viernes, 3 de julio de 2009

Zelaya encara a los golpistas con el respaldo del mundo democrático.


Aurelio Gil Beroes


El depuesto presidente de Honduras, José Manuel Zelaya Rosales, quien dentro de una gran incertidumbre, ha dicho que regresará este sábado a Tegucigalpa, luego de casi una semana de exilio forzado, representa la ruptura histórica con las tradicionales corrientes políticas de su país, y al mismo tiempo es el puente de esa nación centroamericana con las nuevas épocas continentales. Proveniente del histórico y tradicional partido liberal, surgido en la segunda década del siglo XIX, Zelaya, ha seguido una línea política discordante con la de ese partido y en general, con los intereses de la oligarquía hondureña, desde que fue electo como presidente, en diciembre de 2005. Ello le ha valido la condena de esos sectores, que consideran un atrevimiento intolerable el esquema de relaciones que el depuesto mandatario ha venido desarrollando con los miembros de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) y con la República de Cuba, con la cual reanudó relaciones diplomáticas. Primeros choques Una de las primeras confrontaciones de Zelaya con el estamento político hondureño, ocurrió cuando declaró inconstitucionales las medidas represivas instituidas por su predecesor, Ricardo Maduro, para enfrentar a los grupos pandilleros que han proliferado tanto en ese país, como en El Salvador y Guatemala. Zelaya ha planteado que los altos niveles de violencia en Honduras tienen origen estructural, por estar asociados a muy bajos niveles de desarrollo humano y a la pobreza extrema. Se incrementan las diferencias Luego siguieron las decisiones políticas comentadas en párrafos anteriores sobre el ALBA, Cuba y también Petrocaribe, que fueron incrementando los desacuerdos, hasta que la idea de convocar a una Asamblea Constituyente, los llevó a su máxima expresión Esta propuesta ha sido repudiada y calificada por todas las instancias de poder del Estado hondureño, Congreso de la República, Corte Suprema de Justicia, Órgano Superior Electoral, entre otros, como inconstitucional. Consiste en colocar una urna adicional (la “cuarta urna”) en todas las mesas de votación del país, el próximo 28 de noviembre, día de las elecciones generales, para que el pueblo manifieste su acuerdo o desacuerdo con la convocatoria a la Constituyente. En los comicios de noviembre próximo, en cada mesa electoral habrá tres urnas a través de las cuales los hondureños votarán por sus candidatos a: presidente de la República, diputados al Congreso Nacional y a alcalde de su municipio. A pesar de la condena institucional y del rechazo a la oligarquía hondureña, Zelaya insistió en sondear la opinión del pueblo sobre ese asunto, y para el 28 de junio dispuso la realización de un sondeo, no vinculante, a fin conocer el parecer del pueblo sobre ese asunto. Ese mismo día, en horas de la madrugada, los militares lo depusieron con un golpe de Estado y lo trasladaron a Costa Rica. Romper el cerco Cerradas las posibilidades institucionales de convocar a una Asamblea Constituyente, por la negativa de la institucionalidad del Estado, Zelaya apela a la opinión del soberano y para ello planteó la consulta, no vinculante, que habría de realizarse el día del golpe. El presidente legítimo de Honduras parece haber comprendido que la oligarquía de su país, que controla todos los poderes, y los militares asesorados por Estados Unidos, no van a permitir un proceso constituyente que conduzca a la refundación del país, como en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Para romper ese cerco de intereses se propuso, entonces, abrir un canal de comunicación con el pueblo a través de esa consulta que, a la postre, fue eliminada por el golpe militar. Este sábado, después de siete días de exilio, Zelaya, con el respaldo del mundo democrático y de los organismos internacionales (OEA, Naciones Unidas, Unión Europea, UNASUR, Alba y otros) regresa para reasumir su cargo de presidente legítimo y a encarar a los golpistas. Su determinación refleja valor y compromiso democrático con el pueblo que lo eligió, que como otros pueblos de nuestro continente, ha comenzado a transitar por el sendero del futuro hacia nuevos tiempos de justicia e igualdad.

jueves, 2 de julio de 2009

¿Qué pasa detrás del golpe en Honduras?


