Por Carolys Helena Pérez González | @Carolyshelena
Vivimos un tiempo de sobreexposición permanente. No solo a la información, sino al conflicto simbólico, al ataque emocional y a la manipulación de sentidos. Según el informe Digital 2025 de Meltwater, las personas en el mundo pasan en promedio más de dos horas diarias en redes sociales, y casi la mitad de los usuarios las utilizan para informarse. En países como Venezuela, este dato no es neutro: la disputa comunicacional forma parte de nuestra cotidianidad política.
La guerra contra Venezuela no se libra únicamente en sanciones o bloqueos materiales. Se libra también en el terreno de la mente, del ánimo colectivo, de la percepción de futuro. El bombardeo constante de mensajes negativos, distorsionados o abiertamente hostiles impacta la salud mental del pueblo y genera ansiedad, cansancio y desesperanza. El informe señala que más de cinco mil millones de personas en el mundo están activas en redes sociales, lo que confirma que hoy la subjetividad también es un campo de batalla.
Desde una mirada feminista y popular sabemos que esta violencia no se distribuye de manera igual. Las mujeres somos más expuestas al acoso digital, a la descalificación política y a la sobrecarga emocional. Sostenemos la vida, el cuidado y la organización comunitaria mientras resistimos una narrativa que busca quebrarnos. Por eso, hablar de salud mental no es un lujo ni un tema privado: es una responsabilidad política.
Desde el feminismo popular lo decimos con claridad: lo personal es político. Cuidar lo que consumimos, cómo nos informamos, cuánto tiempo exponemos nuestra mente al ataque permanente, también es una forma de defensa. De soberanía. No solo del Estado, sino de la conciencia. Argelia Laya nos enseñó que la liberación comienza cuando entendemos que nuestra vida cotidiana está atravesada por relaciones de poder. Hoy, esas relaciones también pasan por los algoritmos.
La comunicación política responsable -y revolucionaria- debe asumir este desafío. No basta con informar; hay que cuidar. No basta con responder al ataque; hay que construir narrativas que fortalezcan la autoestima colectiva, que reconozcan el cansancio, que nombren el dolor sin convertirlo en derrota. Defender la patria también implica defender la salud mental del pueblo.
En tiempos de hiperconectividad y agresión mediática, resistir no siempre es gritar más fuerte. A veces es pausar, discernir, cuidar la mente y el corazón. Porque un pueblo emocionalmente devastado es un pueblo vulnerable. Y un pueblo que se cuida, que se piensa y que se reconoce, es un pueblo soberano.
¡Seguiremos venciendo, palabra de mujer!
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