Bolívar y Chávez Viven y sus luchas y la Patria que nos legaron siguen!

¡Independencia y Patria Socialista!

¡Viviremos y Venceremos!

¡Leales siempre: Traidores Nunca!

 

* Abogado, Defensor de Derechos Humanos, Militante Revolucionario y de la Red Nacional de Tuiteros y Tuiteras Socialistas. , jmartoranoster@gmail.comj_martorano@hotmail.com , juan_martoranocastillo@yahoo.com.ar , cuenta tuiter e instagram: @juanmartorano, cuenta facebook: Juan Martorano Castillo. Canal de Telegram: El Canal de Martorano



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