Osly Hernández


Considerando los acontecimientos que se desarrollan a escala regional, resulta necesario que los militantes de izquierda nos avoquemos a la tarea de construir algunos análisis que permitan develar lo que realmente se esconde detrás del golpe de Estado en Honduras. En ese sentido, hemos leído o escuchado algunos argumentos que apuntan hacia la posibilidad de que lo ocurrido en tierras centroamericanas pudiera ser un ensayo que le permita al imperio medir la capacidad de respuesta de los nuevos organismos internacionales creados para la integración latinoamericana, ante un golpe. Otros sectores, coincidiendo con esta postura, agregan que otra variable a medir por los intereses capitalistas es la capacidad de respuesta del movimiento popular, los niveles de solidaridad e incluso identificar las estrategias empleadas para derribar el cerco mediático que suele acompañar los golpes de nueva generación. Ahora bien, revisando el contexto en el cual se desarrolla la acción, algunos otros elementos deben ser tomados en cuenta: Yéndonos a los hechos recientes que anteceden al golpe de Estado, encontramos que en nuestr región se estaban desarrollando dos discusiones muy importantes: la primera, el fortalecimiento del ALBA que, además de recibir a nuevos países, marcó un momento histórico al rechazar las conclusiones de la “Cumbre de las Américas” por no contemplar el cese del bloqueo a Cuba ni las acciones concretas frente a la crisis del sistema capitalista, además de dibujar la posibilidad de separación de los países latinoamericanos de la OEA. Es ésta la segunda discusión. En los últimos meses, se han hecho duros cuestionamientos al modo de funcionamiento de la OEA, cuerpo que, hasta el momento, servía de parapeto para justificar las reiteradas intervenciones del gobierno yanqui en nuestros pueblos. Sin embargo, desde la llegada de Obama al poder, se han hecho algunos esfuerzos por revivir al moribundo cuerpo. La seña más evidente fue la “repentina” consideración de incorporación de Cuba, propuesta rechazada por el país caribeño. Ahora bien, de repente, surge un golpe de Estado en Honduras. Las respuestas de los países del ALBA y UNASUR (cuerpos impulsados por gobiernos de izquierda) se hacen inmediatas pero, extrañamente, observamos como el gobierno de Estados Unidos primero y la OEA después, se deslindan del hecho y dan pleno apoyo al gobierno “democráticamente electo” de Manuel Zelaya. Extrañamente, por primera vez en la historia, se indignan frente a un golpe contra un gobierno progresista, en uno de los países donde reposan no pocos intereses militares del Norte. Extrañamente, por primera vez, se ofrecen no de mediadores, sino de custodios, junto con la ONU, para la entrada de Zelaya a su país. Extrañamente… Resulta evidente que esto no ocurre de manera inocente, lo que nos lleva a preguntarnos ¿qué se esconde tras el repentino ataque de solidaridad de la OEA y de su tutor, el gobierno de los Estados Unidos? Revisando los acontecimientos, además de compartir los análisis antes mencionados, el principal interés de los Estados Unidos pudiera estar en la necesidad de recuperar la imagen de la OEA como organismo que ayuda a resolver los conflictos en América, como medida desesperada para frenar la matriz de su desaparición y devolverle su utilidad para el continente y, así, impedir el avance de las instancias impulsadas por los gobiernos de izquierda que facilitan la consolidación del proyecto político bolivariano: la unidad hispanoamericana. Este escenario favorecería la posibilidad de reabrir la discusión de si la OEA debe desaparecer o no, punto que se divisaba superado. Este escenario, coloca de nuevo a Estados Unidos -a través de sus organismos multinacionales- como el gran salvador del conflicto y como un posible aliado, manteniendo viva la tesis del panamericanismo que tanto daño ha hecho a los intereses de nuestros pueblos y que viene siendo combatida desde los tiempos Bolívar, quien siempre planteó que la flexibilización de las posiciones frente al país del Norte harían perder el proceso de unificación, tal como ocurrió con el Congreso de Panamá. Si leemos la historia con sentido crítico, para aprender de ella, creo que es delicado el hecho de permitir la intervención de estos organismos en la resolución del conflicto en Honduras, sin tener en cuenta sus consecuencias. Y si a esto le aderezamos la posibilidad que ante la radicalización del conflicto se plantee la intervención de los “cascos azules” para rescatar el hilo constitucional hondureño, quizá pudiéramos estar dejando el control pleno de la situción en manos del imperio y hechando por la borda los esfuerzos de independencia avanzados. Más acertado pudiera ser, quizá, aprovechar el momento para consolidar alianzas en materia de defensa desde nuestros propios organismos internacionales, como el ALBA, por ejemplo, o despertar la discusión de la organización de los pueblos con el mismo fin. Es evidente que decisiones como éstas resultan un poco complejas por el debate que debe anteceder, pero de no abrirlo en este momento y plantearlo como un escenario posible, podríamos estar retrocediendo todos los esfuerzos hechos por lograr mayores niveles de conciencia para la identificación del enemigo común: el imperio norteamericano y su sistema capitalista, sobre todo con aquellos países de centro izquierda que continúan creyendo que el gobierno de los Estados Unidos “no es tan malo”, entrampando el proceso de unidad. Los pueblos del mundo estamos cansados de heroísmos a lo gringo y estamos dispuestos a defender con la vida los procesos que venimos consolidando de la mano de nuestros líderes. Creo que debemos confiar en esa conciencia, que también viene siendo cultivada en nuestros cuerpos militares, y gritarle al mundo que nuestra América latina ya no tiene fronteras y nos lanzamos a la defensa de cualquiera de nuestros hermanos porque nos asiste el derecho, incluso ancestral, de hacerlo.

