jueves, 15 de enero de 2026

La voracidad necrófaga del Destino Manifiesto y la ironía de la resistencia silente en el banquete del Nuevo Orden

 





 Por: Kelly J. Pottella G.

La crisis que hoy redefine el tablero geopolítico del Caribe no constituye un evento fortuito, sino la culminación de un modelo de dominación que ha transmutado hacia su fase de agresión entrópica. Para desglosar la colisión entre Washington y Caracas a inicios de 2026, es imperativo decodificar la ontología del poder estadounidense: un sistema que, desde su génesis, ha operado bajo una teleología de «nación elegida», arrogándose el derecho providencial de tutelar el destino ajeno. Esta herencia del Destino Manifiesto no representa un arcaísmo histórico, sino el motor de una estructura expansiva que hoy instrumenta el realismo transaccional para intentar la liquidación sistémica de soberanías no alineadas.

Bajo la administración de Donald Trump, este paradigma ha prescindido de la cosmética diplomática liberal para exhibir un núcleo puramente extractivo y despojado de eufemismos. La actualización de la Doctrina Monroe, cristalizada en el denominado Corolario Trump, ha sustituido el consenso manufacturado por la interdicción física y la asfixia logística. En este esquema de suma cero, las naciones son despojadas de su cualidad como sujetos políticos para ser reinterpretadas como activos geoeconómicos o simples variables en una matriz de control hemisférico. La estrategia de «pensar en grande y entrar con fuerza» —materializada en operaciones como «Martillo de Medianoche»— revela una intención que trasciende el cambio de régimen: busca la integración forzosa de los recursos venezolanos en una cadena de suministro continental blindada, donde el flujo de crudo y minerales críticos constituye la única gramática de poder reconocida.

Esta dinámica ha instrumentalizado una securitización extrema que desdibuja los límites entre el derecho y la fuerza letal. Al catalogar a Venezuela como una «organización terrorista», Washington ha edificado un andamiaje jurídico diseñado para operar en la Zona Gris, ese espacio de ambigüedad donde el lawfare marítimo de la Cuarta Flota pretende suplantar la arquitectura del derecho internacional. Aquí, la dominación se ejerce mediante una saturación sistémica: una presión calculada para fracturar la cohesión del Estado y forzar una «cooperación coactiva», donde la institucionalidad civil sobreviva apenas como una máscara operativa, una interfaz administrativa bajo estricta supervisión extranjera.

No obstante, este despliegue de fuerza bruta padece de una ceguera estructural ante la naturaleza de los sistemas antifrágiles. Venezuela ha configurado una respuesta que el algoritmo imperial es incapaz de procesar, fundamentada en el blindaje de infraestructuras críticas, la desdolarización y una inserción orgánica en el ecosistema de los BRICS+. El territorio nacional, con la Guayana Esequiba como bastión, se proyecta hoy no como un botín pasivo, sino como un nodo de soberanía técnica y un escudo legal contra la hiper-securitización externa. Este esfuerzo por desacoplarse de un orden que utiliza el sistema SWIFT como una extensión del campo de batalla es lo que posiciona a Venezuela como el punto de quiebre de la hegemonía en el Hemisferio Occidental.

Resulta, por tanto, de un interés académico fascinante observar la disonancia cognitiva en la que habita la élite de Washington. El Destino Manifiesto, piedra angular de su mística imperial, parece haber sido víctima de una hermenéutica profundamente deficiente por parte de sus propios exégetas. Si aceptamos la premisa de que la Providencia señala a los elegidos mediante la concesión de los recursos primordiales para la supervivencia de la civilización, la realidad geológica impone una corrección cínica: el dedo de Dios no señala al norte, sino que se ha posado con firmeza sobre el sur. Al custodiar las mayores reservas energéticas y de minerales estratégicos del globo, Venezuela no es la periferia, sino el centro de gravedad de un diseño providencial que la arrogancia de los mercaderes no logra computar.

Los sustentos del modelo de dominación estadounidense se desmoronan frente a esta verdad técnica; el Leviatán intenta presidir un banquete donde el plato principal posee la soberanía del fuego. Al final, podrán asediarnos con su mística de ocupación, pero siempre chocarán con la realidad de que somos nosotros quienes administramos el combustible del futuro. El gran error de cálculo de los necrófagos es no comprender que el Destino Manifiesto cambió de manos: ellos poseen la deuda y el papel moneda, pero nosotros poseemos la realidad material. Podrán administrar las llaves del cerco, pero jamás serán los dueños de nuestra casa, simplemente porque la Providencia nos eligió a nosotros para ser el núcleo indomable donde su imperio, finalmente, agota su propia inercia.

Porque, al final del día, que no quede duda: los venezolanos y venezolanas, así estemos atados de manos por el cerco externo, poseemos una conciencia insobornable. Nuestra soberanía no se vende ni se rinde, porque emana de la claridad de nuestra conciencia.

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