Micheletti, diputados y jefes militares habrían incurrido en al menos 8 delitos.


COFADEH
Jueves, 2 de Jul de 2009. 12:21 pm

Por la comisión de los delitos contra la forma de gobierno, falsificación de documentos públicos, terrorismo, detención ilegal, rebelión, abuso de autoridad, traición a la patria y allanamiento de morada han sido denunciados ante la Fiscalía General de la República el Presidente Roberto Micheletti, el Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, Romeo Vásquez Velásquez. Además de ellos, han sido denunciados, José Alfredo Saavedra, presidente del Congreso Nacional y los diputados, Ramón Velásquez Nazar, Juan Orlando Hernández, Toribio Aguilera, Martha Lorena Alvarado y todos los demás diputados y diputadas que participaron y aprobaron la resolución o decreto mediante la cual se destituyó al ciudadano Manuel Zelaya Rosales de su condición de Presidente Constitucional de la República. Asimismo fueron denunciados los oficiales del alto mando, Miguel García Padgett, Juan Pablo Rodríguez Rodríguez y Luis Javier Prince, miembros del Estado Mayor Conjunto de las FFAA. La denuncia fue interpuesta por los fiscales Víctor Fernández y Jari Dixon, el juez Guillermo López Lone de la Asociación de Jueces por la Democracia (AJD), la magistrada Tirza Flores, la abogada Claudia Hermandorfer del Centro de Derechos de Mujeres (CDM), la Coordinadora del Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras (Cofadeh), Bertha Oliva. Y por las ciudadanas y ciudadanos: Foad Alejandro Castillo, Marco Tulio Padilla Mendoza, Hermes Aníbal Reyes Navarrete, María del Rosario Roiz Andino, Myrna Isabel Mejía, Lidia Cálix y Marcela Guzmán Melghem. La denuncia de los ciudadanos y ciudadanas establece que “los bienes jurídicos quebrantados son la existencia y la seguridad del Estado, la seguridad interior del Estado de Honduras, la libertad y la dignidad de las personas y de la patria”. Cabe señalar que las instalaciones del Ministerio Público permanecen fuertemente custodiadas por efectivos militares, al igual que el resto de instituciones estatales del país. Alrededor del mediodía y luego de presentar la denuncia ante el Fiscal General Luis Alberto Rubí, la abogada Claudia Hermannsdorfer del Centro de Derechos de Mujeres (CDM) expresó que el Fiscal General “va a conocer la denuncia, que le va a dar el trámite más rápido posible, como le ha dado trámite a las otras denuncias que ha recibido en éstos días y que va a proceder conforme a derecho; estamos esperando que proceda”. Si el Fiscal General, Luis Alberto Rubí “va a actuar, tiene que actuar en igualdad de condiciones y tiene que actuar tan rápidamente como actuó en los otros casos”. Se conoció a través de un fiscal que pidió el anonimato que la Fiscalía contra la Corrupción estaba preparando requerimientos con fechas anteriores a la de este día, para que en los tribunales de justicia se libraran órdenes de captura contra el presidente Manuel Zelaya y su gabinete. Consultada por la prensa nacional en torno a la pretensión de la denuncia, Hermansdorfer sostuvo que queremos “que se restituya en el país la institucionalidad y el estado de derecho, y el estado de derecho significa que se reinstale al presidente electo por el pueblo de Honduras, para que cumpla su período”. Por su parte la magistrada Tirza Flores sostuvo que el presidente de la República Manuel Zelaya Rosales “en ningún momento debió ser objeto de los hechos que han sido ejecutados tanto por el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas como por los diputados al Congreso Nacional, ellos han roto la institucionalidad y en nombre de la legalidad, dicen ellos, entre comillas, que han realizado acciones que nosotros consideramos que son delitos”. Flores añadió que “tenemos la palabra del Fiscal General y del Fiscal Adjunto que van a proceder a la investigación de estos actos de una manera imparcial y con la celeridad del caso. Creemos que esta es una prueba a la institucionalidad del país porque yo, repito, no estamos defendiendo al presidente constitucional de la República, estamos defendiendo la institucionalidad y la democracia de nuestro país”. “Si el presidente incurrió en ilícitos penales, no debió ser objeto de una expatriación como ha sido en este momento. El artículo 81y 102 de la Constitución garantizan el derecho, a todos los ciudadanos y ciudadanas de residir libremente en el territorio nacional y de no ser objetos de una expatriación ilegal como lo fue Manuel Zelaya Rosales”, recalcó la jueza. El domingo 28 de junio de 2009, alrededor de las 5:00 de la mañana, en la colonia 3 Caminos de la ciudad de Tegucigalpa, Distrito Central, con instrucciones del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Honduras. Un contingente de militares ingresó violentamente a la residencia del presidente constitucional de Honduras, Manuel Zelaya Rosales con el fin de darle captura, acción en la cual se produjo un enfrentamiento con armas de fuego entre los agresores y efectivos de la Guardia de Honor Presidencial, los cuales al final fueron reducidos a la impotencia. Posterior a la captura de Manuel Zelaya Rosales, el presidente fue trasladado a la Base Hernán Acosta Mejía de la Fuerza Aérea Hondureña y luego puesto en un avión que lo trasladó a San José de Costa Rica. Ese mismo día la corte Suprema de Justicia emitió un comunicado en el que reseñaba la sentencia emitida por el Juzgado de lo Contencioso Administrativo de Francisco Morazán, en la que ordenaba la suspensión de la encuesta de opinión denominada “cuarta urna” y el decomiso de las urnas, papeletas y todo el material relacionado con la llamada consulta popular. Los denunciantes señalan que dicho juzgado no tiene facultades para decretar la detención de ninguna persona, por lo que la captura del presidente Manuel Zelaya Rosales se produjo sin la orden respectiva que en todo caso debió ser producto de un proceso bien definido por el Código Procesal Penal en sus artículos 417 y siguientes. Y sin lugar a dudas, la detención justificada de cualquier persona en la República de Honduras, implica su puesta a disposición de las autoridades competentes, lo que en este caso, claramente no sucedió. Tegucigalpa. Departamento de Divulgación y Prensa del Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras (COFADEH)

Latinoamérica empuja a un Washington reacio a que apoye la democracia en Honduras.

Mark Weisbrot

El golpe militar que derrocó al presidente electo de Honduras, Manuel Zelaya, provocó repudio unánime a nivel internacional. Pero la respuesta de algunos países ha sido más reacia que la de otros y la ambivalencia de Washington ha comenzado a despertar sospechas acerca de lo que realmente el gobierno estadounidense está tratando de lograr en esta situación. Las primeras declaraciones de la Casa Blanca en respuesta al golpe fueron débiles y evasivas. En ellas no se denunciaba el golpe, sino más bien se hacía un llamado a “todos los actores políticos y sociales en Honduras a respetar las normas democráticas, el Estado de derecho y los principios de la Carta Democrática Interamericana”. Esas declaraciones diferían con las de otros presidentes del hemisferio, como Lula da Silva de Brasil y la presidenta Cristina Fernández de Argentina, quienes denunciaron el golpe y exhortaron a que se restituyera al presidente Zelaya. La Unión Europea también emitió una respuesta similar, menos ambigua y más inmediata. Más adelante, ese mismo día, a medida que la respuesta de otras naciones se hizo más clara, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, hizo una declaración más fuerte en la cual se repudiaba el golpe – pero sin referirse a éste como un golpe. Además, no hacía mención alguna sobre el retorno de Zelaya a la presidencia. La Organización de Estados Americanos, el Grupo de Río (la mayor parte de Latinoamérica) y la Asamblea General de las Naciones Unidas han todos llamado a que se dé el “retorno inmediato e incondicional” del presidente Zelaya. Las fuertes posiciones desde el Sur resultaron en declaraciones anónimas de funcionarios del Departamento de Estado que mostraban más apoyo al retorno del presidente Zelaya. Para la tarde del lunes, el presidente Obama finalmente declaró: “Nosotros creemos que el golpe no fue legal y que el presidente Zelaya sigue siendo el presidente de Honduras...” Pero más tarde, ese mismo lunes en una conferencia de prensa, se le preguntó a la secretaria de Estado Clinton si “restaurar el orden constitucional” en Honduras significaba el retorno de Zelaya. La secretaria nunca dio una respuesta afirmativa. ¿Por qué tanto recelo en llamar abiertamente al retorno inmediato e incondicional de un presidente electo, así como lo había hecho el resto del hemisferio y las Naciones Unidas? Una posibilidad obvia es que Washington no comparte estos objetivos. Los líderes del golpe no tienen apoyo internacional pero aún podrían tener éxito en lograr que pase el tiempo – Zelaya tiene menos de seis meses para terminar su mandato. ¿Apoyará el gobierno de Obama la imposición de sanciones en contra del gobierno golpista para prevenir que esto suceda? Los gobiernos vecinos de Guatemala, Nicaragua y El Salvador ya han hecho las primeras advertencias al anunciar una suspensión del comercio por 48 horas. A diferencia de esto, una razón para la reticencia de Hillary Clinton de llamar al golpe un golpe es la prohibición, bajo la Ley de ayuda al extranjero de Estados Unidos (U.S. Foreign Assistance Act), de proveer fondos a gobiernos en donde el jefe de Estado haya sido destituido por un golpe militar. La palabra ‘incondicional’ también es clave en esta situación: el gobierno estadounidense quizás quiera extraer alguna concesión de Zelaya como parte de un acuerdo para su retorno a la presidencia. Pero así no es como funciona la democracia. Si Zelaya quiere negociar algún acuerdo con sus oponentes políticos luego de haber retornado, ésa es otra historia. Pero nadie tiene el derecho de extraerle concesiones políticas en el exilio, a punta de pistola. No hay excusa alguna para este golpe. Una crisis constitucional se desató cuando el presidente Zelaya le ordenó al ejército que distribuyera los materiales para un referendo no vinculante que se llevaría a cabo el domingo pasado. El referendo le pedía a los ciudadanos que votaran sobre si incluir una propuesta para una asamblea constituyente, para redactar una nueva constitución, en las elecciones de noviembre. El jefe del ejército, el general Romeo Vásquez, se rehusó a llevar a cabo las órdenes del presidente. El presidente, como comandante en jefe del ejército, despidió a Vásquez, con lo cual el ministro de defensa renunció. La Corte Suprema posteriormente dictaminó que el despido de Vásquez por parte del presidente era ilegal y la mayoría en el congreso se ha mostrado en contra del presidente Zelaya. Los partidarios del golpe argumentan que el presidente violó la ley al intentar proceder con el referendo después de que la Corte Suprema fallara en contra de éste. Ésta es una cuestión legal; puede ser cierto o puede ser que la Corte Suprema no tuviera base legal para emitir esa sentencia. Pero esto es irrelevante para lo que ha sucedido: el ejército no es el árbitro de una disputa constitucional entre los varios poderes del Estado. Esto es particularmente cierto en este caso, en el que el referendo que se proponía era un plebiscito no vinculante y meramente de carácter consultivo. No habría cambiado cualquier ley, ni habría afectado la estructura de poder; era simplemente una encuesta al electorado. Por consiguiente, el ejército no puede afirmar que actuó para prevenir un daño irreparable. Éste es un golpe militar llevado a cabo con propósitos políticos. Existen otras cuestiones sobre las cuales nuestro gobierno se ha mantenido raramente silencioso. Los informes de represión política, del cierre de estaciones de radio y TV, de la detención de periodistas, detención y abuso físico de diplomáticos y de lo que el Comité para la Protección de Periodistas ha llamado una “censura de los medios”, son eventos que aún esperan por ser seriamente reprochados por Washington. Al controlar la información y reprimir la disensión, el gobierno de facto de Honduras está también creando el marco para unas elecciones injustas en noviembre. Muchos informes han contrastado el rechazo del gobierno de Obama al golpe hondureño con el apoyo inicial del gobierno de Bush al golpe militar de 2002 que derrocó brevemente al presidente Hugo Chávez en Venezuela. Pero de hecho hay más similitudes que diferencias entre la respuesta estadounidense a estos dos eventos. En el marco de un día, el gobierno de Bush revirtió su posición oficial sobre el golpe venezolano debido a que el resto del hemisferio había anunciado que no reconocería al gobierno golpista. De manera similar, en este caso, el gobierno de Obama está siguiendo al resto del hemisferio, tratando de no ser la excepción, pero al mismo tiempo, sin realmente compartir su compromiso con la democracia. No fue sino hasta algunos meses después del golpe venezolano que el Departamento de Estado admitió que le había brindado apoyo financiero y de otro tipo a “individuos y organizaciones que se entiende que estuvieron activamente involucrados en la breve expulsión del gobierno de Chávez”. En el golpe hondureño, el gobierno de Obama afirma que intentó disuadir al ejército hondureño para que no tomara esta acción. Sería interesante saber cómo se llevaron a cabo estas discusiones. ¿Será que los funcionarios del gobierno dijeron, “Ustedes saben que tendremos que decir que estamos en contra de una movida como ésa si la llevan a cabo, porque todo el mundo lo hará”? O será que más bien dijeron, “No lo hagan, porque haremos todo lo que esté a nuestro alcance para revertir cualquier tipo de golpe”? Las acciones del gobierno desde que ocurrió el golpe apuntan a algo más parecido a lo primero, sino hasta peor. La batalla entre Zelaya y sus oponentes pone de frente a un presidente reformista apoyado por sindicatos laborales y organizaciones sociales en contra de una élite política corrupta, con conexiones al narcotráfico, que opera al estilo de una mafia y que está acostumbrada a escoger no solamente a la Corte Suprema y al Congreso, sino al presidente también. Es una historia recurrente en Latinoamérica, y Estados Unidos casi siempre se ha puesto del lado de las élites. En este caso, Washington tienen una relación muy cercana con el ejército hondureño, desde hace ya décadas. Durante los años ochenta, Estados Unidos utilizó bases en Honduras para entrenar y armar a los ‘contras’, los paramilitares nicaragüenses que se dieron a conocer por sus atrocidades en la guerra en contra del gobierno sandinista en el vecino país de Nicaragua. El hemisferio ha cambiado substancialmente desde el golpe venezolano de abril de 2002, con otros once gobiernos de izquierda siendo elegidos posteriormente. Un conjunto entero de normas, instituciones y relaciones de poder entre el Sur y el Norte en el hemisferio han sido alteradas. El gobierno de Obama enfrenta hoy a vecinos que están mucho más unidos y mucho menos dispuestos a ceder en cuestiones fundamentales de democracia. Es por eso que la secretaria de Estado Clinton probablemente no tendrá mucho espacio de maniobra. Sin embargo, la ambivalencia del gobierno será notada en Honduras y muy probablemente podría motivar al gobierno de facto a que intente aferrarse al poder. Eso podría ocasionar muchos daños. - Mark Weisbrot es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR), en Washington, D.C. Ha escrito numerosos informes de investigación sobre política económica. Es presidente de la organización Just Foreign Policy. Publicado en ingles en The Guardian Unlimited

Contra la desinformación de CNN y Globovisión sobre la situación de Honduras.

Movimiento por el Periodismo Necesario
Jueves, 2 de Jul de 2009. 6:30 pm

Las dos primeras bajas por el golpe en Honduras fueron la democracia y la libertad de expresión
El Nacional arrasó en la colección de infraperiodismo del mes de Junio
Fiscalía habría citado a empleados de Globovisión por caso de Rafael Poleo
Golpe de Estado en Honduras es apoyado por dictadura mediática
Globovisión censura información que revela que dueños de medios hondureños encabezan el golpe .

El Movimiento por el Periodismo Necesario denuncia ante Venezuela y el mundo la política sistemática de desinformación realizada en las últimas 72 horas por las empresas de comunicación Globovisión y CNN, quienes de una forma velada intentan justificar el Golpe de Estado que se ha producido en la hermana república de Honduras.

Rechazamos que estos medios privados, atendiendo a los intereses de los sectores económicos dominantes de Latinoamérica, coincidentes con los lineamientos antipopulares de la Sociedad Interamericana de Prensa, pretendan justificar la expulsión violenta de un presidente legalmente electo por la mayoría de su pueblo.

Queda en evidencia la actitud cómplice de CNN y Globovisión al continuar generando una matriz de apoyo al gobierno de facto de Roberto Micheletti, aislándose de la comunidad internacional que ha objetado de forma unánime su arribo al poder por vías ilegítimas, así como lo hicieran los países del ALBA, SICA, OEA y ONU.

Repudiamos que CNN y Globovisión pretendan darle un matiz de legalidad a un cruento Golpe de Estado que ha reprimido manifestaciones de ciudadanos desarmados, provocando un número indeterminado de asesinatos y el cierre de medios alternativos que realizan esfuerzos para llevar la verdad al mundo. Es deplorable las amenazas de muerte
contra los equipos periodísticos de Telesur y en especial contra la comunicadora de este canal Adriana Sivori.

Igualmente denunciamos la actitud complaciente de los medios de comunicación privados de Honduras, en especial a los canales de televisión que ahora realizan transmisiones en vivo en apoyo al gobierno de facto, mientras el día del Golpe de Estado difundía comiquitas ocasionando un apagón informativo acerca de la violación del Estado de Derecho. El Movimiento por el Periodismo Necesario reitera su respaldo irrestricto al pueblo hondureño y a su régimen constitucional que ha sido violentado.

Movimiento por el Periodismo Necesario

Caracas, 02 de Julio 2009

Chávez: Lo de Honduras es "un problema de todos" ante el resurgimiento del fascismo.

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Movilización contra el golpe de Estado desbordó Plaza Morazán de Tegucigalpa.

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